Cuidame el apellido

Mi papá y mi mamá se conocieron en una peña cuyo objetivo era recaudar fondos para la causa cubana. Ella se le acercó a venderle números de una rifa. No me animo a preguntarle si tenía alguna idea acerca de cómo le harían llegar el dinero juntado a los barbudos que contagiaban el entusiasmo de la revuelta armada desde el primer territorio libre de América. A mi papá le brillaban los ojos y se relamía, como un tigre en la espesura. Se ve que militar por la revolución caribeña y cantarle loas a la Sierra Maestra era una buena manera de conseguir chicas.

Hay que contar bien lo del cambio de nombre, piensa mi mamá. Ha estado juntando material, rascando en cajones y metiendo pilas de papeles en bolsitas cuya clasificación sólo ella comprende y que me entrega para que yo haga lo que pueda. Me explica que hacer lo que pueda es hacer más o menos lo que ella haría.

La historia del encuentro con el Orosz original, el intercambio de apellidos y un pasaje a cambio de dinero son como el comodín que la familia usa para matar el punto. Mi papá le compró la identidad y el pasaporte a un rumano bastante tránsfuga, un buscavidas que, además del nombre, le cedía un lugar en un barco que partía de Génova hacia Buenos Aires.

Cuando se saludaron y se desearon suerte, Orosz le dijo a mi papá: “Cuidame el apellido”.

El Orosz perdido

Mi mamá, mi hermano y yo tenemos la costumbre de dejar atónita a gente que recién conocemos con el relato de la transformación de Beni Cohn en Alejandro Orosz. Después viene la historia del viaje en un barco que se llamaba Olimpia, el in crescendo que se alimenta de sus días y noches cruzando el Atlántico bajo el apodo de Gandhi. Tenía una sola muda de ropa, y cuando lavaba los pantalones y los calzoncillos andaba vestido con una sábana. El golpe de efecto nunca falla.

Después de entregar su identidad, Orosz –el auténtico– se iba supuestamente a Holanda. Durante algún tiempo, con mi hermano intentamos sin éxito obtener alguna huella en internet, algún rastro de esa huida o, por lo menos, una señal de la existencia de quien nos había vendido el nombre y había inaugurado este árbol genealógico que se queda trunco apenas subimos por el tronco paterno.

Yo me enteré tarde, más que tarde: tenía como 15 años. Fue una especie de bar mitzvah involuntaria, una salida del estado de inocencia. Encontré una carta con el remitente de su hermano, Eprahim Cohn, y casi en simultáneo sentí que todas las veces que mi papá me había dicho “pelotudo” con su acento de Europa del Este me estaba dirigiendo un mensaje que debía descifrar.

Mi papá era Beni Cohn y llegó a la Argentina como Alejandro Orosz. Hizo todo lo que tuvo a su alcance, según sus términos, para cuidar el apellido. Tenía una frase que era como su emblema, su blasón: “No todo lo que brilla es Orosz”.

Hace poco encontramos el dato de la llegada de mi papá al Hotel de Inmigrantes: Orosz Alessandro, arribado en el Olimpia desde el puerto de Génova. Declara ser Studente/Meccan (yo declaro y puedo dar fe de que, si tenía algo de mecánico, lo perdió en el viaje). Nacido en Oradia, Rumania, 26 años. Es la edad que le asigna el pasaporte comprado al Orosz fantasma.

Legados

Heredamos, con mi hijo, la necesidad irrenunciable del bidé. Cuando mi papá viajaba a países desarrollados pero carentes de ese logro supremo de la civilización y la higiene, recurría a cualquier estrategia. “Lavarse el culo” estaba en los primeros puestos de su decálogo, antes de “Desearás a la mujer de tu prójimo como si fuera tuya” y después de “Te llevarás los jabones chiquitos de todos los hoteles en los que te alojes”.

Una noche, en un diminuto baño francés al que evidentemente le faltaba el bidé, lo vi levantarse del inodoro, desnudarse y pasar derecho a la ducha. Fue una especie de iluminación escatológica. Y un pase de testigo. Junto con la transmisión del trauma, le pasé a mi hijo la técnica que hoy denominamos “kakaduchen”.

Pasó unos meses, o unos semanas, en un campo de refugiados que se había improvisado en los estudios de Cinecittà, una especie de Hollywood a la italiana creado por el fascismo a pocos kilómetros del centro de Roma. Él decía que era un campo para personas desplazadas.

Fue allí donde conoció a Alejandro Orosz y compró su nueva vida. Me parece. Miles de desarrapados y apátridas de media Europa obtenían un plato de comida y algún rincón para dormir. Mi mamá siempre me impide olvidar que ahí filmaba Federico Fellini y enumera proezas como La dolce vita. Lo hace con esa manera tierna e insistente que tiene de atar a su marido a alguna estirpe gloriosa en materia cultural.

También me recuerda muy seguido que mi papá hizo de extra en El judío errante. Esa figura es para ella como la materialización de la epopeya migrante de mi papá. Hace poco se le ocurrió que era posible buscarlo en esas imágenes, mirar con lupa a ver si aparece entre los figurantes.

Mi papá se enroló en la Legión Extranjera con la idea de zafar un tiempo, meterse algo en la panza y cobrar algún dinero, pero casi de inmediato desertó. Con un amigo (¿era Kurt Terner, alias Virgil Triffant?) se tiraron del tren que los llevaba hacia un puerto, donde iban a meterlos en un barco con destino africano. Con mi mamá, nos reprochamos no haberle preguntado más.

Soldado que huye

Con un grupo de amigos, fundamos una agrupación imaginaria que se llama Soldado que Huye, una cofradía del fracaso, una organización que ampara y promueve actitudes desmotivantes y la práctica de dejar para un mañana siempre pospuesto lo que se podría hacer hoy. Nada de levantarse temprano y procurar la ayuda divina que supuestamente cobija a las almas madrugadoras.

Nuestro lema podría ser “Persevera y serás perseverante”. Creo que una de las cosas que mi papá me pasó sin querer es tener a mano la vía de escape, esa opción de tirarme del tren. Aunque puedo visualizar su corcoveo mental frente a un pensamiento semejante.

A veces me encuentro mascullando involuntariamente palabras rumanas. Sonidos que nacen y se apagan en los dientes. Dint (diente). Mamaliga (polenta, la comida nacional rumana). Sarmales (muy parecidos a los niños envueltos, más gordos, en salsa, un viaje de ida). Ou fript (huevo frito). Torre de foc (torre de fuego, el lugar desde donde los bomberos, en Bucarest, hacían sonar una sirena para comunicar que había un incendio).

Hay que pronunciarlas en la punta de los labios, antes de que se escapen. Son palabras que sin duda estuvieron unidas a ciertos gestos, o a determinadas acciones que apenas me dejan una estela de lo que en otro tiempo debe haber sido una firme costura entre lenguaje y mundo. Ahora son música. Aparecen en los sueños y se quedan en una zona de incertidumbre respecto de la parte de realidad o de invención que les corresponde.

Saludos, primo

La nariz de Stalin es un libro de un canadiense que cuenta un viaje por Europa del Este. Me lo trajo un amigo de España, hace años, cuando yo perseguía cualquier rastro de literatura esteparia con la misma obsesión que tiene mi mamá con la cinematografía rumana.

En el periplo allende la Cortina de Hierro, al detenerse en un pueblo llamado Novoye Selo, actualmente territorio ruso, se menciona a un tal Andras Orosz, un viejito de más de 90 años que a lo largo de su vida había sido austrohúngaro, rumano, checo, húngaro a secas y finalmente soviético.

La mutación de nacionalidades no se debía a ningún espíritu viajero o a una sucesión de corrientes migratorias en la que el pobre viejo se hubiera montado, sino que habían sido las fronteras las que habían ido mutando alrededor del pueblo natal de Andras, del cual nunca salió.

Saludos, primo Andras, pariente imaginario de la tribu de Oroszes perdidos.

En Patrimonio, una obra maestra sobre los últimos días (los últimos días con el padre), Phillip Roth compone una escena inolvidable, hamletiana, cuando sostiene en su mano la resonancia magnética del cerebro de su papá que dice que todo se está yendo a la “merda”.

“Sputza”, diría mi papá.

Hay otra escena, que cada tanto busco y releo, en la que Roth se mete la dentadura de su papá en un bolsillo. Pegajosa, con restos de saliva. Dice algo así: que agarrar los dientes postizos de su padre con la mano había sido como cruzar en reversa el pozo de alejamiento físico, gigante y no del todo contrario a un proceso natural, que se había abierto entre ellos apenas Roth había dejado de ser un muchacho.

Un viaje de vuelta a esa intimidad que se pierde entre varones cuando el hijo crece y los cuerpos se alejan.

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