Cuba, ¿socialismo en libertad?

Córdoba, 29 de mayo de 1973: una multitud abigarrada se extiende jubilosa sobre bulevar San Juan, desde La Cañada hasta la calle Arturo M. Bas, donde estaba situado el palco en el que los oradores Atilio López, Agustín Tosco y el presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós, harían uso de la palabra en la celebración del cuarto aniversario del Cordobazo.

Hacía cuatro días había asumido la presidencia Héctor Cámpora y, en Chile, el presidente Salvador Allende avanzaba hacia su tercer año gobierno. Al tomar la palabra Dorticós, la muchedumbre de trabajadores y estudiantes se unificó en un solo grito: ¡Cuba, Cuba, el pueblo te saluda!

El contraste entre aquel hecho emblemático iluminado de ilusiones redentoras y la realidad cubana de nuestros días amerita una reflexión armada de coraje, como la que tuvo León Trotsky cuando en 1936 denunciaba, en su obra La revolución traicionada, el régimen policíaco, la burocracia criminal y las farsas electorales en la Unión Soviética tutelada por Iósif Stalin.

Al respecto, escribía:

“La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las fracciones; la prohibición de las fracciones llevó a prohibir el pensar de otra manera que el jefe infalible. El monolitismo policíaco del partido tuvo por consecuencia la impunidad burocrática que, a su vez, se transformó en la causa de todas las variantes de la desmoralización y de la corrupción”.

León Trotsky

Por cierto, Trotsky sabía que ejercer esta crítica le valdría la acusación de hacerles el juego al nazismo y al fascismo, por entonces en ascenso. Por eso advertía al resto de la izquierda: “El que realmente quiera servir la causa de la emancipación de la humanidad debe tener el valor de mirar la verdad de frente, por amarga que esta sea”. Porque “el motor del progreso es la verdad y no la mentira”.

Esas premisas éticas y políticas implicaban tener el valor de mirar los fenómenos sociales con sus luces y sombras, y enfrentarse con la mayor parte de la izquierda de su época.

Similitudes y diferencias

Hoy Cuba no es la Rusia de Stalin, pero es difícil soslayar que ha dejado de ser el faro de la emancipación latinoamericana, tal como era concebida por amplios sectores juveniles en los años 1960 y 1970.

La revolución victoriosa de 1959 permitió acabar con la dictadura de Fulgencio Batista, puso fin al dominio oligárquico y marcó el ocaso de las pretensiones norteamericanas sobre la isla. Sus logros en educación (eliminación del analfabetismo y abundancia de profesionales egresados de universidades) y en salud (rotunda reducción de las tasas de mortalidad infantil y notable desarrollo de ciertas especializaciones médicas) y la eliminación de la indigencia constituyeron un vivo contrapunto con otros países de América central.

En aquellos años, la democracia era –con la excepción de Uruguay, de Chile y de Costa Rica– una rara avis en los valores de la cultura y de las prácticas políticas latinoamericanas.

Si Estados Unidos promovía la “doctrina de las fronteras ideológicas” que cercenaba el pluralismo y las disidencias contrarias a sus intereses en el marco de la Guerra Fría” con la Unión Soviética, muchos políticos golpeaban las puertas de los cuarteles para estimular golpes militares que eran bendecidos por la Iglesia Católica, sectores empresariales e, inclusive, sindicales.

Más aún, cuando al fin se instalaban regímenes democráticos, estos eran precarios y sus principales actores –desde el oficialismo o desde la oposición– eran desleales a las reglas del juego democrático: los gobiernos cercenaban libertades y los opositores promovían golpes. La inestabilidad crónica era el único dato estable de la política argentina y de muchos otros países latinoamericanos.

La matriz autoritaria del capitalismo en América latina favoreció la legitimación del régimen cubano liderado por Fidel Castro, pese a ser un sistema de partido único (y por ende, negar las libertades de expresión, de asociación, de manifestación pacífica de las protestas e inclusive las relativas a disidencias sexuales o de género).

Tiempos de cambio

A la sombra del terrorismo de Estado, las transiciones democráticas de la década de 1980 reconfiguraron la cultura política: el pluralismo político y el respeto a los derechos humanos pasaron a ocupar un lugar central en los valores de los latinoamericanos.

Si bien las tentaciones autoritarias distaron de desaparecer y las desigualdades sociales se acrecentaron en muchos casos, la legitimación social de cualquier dictadura tiene pies de barro.

En estas circunstancias, Cuba afronta dos peligros y un desafío. Los peligros pueden tener el rostro del neoliberalismo salvaje o de la reconversión mafiosa de una parte de la elite estatal (como ocurrió en Rusia).

El desafío sigue siendo –recordando a Norberto Bobbio– conciliar en un solo haz lo más noble del espíritu socialista (la lucha por la igualdad), lo mejor de la vocación republicana (las libertades públicas y la división de poderes) y lo imprescindible de la pulsión democrática: una diversidad de partidos políticos y organizaciones sociales que expresen la autonomía y la vivacidad de la sociedad civil.

En el plano internacional, tender un puente con la democratización política y los derechos humanos en tiempos de pandemia supone también un reto para la administración de Joe Biden: poner punto final al embargo comercial de los Estados Unidos sobre Cuba.

* Historiador y profesor titular plenario de la UNC

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