Notificaciones y democracia

Puedo decir que fue una de las experiencias más inesperadas, desconcertantes e intimidatorias que me han tocado vivir. Me refiero a las notificaciones previas sobre los alcances del último decreto de necesidad y urgencia nacional, la adhesión de la provincia de Córdoba y el respectivo artículo del Código Penal que prevé la sanción de prisión a quienes lo incumplen, cursadas por la Policía provincial por orden de la Unidad Fiscal de Emergencia Sanitaria y enviadas a ciudadanos que convocaban a las manifestaciones.

Avezados colegas constitucionalistas ya fijaron posiciones, abriendo lugar al debate, sobre si el decreto nacional se ajusta o no a nuestra ley suprema. No voy a detenerme en este punto.

También existen criterios dispares sobre si era prudente, necesaria u oportuna la realización de actividades, marchas o manifestaciones en reclamo por derechos tan elementales, básicos y necesarios como la educación y el trabajo. Ambas herramientas, imprescindibles para el crecimiento y para el desarrollo cultural, económico y social de la población, avasalladas, destruidas por una cuarentena eterna, mal administrada y con escasas vacunas. Tampoco este es el asunto en el que quiero hacer foco.

La idea es analizar y reflexionar sobre el acto mismo de la “notificación”; de la visita (en mi caso, casi persecución) policíaca al domicilio; la investigación previa; la operación de inteligencia, y el uso de esos recursos puestos al servicio de la búsqueda de ciudadanos –hasta donde conozco, somos sólo cinco personas– con el fin de “dar a conocer” o “avisar” medidas gubernamentales conocidas por todos y “advertir” de las consecuencias de su incumplimiento.

Claramente nos habían identificado con anterioridad; no fuimos sujetos alcanzados al azar, de manera aleatoria. No es un detalle menor para reforzar esta afirmación contar que, para llegar a mí, la Policía fue antes a un domicilio donde ya no vivo desde hace cuatro años, y se tomó el trabajo de preguntar a los vecinos sobre mi paradero. Nadie allí supo decir dónde vivo desde entonces. Sin embargo, 15 minutos más tarde, tres policías en dos patrulleros me tocaron el timbre.

Resulta por lo menos una desfachatez desviar a esos fines la fuerza policial alejándola de su objetivo primordial, que es prevenir el delito, cuidar de la ciudadanía y la aprehensión de los delincuentes, en una Córdoba que está en el tercer lugar de los distritos más inseguros de todo el país después de Neuquén y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde los vecinos vivimos atosigados por los motochoros, la venta de droga y los robos violentos y con gran cantidad de zonas liberadas.

En una provincia con recientes casos de “gatillo fácil” sin resolver, con su cúpula policial sospechada de corrupción, en cuya Justicia el Ministerio Público Fiscal volvió a tener un titular después de más de dos años de vacancia, que un fiscal –sobre todo en un Estado de derecho, con plena vigencia de la democracia– designado sin concurso, que imputó a personas de manera selectiva y caprichosa en la primera etapa de la pandemia, mande en esta oportunidad a “advertir” a sujetos previamente individualizados resulta a las claras un acto cuya única finalidad es amedrentar, disuadir, perseguir, atemorizar. Una escena de atropello lo suficientemente simbólica y fuerte como para traer al recuerdo el período más nefasto y desdichado de nuestra historia como país.

Esta situación me ha consternado, y no sólo por ser una de las afectadas, sino por ser una persona que pondera la democracia, la institucionalidad; defensora de lo justo, de la razonabilidad de la ley; una enamorada de la libertad de expresión y de la cultura del trabajo, la educación, el esfuerzo y el mérito.

Esta fue mi experiencia, y deseo que estos pocos casos sucedidos no se multipliquen.

Como ciudadana, me resultó gratificante y reconfortante escuchar a periodistas, a colegas abogados y a referentes políticos de distintos partidos de la oposición expresarse públicamente con vehemencia en contra de estos actos de amedrentamiento. Pero sobre todo encontré muy conmovedor y esperanzador ver cómo toda la sociedad, de diversas maneras y por diferentes medios, demostramos nuestro enojo, malestar, desagrado y rechazo a lo ocurrido. Porque, como sujetos distintos que somos, controvertimos en un montón de materias –fútbol, religión, política–, pero sin dudas hay una conciencia colectiva y ciudadana que nos mantiene unidos y firmes en lo trascendente: la defensa de nuestros derechos y el sostenimiento de la democracia.

* Abogada, Frente Cívico de Córdoba

Read MoreLa Voz

¡Haz clic para votar esta entrada!
(Votos: 0 Promedio: 0)

Deja un comentario