El lenguaje inclusivo y la nueva derecha

Hace pocos días, un grupo de periodistas de diferentes medios publicaron una investigación donde denunciaban el avance de la “reacción conservadora” en la Argentina. Allí, en una acción propia de la policía del pensamiento, se difundieron datos y fotos de personas que ellos manifiestan vinculadas con esta ideología.

Uno de los puntos establecidos para estar incluido en esta lista negra es rechazar el lenguaje inclusivo, además de otros, como rechazar el matrimonio igualitario, el aborto, etc.

Los autores crean una serie de indicadores para determinar quién es de derecha y quién de izquierda en nuestro país, que pueden confundir a cualquier observador desprevenido. Expongo a los creadores de la lista mi caso personal, porque quizá puedan ayudar a catalogarme.

Hasta ahora me he considerado una persona progresista, que ha rechazado siempre todas las actitudes y los gobiernos autoritarios y he defendido la libertad personal y los derechos humanos en donde quiera fueren atacados.

Estoy a favor, por ejemplo, de que haya una ley que permita el matrimonio igualitario porque considero, según mis principios, que cada uno debe manejar su sexualidad y sus afectos como mejor le plazca. Quedaría por esto excluido de la lista negra. Sin embargo, no acuerdo con la imposición del lenguaje inclusivo. ¿Pertenezco a la nueva derecha?

Me gustaría conversar con los autores de la lista para que me ayuden a identificarme, porque quizá he estado confundido todos estos años, percibiéndome como progresista cuando en realidad represento a la “reacción conservadora”.

En mi ya lejana adolescencia, tuve el privilegio de tener un gran profesor de Castellano que me hizo enamorar de nuestra lengua. Era estricto en el manejo del lenguaje y nos enseñaba la necesidad de tener un correcto manejo del idioma, para expresar con más riqueza nuestras ideas. Corregía nuestros disparates idiomáticos aun fuera del aula y nos permitió adentrarnos en los clásicos españoles.

Hoy, según los autores de la lista, sería parte de la “reacción conservadora”. Sin embargo, este profesor –Candel López se llamaba– era un republicano español que llegó a la Argentina huyendo de los fusilamientos de Francisco Franco y dejando a sus muertos queridos en su país de origen.

Quizá por eso se aferraba tanto a la enseñanza de la lengua, como su último anclaje a la tierra abandonada. También nos enseñó que la lengua es algo vivo y que de Miguel de Cervantes para acá mucha agua ha corrido bajo los puentes. Todo idioma es una construcción social y una expresión cultural del pueblo que lo crea. Es por eso que va sufriendo modificaciones a través del tiempo, incorporando términos nuevos o dejando palabras en desuso. De lo que estoy seguro es de que los cambios en el idioma no se imponen de arriba hacia abajo.

Dejando de lado la estupidez o la ignorancia de “jóvenes y jovenas” o “equipos y equipas”, quizá dentro de algunos años se haya generalizado el uso del neutro para la tercera persona del plural y se utilice del mismo modo que el “ellos” y “ellas” el “elles”, para evitar que la terminación en masculino abarque ambos géneros. No lo podemos saber hoy.

Si alguna persona quiere usar el “todes” para mostrar su rechazo al patriarcado o su reivindicación feminista, no me molesta que lo haga. Lo mismo que si hablara en esperanto para demostrar su visión universalista.

Lo que no acepto, porque eso sí es fascista, es que se quiera imponer la modificación del idioma de manera autoritaria y a quienes continuamos utilizando las reglas de la lengua aceptadas por la generalidad se nos incluya en la categoría de “la nueva derecha”.

Volviendo a mi profesor de Castellano, cuando Franco liquida a sangre y fuego la República española prohíbe que se hable el gallego, el catalán o el vasco, bajo la consiga falangista de la España “una, grande, libre”. Y esas lenguas son borradas de la España oficial durante 40 años. Quien visite hoy España escuchará esas lenguas más vivas que nunca, habladas por gallegos, catalanes y vascos.

El idioma, insisto, es una creación colectiva que se va enriqueciendo y mutando a través del tiempo en poder de quienes lo hablan. Y nadie, por más autoridad que pretenda detentar, puede obligar ni a las personas ni a las instituciones a efectuar modificaciones al idioma por un acto de poder, ni catalogar de derecha a quien desobedezca esa orden “políticamente correcta”.

Los autoritarismos, sean de derecha o de izquierda, siguen siendo autoritarismos.

* Exsecretario general de la UNC; especialista en Educación Superior

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