Más de 100.000 muertes por covid y cómo impactan en sus familiares

Argentina ya superó las 100.000 muertes por covid según el último reporte del Ministerio de Salud de la Nación. ¿Cómo atraviesan el luto sus familiares? ¿Cómo se enfrentan al dolor por la muerte de sus seres queridos en completa soledad, alejados de sus familias? Las que siguen son algunas de las tantas historias reunidas por Página/12 para dar cuenta de cómo se vive esta tragedia que atraviesa a la humanidad.

Sol Casella, 23 años, estudiante de periodismo

Claudia Cabrera compara la tragedia de su hija Sol Casella, de tan sólo 23 años, con el derrumbe del edificio de Miami: “Los especialistas dicen que se partieron las columnas y que la loza cayó intacta arriba de esas columnas, sin esperarlo. Para nosotros fue eso. Sin esperarlo se nos derrumbó un edificio encima”. Cada uno de sus días desde el último 14 de mayo se levanta “entre los escombros”. “Me sacudo un poco, me armo y salgo”, dice. Hace el esfuerzo por no llorar delante de sus otras dos hijas, Belén y Delfina, más chicas que Sol.

Sol estudiaba periodismo. Escribía para portales de Chile y España y la agencia de noticias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. No tenía factores de riesgo. No iba a fiestas clandestinas. Se cuidaba. Trabajaba y estudiaba de la mañana a la noche en su habitación. Era muy consciente de los riesgos del coronavirus: escribía sobre eso. Y era muy «provacuna», según su mamá. Su último posteo en Twitter fue sobre la vacunación de sus abuelos, que la tenía contenta. La joven escribía, además, poesías; en su mayoría de amor. Estaba de novia hacía muchos años. Cuando junte fuerzas, Claudia piensa reunir los poemas y editar un libro. Quiere “honrar” a su hija. Piensa que hablar de ella para esta nota es una manera de hacerlo. Veía lo que le costaba a Sol producir sus artículos.

En algún momento pensó que era muy posible que en su familia todos terminaran contagiados, pero jamás se le cruzó por la mente que el virus se «llevaría» a una de sus hijas. Ni los médicos pudieron explicarle bien qué es lo que pasó. Ella es creyente y no le echa la culpa a nadie. Piensa que sólo Dios tiene la respuesta. “El jefe de terapia me dijo que lo que hizo el virus en los pulmones de Sol no lo habían visto nunca desde que empezó la pandemia. Era la más joven de terapia: ellos apostaban que la sacaban. Me dijeron ‘gente de más de 80 años con enfermedades salió caminando’”, recuerda Claudia con la voz quebrada.

Sol murió en medio de la segunda ola, cuando empezaron a hacerse mucho más frecuentes las muertes de personas jóvenes por Covid. Otros casos que ocurrieron en la misma época fueron el de Joel Rutigliano, de 35 años, jugador del Berisso Rugby Club; Aldana y Marina, dos hermanas de Concordia, de 21 y 29 años respectivamente, fallecidas con cuatro días de diferencia; y Florencia Actis, de 33 años, estudiante de derecho, también de Lomas.

“Era sensible, defensora del lugar de la mujer, solidaria. Sus pasiones para bajar eran la danza y cocinar. Amiguera, sociable, mamera. Se la extraña un montón, obvio. Me quedo con todo lo lindo que me dicen de Sol. Nadie lo puede creer. Todavía nadie entiende. Me quedo con lo mejor. Me eligió como mamá. Me honró casi 24 años. Me dejó mucho orgullo y un amor incondicional. Ella siempre me decía ‘nos conocemos de otras vidas’. Puedo decir que es así. Era muy visionaria.”

Con absoluta razón, Claudia dice que puede entender a todos los que sufren por la muerte de Sol pero que nadie va a entenderla del todo a ella. Su hija le insistía para que hiciera terapia y ahora, aparte de la religión, se agarra de eso. Hace poco supo que le van a poner el nombre de Sol al museo del colegio en el que estudiaba. Ella trabajó ahí y le encantaba. Eso a su mamá le “infla el pecho”. Mitiga “la tristeza y el dolor”. Como la existencia de los poemas de Sol que esperan en el Word para ver la luz.

Liliana del Carmen Ruiz, 52 años, pediatra

Sofía Armatti será médica. Igual que su mamá, Liliana del Carmen Ruiz, la pediatra que sufrió el primer caso de Covid en La Rioja y, según lo que publicaron algunos medios, la primera médica que se contagió en todo el país.

Cuando murió Liliana –quien tenía 52 años y fue internada en principio por dengue–, Sofía le dedicó un extenso y emotivo post en Facebook en el que repasó su vida. Una vida plagada de dificultades y lucha, por eso cuando habla de su mamá lo hace con total admiración. Liliana era hija de un panadero y una empleada doméstica. Vivió una infancia de carencias y en la escuela la discriminaban por “pobre y negra”. Tenía 12 años cuando murió su mamá de cáncer. Eso motivó su deseo de ser médica. Al terminar el secundario se instaló en Córdoba para estudiar. Iba de pensión en pensión y tomaba sopa todas las noches. A los 20 le diagnosticaron cáncer de cuello de útero. Puso en pausa su carrera pero pudo terminarla.

“Tenía una voluntad muy grande. La vida de mi mamá la tomo como ejemplo de superación y entereza. Todo lo que hizo lo hizo sin quejarse”, resume Sofía, de 21 años, en comunicación con Página/12 desde La Rioja capital. “Cuando falleció estaba haciendo un posgrado, por entrar a su tercer trabajo y construyendo una casa. Con muchos sueños. Me enseñó mucho. Quiero ser como ella. Era una médica que de verdad tenía entrega. De las que te dan el número para que la llames por cualquier cosa, y te atendía un domingo a las dos de la tarde, en un almuerzo, porque un bebé volaba de fiebre o no sabían qué darle. Muchos bebés y niños con autismo no se dejaban ver con ningún medico hasta que llegaron con mi mamá”, describe Sofía.

Liliana era el sostén económico y anímico de la casa. Jefa del hogar en todos los sentidos. “Siempre fue el pilar. Mi papá no se recupera de su muerte y se le complicó seguir con el trabajo. Vendió la farmacia que tenía. Yo recién un año y medio después me estoy sintiendo mejor. La casa está vacía. Se empezó a caer. Su perrita se deprimió mucho tiempo. La vida cambió mucho. Nos empezamos a atrasar con la universidad”, cuenta la joven, quien tiene un hermano. “Sus cosas siguen intactas, como la mochila que llevó a la clínica, su ropa, lo último que se puso.” Sofía cuenta que le mandaron un video del entierro de su mamá. No lo pudo ver.

Tras la muerte de Liliana tuvo que empezar a trabajar. Lo hace junto a una de las mejores amigas de su mamá, neumonóloga. “Por ir a atender a un pacientito ahora está internada: se contagió. Tiene cuatro hijos. Los trabajadores de la salud van a hacer su trabajo, pero haciéndolo corre riesgo su vida de una manera exponencialmente alta. Da bronca ver gente que no se cuida. Cuando se muere alguien cercano haciendo su trabajo para cuidar a una persona a la que no le importó infectarse, duele mucho”, concluye Sofía. Agradece la posibilidad de mantener vivo el recuerdo de su madre.

Rubén «El Negro» Fernández, 58 años, referente de la Villa Zavaleta

Como a Ramona Medina, quien murió denunciando la falta de agua en la villa 31, a Rubén «El Negro» Fernández, referente de Villa Zavaleta, no lo mató solamente “este virus de mierda”, sino también la «desigualdad histórica». Así lo siente Fidel Ruiz, integrante de La Poderosa. Hace un año tuvo que despedir a su “padre político”.

El Negro tenía cuatro hijes y hacía changas “por todos lados”. Además, dedicaba su vida a un comedor junto a su compañera, Neli. Participaba de la “resistencia popular”; escuchaba las problemáticas e injusticias de les vecines y colaboraba para solucionarlas. Si se incendiaba una casa durante la madrugada en el barrio, ahí estaba el Negro. Si alguien no podía pagar más el alquiler, Neli y el Negro lo alojaban en su casa. En el comedor de la pareja nació La Poderosa en 2004.

“Sin decirlo y sin darse cuenta mostraba otras maneras de ser referente de un barrio. Iba más allá de lo combativo. Muchos de los que lo conocimos de chiquitos empezamos a militar ese método, más alegre y amoroso. A la lucha había que ponerle sonrisas, aunque costara. Te ponía la piel de gallina. Marcaba el camino de las estrategias comunitarias”, lo recuerda Fidel.

El Negro (58) tenía cáncer de colon y se cuidaba de la covid. Neli también. “Mayo y junio (de 2020) fueron un desastre con la suba de casos. En el medio nos pasó lo de Ramona. Neli no aguantó más. Había luchado toda su vida por el barrio. Miraba por la ventana de su casa cómo el barrio se cagaba de hambre y sufría, y tuvo que salir”, relata Fidel. El y otros jóvenes la retaban. Le pedían que se guardara. No hubo caso. Llegaron a negociar que en vez de cinco días de la semana atendiera el comedor solamente dos. Neli se contagió. Después el Negro. Estuvo un mes internado. Murió el 11 de julio del año pasado.

“Los que siempre salían a luchar por el barrio y pusieron el cuerpo a las problemáticas en la pandemia tenían que estar en sus casas, porque muchos son adultos mayores. Los jóvenes tuvimos que salir a luchar en la primera línea, sin saber del todo cómo hacerlo. Fue un cambio radical. La juventud salió a luchar viendo cómo las referencias históricas se estaban yendo y ya no nos podían proteger. No sabíamos si el día de mañana otra referencia se nos iba a morir”, dice Fidel. “Si no le poníamos el cuerpo, el barrio no iba a tener para comer ni conectividad ni una frazada. Eso lo aprendimos de ellos. Viendo cómo lloraban, se enojaban y sonreían.»

Silvina Flores. 53 años, vicedirectora de la Escuela 24, de Flores

Solamente en CABA fallecieron 34 trabajadores de la educación, entre docentes y auxiliares. “Y siguen muriendo”, advierte Natalia Militi, quien en medio de la pandemia perdió a una compañera, la vicedirectora de la escuela en la que trabaja, la 24, del barrio de Flores. “Con el alma destruida despedimos a nuestra compañera Silvina Flores”, decía un cartel que los maestros colocaron en la reja de la institución el día que la vicedirectora murió. Lo rodearon de flores y cintas negras.

Silvina tenía 53 años. No tenía patologías previas. No estaba vacunada. Fue la novena trabajadora de la educación que murió en la Ciudad, en mayo de este año. El 20 de abril, en el blog del colegio, había publicado una carta dirigida a la comunidad educativa avisando que la directora había contraído coronavirus y que todo el equipo de conducción debía aislarse.

“Venía de la conducción, en el distrito octavo, donde también fue muy querida y le hicimos un homenaje. Las maestras estaban desconsoladas. Había asumido la vicedirección este año. Siempre fue una persona muy presente. Se ponía la escuela al hombro –la recuerda Natalia–. Eso genera no solamente admiración, sino el hecho de poder ponerse a la par. Hacía 15 días estaba entregando bolsones a las familias y de repente estaba internada. No entran en la cabeza estas cosas.” Silvina era muy “empática” y todo lo “afectuosa” que se podía ser en un momento de pandemia. La docente comenta que la directora de la escuela se incorporó a su trabajo hace pocos días, no sólo por las secuelas que le dejó la Covid, sino también por la “secuela psicológica” que le generó el haber despedido a su compañera.

Silvina se cuidaba “muchísimo”: su marido era de riesgo. El día en que murió sus compañeros hicieron un abrazo a la institución. Pusieron fuertemente en cuestión la presencialidad en las aulas. “Estamos adentro de la escuela porque queremos transformar el mundo. Y nos están matando”, manifestó ante las cámaras de TV Juan, maestro de plástica. A los dos días hubo una conferencia de prensa y una caravana. En la escuela colocaron una placa para recordar a Silvina.

Su familia hizo una denuncia al gobierno porteño por el caso. Natalia no sabe en qué derivó. Los familiares no quieren hablar con la prensa. “Se siente una angustia profunda y que estamos en una desidia. Siguen falleciendo docentes y también han fallecido estudiantes”, recalca la maestra.

José Aguirre, 56 años, enfermero del Hospital Rivadavia

En el país se calcula que han muerto 220 enfermeros. En muchos casos, las muertes de trabajadores de la salud están atravesadas por la indignación y las denuncias de sus compañeros en torno a las condiciones de trabajo. Un ejemplo es el caso del enfermero José Aguirre. Para Juan Fuscaldo, compañero suyo en el Hospital Rivadavia, lo de José fue un “asesinato laboral”. Tenía 56 años. Era hipertenso y se estaba haciendo estudios por una posible diabetes. Cuando empezó la pandemia Juan le preguntó si iba a tomarse licencia. «¿Y con qué vivo?», le respondió José. Temía que le descontaran dinero del sueldo. Su hijo Franco cuenta en cambio que pidió la licencia –aunque no formalmente– y se la rechazaron por falta de personal.

“Trabajaba en una sala de nutrición que no tenía nada que ver con la covid, pero al llenarse el hospital le entraron a llenar la sala de pacientes febriles con covid, con unos insumos malísimos. Todos sabían de las patologías que tenía. Al jefe de Departamento, que en ese momento era Carlos Torres, no le importó. Le importó internar”, lamenta Juan, quien se comunicó seguido con José mientras estuvo internado en el sanatorio Anchorena, hasta que su amigo dejó de responderle. Murió el 21 de julio de 2020.

Fue un Día del Padre muy duro para Franco, hijo de José, quien tuvo que reconocer el cuerpo cuando todavía el respirador estaba funcionando. No llegó a despedirse siquiera por WhatsApp: su papá era «cerrado» con sus emociones para no preocupar a su familia. Sí le había comentado antes de las dificultades que experimentaba en el hospital en el que trabajó por más de dos décadas. Le había dicho, por ejemplo, que los enfermeros tenían que compartir equipos de protección y le había encargado que le comprara uno. También, le contó que en el hospital no quisieron hisoparlo.

Cuatro hijos tenía José. Vivía con Joana, una de ellas, en La Tablada. «Ella tiene tres nenes, uno con discapacidad. Mis sobrinitos siempre le dijeron ‘papá’ porque mi hermana no tiene relación con sus padres biológicos –cuenta Franco–. Más allá de lo emocional, a mi hermana se le complicó la situación económica porque mi viejo la mantenía.»

Los compañeros de trabajo de José lo lloraron en plena avenida Las Heras. Pasó la ambulancia que trasladaba el cadáver y sonó la sirena donde ellos estaban. “Después entramos al hospital e hicimos nuestro cable a tierra, acusando a Torres. Lo insulté de arriba a abajo”, relata Juan, quien organizó el homenaje. Los trabajadores consiguieron también un abogado para el caso (Matías Morla). La familia hizo una denuncia penal a la dirección del hospital.

José, tucumano, “era un tipo muy querido”. “Con mucho sacrificio estudió el secundario. Era auxiliar de enfermería. Hizo enfermería profesional y murió siendo licenciado. Nadie le reconoció nada», cuestiona Juan. «Genera bronca que un enfermero no cobre un sueldo digno, se lo obligue a trabajar y siempre tenga que tener el dedo en el orto para hacer las cosas. Es el que más expuesto está, el que peor gana y se come todos los bifes», agrega Franco. Le duele que, después de tanto esfuerzo, su papá no haya llegado a tener el título de licenciado en la mano.

Antonio Grilli, 63 años, padre de Daniela

En países como España han hecho monumentos a los muertos por coronavirus. Daniela Grilli piensa que algo así hace falta en la Argentina. Desea hacer algún tipo de homenaje a los fallecidos, aunque sea virtual. Imagina un Instagram en el que los seres queridos de los muertos confluyan para recordarlos. «Hay que seguir concientizando. Hay gente que sigue pensando que nunca le va a pasar», plantea. Por momentos siente “enojo” porque para los demás “el mundo sigue hasta más normal que antes”. Se pone en “jueza” cuando ve personas sin barbijo.

Su papá, Antonio, de 63 años, murió en septiembre del año pasado. Mientras él estaba enfermo, tanto Daniela como su marido y su mamá tenían coronavirus. Estaban todos aislados transitando la situación. “Es la enfermedad más triste y solitaria. Como no sabés nada te imaginás todo”, define.

En ese entonces eran aún más estrictas que ahora las restricciones para las ceremonias de despedida. La vivencia de Daniela es la vivencia de muches. Distintos especialistas han advertido acerca del trauma colectivo que genera cómo se vive la muerte en tiempos de covid. “Pasó la noche en la cochería. Al otro día nos dejaron estar media hora, pero el cajón estaba cerrado y sellado. Y nosotros podíamos estar a más de dos metros. Lo único que pudimos hacer fue acompañar al auto que llevaba a mi papá hasta la puerta del cementerio. Ni siquiera pudimos entrar”, relata Daniela. Lo cierto es que odiaba los velatorios, pero ahora reconoce que faltaron los abrazos y las conversaciones que surgen en ese contexto, en el que todos comparten anécdotas y recuerdos sobre el muerto, incluso cosas que sus familiares más cercanos no saben.

Cuando vacunaron a su madre, Daniela experimentó una sensación contradictoria: “Mi mamá lloraba. Pensaba: ‘yo zafé y vos no’. Se siente raro. Siento que mi papá no llegó”. “Después de la muerte del familiar de covid queda un rearmar tu vida impensada: no es alguien que venía con una enfermedad de hace años y venís programando algo. Y queda el miedo por los que están”, expresa. Se siente ajena toda vez que alguien habla de «nueva normalidad». Es que sabe que su vida, seguramente como las de los familiares de los 100 mil muertos que hubo en el país, ya no volverá a ser normal.

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