Santiago Lange: una vida en el agua para alcanzar la gloria olímpica

“El viejo es hijo del mar, es del agua, es un pez más”, supo definirlo Theo y no pudo hacerlo mejor. Es que cuando surge el nombre de Santiago Lange es difícil imaginarlo en una acción que no sea navegando; y desde el barco en el que representará a Argentina junto a Cecilia Carranza Saroli en clase Nacra 17 mixta el horizonte de Tokio 2020 está cada vez más cerca.

A los 59 años y camino a su séptima cita olímpica, el regatista es uno de los referentes del deporte olímpico argentino y una de las figuras más destacadas en el plano internacional de su disciplina. Su relación con el agua nació “casi” que con él, y su vínculo con el olimpismo data de cuando su padre, Enrique Jorge, participó de los Juegos de Helsinki 1952.

“Mi marido iba a navegar y lo llevaba en el moisés. Desde que nació está en el agua”, le confesaba a Mundo D su mamá Ana María Robertie en agosto de 2016, después de que Santiago consiguiera la medalla dorada en Río 2016.

Cinco años después, es el propio Lange quien recuerda cómo arrancó su vínculo con el deporte en el que se consagró campeón olímpico. “No tengo el primer recuerdo consciente pero sí tengo sensaciones de mi infancia de navegar en traje de baño, en invierno, en Buenos Aires; los Optimist (los barcos con los que se inician en el deporte) eran como nuestra pelota de fútbol. Estábamos todo el día ahí metidos en el río, una infancia maravillosa; éramos más que deportistas, aventureros”, relata Lange en el marco del especial La Voz Olímpica, rumbo a Tokio 2020, y recuerda que junto con Martín Billoch, su gran compañero de andanzas, se iban al Yacht Club Argentino los viernes a la tarde para regresar el domingo. “Desde los 8 años hacíamos eso cada fin de semana; era nuestro pequeño mundo, fascinante, y tengo un recuerdo increíble de toda esa etapa”, completa.

Así transcurrieron sus días hasta que a los 18 años se fue a estudiar a Inglaterra; a los 25 se casó con Silvina, la mamá de sus cuatro hijos. Yago, los mellizos Theo y Borja, y Klaus. “Intenté como padre educar a mis hijos en libertad y nunca quise que naveguen porque yo navegaba, quería que sea una elección. Los llevé a tenis, rugby, a fútbol, pero jamás los llevé adonde teníamos los barcos”, explica y continúa: “Ninguno hizo escuela de vela, aprendieron a navegar solos. Me parecía importante que aprendan jugando”.

Yago y Klaus fueron olímpicos en Río 2016, una experiencia inolvidable para los tres, en especial para Santiago, que recuerda con mucha emoción las sensaciones de aquel momento. “Por todo lo que trabajaste, deseaste y soñaste, ganar un Juego Olímpico es algo súper especial, pero poder entrar al Estadio Olímpico en una inauguración como compañero de equipo de Klaus y de Yago son emociones diferentes; es la emoción de un padre con un hijo, de vivir un momento único”, recuerda el tres veces medallista olímpico.

Lange obtuvo el bronce en Atenas 2004 y Beijing 2008 junto con el correntino Carlos “Camau” Espínola en la clase Tornado; y el oro en sociedad con la rosarina Cecilia Carranza Saroli en Río de Janeiro 2016 en Nacra 17.

Su sueño olímpico comenzó en 1979, intentó ir a Moscú 1980 (los Juegos del boicot) y a Los Ángeles 1984, pero recién pudo concretarlo en Seúl 1988, donde con un barco y velas prestadas finalizó noveno en la clase Soling. Tras aquella experiencia formó parte del equipo español pero un llamado a tiempo evitó, cómo él mismo dice, “ese fatal error”.

“Es imposible imaginarse tantos años ligado al olimpismo y lo siento como un privilegio absoluto. Todavía hoy me sorprendo con la pasión con la que me subo a un barco, con lo que sufro si no navegamos bien, y digo ‘¿cómo puedo estar tan loco de seguir viviéndolo como lo vivo?’, pero soy así y lo vivo de esa manera”, reflexiona el regatista que, entre tantas distinciones recibidas a lo largo de su carrera, fue elegido junto a la yudoca Paula Pareto “Símbolo de la llama olímpica – 2018” para los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018.

Después de los Juegos de Beijing 2008, el argentino decidió retirarse de la competencia olímpica, pero su espíritu aventurero no pudo resistirse ante una nueva oportunidad y tras estar ausente en Londres 2012, en Río 2016 volvió “literalmente” a por todo. “Entre las cosas lindas que te trae la vida, ‘Ceci’ (Carranza Saroli) vino a pedirme un consejo y a mí me salió de adentro, ‘¿Por qué no navegas conmigo?’. ‘Ceci’ no me contestaba y yo pensaba ‘esta chiquilina se cree que estoy viejo y no puedo volver’. Le tuve que escribir un mail para hacerle una invitación formal… por suerte de algo tan espontáneo salió lo que ya todos saben: haber podido ganar una medalla de oro”, describe el flamante abanderado de la delegación argentina en la ceremonia inaugural de Tokio 2020. Y allí estarán los dos, junto con Carranza Saroli encabezando la fila de nuestros deportistas.

Y quizá, en ese ingreso, portando los colores de la Bandera argentina, las imágenes de todo lo pasado se amontonen en su memoria. La niñez en el río, su pasión por navegar, las frustraciones, las grandes alegrías en el deporte y la medalla dorada después de haber superado un cáncer. “El deporte me ayudó muchísimo. Los deportistas, sobre todo los de alto rendimiento, estamos entrenados para trabajar en la adversidad, para superar adversidades y es lo que nos gusta”, empieza su relato y advierte que su deporte tiene la particularidad de “jugar” con la naturaleza, un factor externo al que no se puede dominar y que le dejó enseñanzas para superar la enfermedad.

“Tener la zanahoria o el gran deseo de los Juegos Olímpicos a un año vista en ese momento fue el centro de mi fuerza. Lo digo con muchísima humildad y respeto porque sé que otras personas pueden pasar el cáncer, una enfermedad tan difícil, de distintas maneras, pero yo lo atravesé sin darme cuenta por mi preparación como deportista y por el gran sueño que tenía de revertir la situación y llegar bien preparado a los Juegos Olímpicos”, define Lange, quien ya está en Japón, en la puesta a punto final para convertirse en el deportista argentino con más presencias olímpicas al superar al también campeón olímpico Juan Curuchet (presente en seis Juegos).

Se asume aventurero, apasionado y en búsqueda permanente de la excelencia; anhela poder conseguir otra medalla para Argentina y se define como un privilegiado por poder hacer lo que le gusta durante tantos años. “Amo lo que hago y por suerte el físico me acompaña, obviamente que a veces no puedo dormir del dolor de las rodillas pero es parte. Sé que dejo muchas cosas de lado, no todo es color de rosas. La excelencia y la pasión se te transforman en una mesa de tres patas que hay que aceptar y disfrutar lo que te toca”, concluye.

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