Los ancestros africanos de los argentinos

En la foto se ve a un hombre negro, con el pelo mota bien corto, de traje y zapatos oscuros, junto a una mujer blanca, de vestido largo hasta el piso. Los dos lucen elegantes. Se acaban de casar. Posan apoyados sobre una mesa de madera con las patas con forma de trompas de elefante. Esa foto, algo amarillenta, es de 1905 y fue el comienzo de una investigación histórica y personal que encaró una década atrás la psicóloga y sexóloga Virginia Martínez Verdier para armar el rompecabezas familiar y así rendir homenaje a sus ancestros africanos y que acaba de publicar, en formato digital, en el libro Argentina en blanco y negro. Afroporteños. 200 años de historia (Enigma Editores). “Quiero visibilizar que existimos los afroargentinos, que seguimos estando, blanqueados, sí, mucho más blancos, pero que el gen queda, Y que formamos parte de la población argentina”, dice Martínez Verdier en diálogo con Página 12.

La pareja de la foto son sus abuelos paternos. Ese viaje a través del tiempo, la llevó incluso hasta Mozambique, en la costa sudeste del continente africano, el lugar de donde, según pudo reconstruir a partir de un análisis genético, fue traído al país su tatarabuelo en un barco esclavista a principios del siglo XIX.

Le gustaría hacerle llegar el libro al presidente Alberto Fernández, a propósito de sus polémicos dichos sobre el origen de los argentinos. “Quiero reafirmar que nuestra Patria fue forjada por la sangre y por la fuerza de tres ramas: la de los pueblos originarios, la africana esclavizada y la española conquistadora”, dice en el libro. En su caso, por vía materna y paterna, representa a las tres ramas. De sus ancestros africanos tiene el cabello bien enrulado.

El libro, aclara, no es un trabajo genealógico, ni un estudio académico. “Es un trabajo testimonial y conjetural, de investigación documental, histórica y personal de mi familia paterna afroporteña del tronco colonial”, dice, aunque siempre le quedarán dudas, “porque inevitablemente, sólo llegué a conocer fragmentos”. La historia de la esclavitud en lo que sería luego el territorio argentino y de los esclavos traídos a la región es parte de lo que narra el libro. Además de su propio recorrido tras las pistas de sus ancestros.

Cuenta que empezó a reconstruir la historia familiar en 2009, luego de la muerte de su padre: “Hasta entonces yo decía exóticamente que mi abuelo era negro. Hoy, a los 66 años, digo con orgullo que soy afroporteña del tronco colonial, en 5ta generación, descendiente de esclavos, quienes desarrollaron sus vidas en los barrios de Monserrat y Balvanera, en la ciudad de Buenos Aires”. Martínez Verdier integra el Instituto Argentino para la Igualdad, Diversidad e Integración (IARPIDI), una Asociación Civil fundada en 2007 que trabaja por los derechos humanos de los solicitantes de refugio, refugiados, inmigrantes africanos/as y afro descendientes en Argentina.

La reconstrucción de la historia familiar la hizo a través de datos recogidos por transmisión oral –una tía–, documentos civiles y eclesiásticos, entre otras fuentes.

Concluyó que el apellido Martínez en realidad le fue impuesto: “un apellido común, de un español o un criollo de una familia acomodada de Buenos Aires que en las primeras décadas del siglo XIX compró a un esclavo negro atrapado en Mozambique, para ser vendido en el Río de la Plata”. Su amo le puso su apellido y un nombre: Ignacio. “El apellido Martínez es una marca del propietario, como las que se realizaban a fuego en los esclavos hasta fines del s. XVIII”, dice en las primeras páginas del libro.

Martínez Verdier plantea que la suya es una más de las de tantas historias de otras familias afroporteñas que se originaron en las mismas circunstancias: Sánchez, Posadas, Platero, Ledesma, Montero, Ruiz, Zar, Gayoso, Thompson, Rolón, Valle, Sosa, Ferreira, Mendizábal, Morales, Lamadrid, Molina, Ezeiza, Barcala,

“El tiempo fue mezclando los apellidos hasta casi hacerlos desaparecer. Los genes se fueron blanqueando. Sin embargo, acá estamos, 200 años después”, señala.

La foto de su abuela blanca y su abuelo negro, el día de su casamiento, ilustra la tapa del libro, y dialoga con el título: “Argentina en blanco y negro”. Se la dio su padre, que tenía muy pocas fotos familiares.

–En el libro habla de una doble invisibilización del origen africano de sus ancestros…

–.Si, por un lado, la invisibilización histórica, que es la que se viene tratando de destapar. Pero por otro, la invisibilización familiar, porque si bien mi papá era evidentemente mulato y tenía mucho amor por su papá, que murió cuando él tenía 16 años y me hablaba del abuelito Cleto, no me trasmitió mucho más sobre él y sus ancestros. Yo pude reconstruir algo de esa historia a partir del relato de una de mis tías. En una reunión familiar en 1996, me contó todos los nombres que ella sabía de la familia, descubrí a mi bisabuela, sobre quien no sabía nada. Tuve esas anotaciones guardadas durante 23 años, hasta que empecé a estudiar genealogía, en 2009. Mi papá había muerto y me llega por mail una publicidad de un curso de genealogía, que era algo que yo siempre había querido hacer –recuerda.

Primero se abocó a la historia de la familia materna y luego a la rama paterna. Por entonces, se conectó con Pablo Norberto Sirio, director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afroamericanos de la UNLP –que prologa el libro de Martínez Verdier–

“Descubro que hay un mundo académico de estudios afro y me doy cuenta de que la única que había tenido un abuelo negro o un padre mulato no era yo”.

Los negros che y los negros usté

Hacia fines del siglo pasado la población negra que vivía en Buenos Aires se dividió en clases sociales: “Los negros che y los negro usté. Los primeros eran aquellos que que estaban en niveles bajos sociales y mantenían el recuerdo y las costumbres africanas de sus ancestros en Buenos Aires. Los negró usté eran lo opuesto: aquellos que habían ascendido económicamente, que habían logrado puestos de trabajo, generalmente en el Estado, que llegaban a ser clase media, que habían comprado una propiedad, que habían podido dar estudio a sus hijos, y que se habían asimilado a la modernidad que proponía la generación del ´80, que fue la que empezó a blanquear, en realidad, a los negros con la idea de que «todos salimos de los barcos». Una de las frases que mi abuelo le dijo a mi papá, y mi papá me la decía siempre a mí era: «Nosotros somos negro usté», explica la autora.

–¿Y usted sabía el significado que tenía esa frase?

–Mi papá me decía “negro usté” en cuanto a esto de la clase media, después todo el otro detalle más concreto lo aprendí leyendo libros de antropólogos e historiadores sobre esta temática. Lo de ser negro usté mi abuelo lo decía con orgullo, mi papá también, porque implicaba el ascenso en la escala social. Pero para lograrlo hubo que invisibilizarse, desconectarse de la propia historia.

De su abuelo supo que había trabajado en el Cabildo como ordenanza –en los archivos históricos de la Municipalidad encontró encontré el número de legajo, pero no el legajo– y en una escribanía, que ya no existe.

–¿Qué la motivó a esta búsqueda de la historia familiar?

–Tal vez tenga que ver con esto de ser psicóloga… saber quién soy, de dónde venimos. Lo que somos nosotros tiene que ver con lo que fueron nuestros ancestros. Somos nosotros con todo lo que tenemos atrás, claro. Y tal vez esta diferencia de todo esto que tengo atrás me haya me haya estimulado a buscarlo. Yo no tengo un origen cercano de inmigración europea de parte de mi mamá. La inmigración europea más cercana llegó en 1871. Por parte de mi abuela paterna blanca, eran franceses, también vinieron hacia entre 1970 y 1880. De ahí para atrás somos todos originarios: de parte de mi mamá, tengo sangre guaraní y sangre de indios Pampa, según pude determinar haciendo la genealogía. Entones, siento este orgullo de ser como argentina de larga data, por eso hablo de los 200 años de historia.

–¿Qué pasó con la población afrodescendiente en Buenos Aires?

–En lo que era la zona urbana de Buenos Aires, los barrios a los que fueron llegando los esclavos fueron fundamentalmente Monserrat, San Telmo y Balvanera, pleno centro de la ciudad actual. Fueron llegando muy, muy poca cantidad de esclavos hasta fines del siglo XVIII, porque era una ciudad lejana, y no les convenía a los traficantes. Lo más habitual en América del Sur era que los llevaran a Brasil. Eventualmente bajaban después al Río de la Plata. En el siglo XVIII es cuando les permiten agremiarse de acuerdo al tipo de oficio que tenían pero a la vez el cura de cada iglesia los controlaba para que no se rebelarán, para que no pidieran por sus derechos, todavía les daban azotes y les ponían la marca del dueño como al ganado. Durante las invasiones inglesas, en el siglo XIX, como los esclavos tuvieron una participación muy activa en la defensa del territorio, se los empezó a considerar, a algunos de ello se les dio la libertad, a otros una pensión. La Constitución original de la Confederación Argentina 1853 abolió la esclavitud pero la provincia de Buenos Aires no la integró hasta 1961, que es cuando se abolió en ese territorio. Hasta esa época todavía llegaban a veces esclavos en barcos de piratas.

El viaje a Mozambique

A partir de un estudio genético que se hizo su hermano en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA pudo determinar que sus ancestros africanos habían venido

del sudeste de África. “Leyendo la historia y viendo el mapa, la conclusión fue que provenían de Mozambique”, contó. “Mi tatarabuelo que también se llamaba Ignacio Martínez, como mi abuelo y mi papá, figura como africano en la partida de casamiento de mis bisabuelos. En cambio, en el caso de mi tatarabuela decía natural del país”.

El viaje a Mozambique lo emprendió en 2018 junto a su pareja. Es uno de los países africanos con mayor mortalidad infantil y menor expectativa de vida. En 24 días recorrieron unos 6 mil kilómetros, para conocer ciudades capitales de provincias, pueblos pequeños y aldeas. Ese periplo está narrado en el último capítulo del libro.

Pudo saber que los esclavos se atrapaban en el interior del país y se los embarcaba en la isla de Mozambique, en el norte. Hoy ahí hay un Lugar de la Memoria que recuerda ese pasado atroz. 

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