Los problemas de la educación en pandemia

La pandemia le ha abierto un nuevo flanco a la crisis del sistema educativo argentino. Hasta aquí, sus deficiencias constaban en unas cuantas cifras que reflejaban un muy bajo aprendizaje. Ahora, los efectos del aislamiento no son cuantificables e involucran de manera directa o indirecta lo emocional. Ya no estamos sólo frente a resultados educativos adversos, sino también frente a las dificultades que se manifiestan durante el proceso educativo en sí mismo. Dificultades que obran como obstáculos insalvables.

El cierre de las escuelas durante 2020 fue total. La educación se virtualizó. Desde sus hogares, los estudiantes establecieron un contacto más o menos regular con sus docentes. Para la inmensa mayoría de ellos, no se trató verdaderamente de clases digitales; es decir, no estaban conectados simultáneamente con sus compañeros y con el docente a cargo del aula o de una asignatura determinada, todos los días, durante toda la franja horaria correspondiente a su turno y nivel escolar. Lo más común fue que recibieran tareas, buscaran la manera de resolverlas con alguna ayuda doméstica y las entregaran en las fechas acordadas.

La reapertura escolar de este año fue una experiencia muy acotada. Según el distrito, duró unas pocas semanas o a lo sumo un par de meses; el horario escolar fue reducido a su mínima expresión. y cada estudiante asistió una semana de por medio. En ese contexto, docentes y psicólogos, además de las autoridades, relevaron datos preocupantes que configuran un diagnóstico muy negativo.

En primer lugar, tanto la educación virtual como la presencialidad intermitente generan retrasos emocionales en niños pequeños y estancamiento en los adolescentes. En los más chicos, se observa angustia, miedo, falta de socialización y escasez de recursos tecnológicos y culturales para acompañar el proceso de aprendizaje.

Por ejemplo, en segundo grado no son pocos los alumnos que no adquirieron el año pasado conocimientos y habilidades de lectura y escritura característicos de un primer grado “normal”.

La ausencia de esos aprendizajes suele estar acompañada por regresiones: los profesionales tienen la impresión de estar frente a niños de 5 años, en términos de aprendizaje, y no frente a chicos de 7 u 8 años.

En segundo lugar, cada semana de clase presencial es un volver a empezar. Como si no hubiera una asimilación de los conocimientos previos. La percepción generalizada es que la semana que un alumno se queda en su casa es vivida como una semana de vacaciones, aunque tenga tareas para esos días.

En los adolescentes, por ejemplo, se observa falta de motivación, desorganización, problemas de concentración y hasta síntomas depresivos. Por todo ello, les cuesta hacerse cargo de sus tareas.

Así las cosas, urge que el sistema educativo vuelva a funcionar del modo más normal posible. Aunque sepamos que eso muy difícil, ahora que se discute la reapertura de las escuelas, hace falta que tomemos conciencia del tema. No hay alternativa pedagógica ni tecnológica que reemplace de manera eficiente el contacto diario de cada estudiante con sus docentes y sus pares.

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