Nos apropiamos o nos enajenamos de nuestro envejecimiento

Susana vive en Catamarca. Tiene 71 años. Es viuda. Madre de tres hijos que hace tiempo tomaron vuelo. En lugar de mudarse, ella eligió transformar su casa en un bed and breakfast (cama y desayuno). Obvio, el contexto actual no ayuda. Pero hasta marzo de 2020 alojó a cientos de personas que la eligen por su calidez, desayuno casero y olorcito a hogar.

María fue maestra y directora de nivel inicial. Tras jubilarse, sigue participando en actividades vinculadas con la educación y sostiene una biblioteca popular que fundó allá por la década de 1990 en un barrio del sur de Córdoba. Tiene 65 años. Vive con su marido y participa activamente en la vida de sus siete nietos.

Ramón es ingeniero agrónomo. Está recién jubilado de la empresa a la que le dedicó 30 años. Hace poco reunió a toda su familia para el tradicional locro del 1° de Mayo: “¡Mi especialidad! No hay mejor locro que el mío”, aclara cada dos por tres. Ramón tiene casi 70. Transformó una habitación de la casa en estudio y ahora es consultor freelance. Maneja sus horarios y sigue haciendo lo que más disfruta de su trabajo: asesorar y acompañar nuevos proyectos.

Gabriela es una mujer de mediana edad. Si bien todavía no es una mujer mayor, parece que tuviese 100 años, ya que al escucharla hablar de su vida, brota automáticamente la pregunta: “¡¿Dónde cabe tanta experiencia?!” “Gaby” fundó una escuela que hoy reúne a 400 familias y 70 empleados. Si bien es una empresaria gestada en una cultura patriarcal, a ella le gusta seguir presentándose como docente; rol que la conecta con su pasión: enseñar.

Estas reseñas son apenas un pequeñísimo resumen de la cantidad de historias de personas mayores y envejecientes que podría compartir. ¿Cuánto legado visibilizamos, cuánto podemos desentrañar de los esbozos de vida que acabo de delinear? ¿Acaso poco o nada? Pregunto esto porque es habitual escuchar decir de algunas personas mayores: “No tengo nada que contar. Mi vida ha sido muy lineal”.

En la vereda opuesta, aparece Ruth Ahrensburg, psicóloga cordobesa fundadora de Covoz (Asociación por una Vida Sin Violencia), quien confiesa: “Las mujeres que nos sabemos mayores, que no renegamos de la edad y que no nos sentimos afines a los deseos del patriarcado y del capitalismo, sistema que sólo visibiliza a las mujeres como cuidadoras, madres y dueñas de un cuerpo objeto que tiene valor siempre y cuando sea un cuerpo reproductivo… A nosotras, a esas viejas, nos tienen miedo. Nos temen porque no encajamos con el estereotipo. Porque nos apropiamos de nuestra vida y de nuestra edad”.

Santiago Alba Rico es un filósofo español contemporáneo que distingue nociones como las de “apropiación” y “enajenación”. Tomaré prestado su punto de vista y diré que vivimos en una cultura que nos enajena de nuestra vejez. El proceso de envejecimiento inherente a la vida de cada persona, se transforma en algo ajeno al recorrido vital. En oposición, nos apropiamos de la cultura selfie, que nos hipnotiza con su discurso de “juventud eterna” negando, cual foto filtrada, las huellas del paso del tiempo.

¡Definime vejez! Nos apropiamos del estereotipo y enajenamos lo que de verdad sabemos de ella. Lo que sabemos no sólo por lo que vemos, por lo que me dice –de manera implícita y explícita– esa persona mayor que me rodea, sino porque la vejez nos habita, nos transforma, nos acompaña a lo largo y ancho de nuestro recorrido vital. Porque el proceso inició cuando nuestro corazón comenzó a latir y se detendrá a la par de ese mismo pulso.

El martes 15 de junio se conmemoró el Día Internacional del Buen Trato a las Personas Mayores. También conocido como el Día para la Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez. ¿Cuán enajenados estamos de nuestra condición de personas envejecientes que gestamos un día, para recordar lo mal que nos tratamos?

¿Y si lo pensamos al revés? Más bien nos apropiemos de nuestra vida y de su proceso de envejecimiento y transformemos en ajenos los prejuicios, la sobreexigencia, esa mirada perenne y poco compasiva con uno mismo. No es sencillo, lo sé. Empecemos por valorar la potencia de las personas que, como Susana, María, Ramón y Ruth, habitan la edad que tienen. Enajenando los viejismos¹ y apropiándose de este presente que también es suyo, sin filtros, así, tal como se manifiesta.

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¹ Viejismo: es el término que se utiliza cuando nos referimos a la discriminación hacia la vejez.

* Comunicadora social y gerontóloga

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