Cómo y cuándo

No resulta sencillo explicar a los chicos cómo y cuándo retomarán las clases presenciales, en especial a quienes, desde temprana edad y hasta el final de la adolescencia, se identifican como escolares.

Porque ser escolar no significa sólo estar matriculado, sino comprender que sus hábitos y rutinas dependen de modo principal de una institución llamada escuela.

Este gran ordenador social condiciona los horarios, los traslados, la vestimenta, algunos momentos de comida y, de modo fundamental, los vínculos con pares, andamios indispensables que permiten madurar en sucesivas etapas infantiles.

Los adultos –padres, madres y otros cuidadores– son parte de las estrategias de organización, no sólo eligiendo actividades para sus hijos, sino adecuando las propias al tiempo que queda disponible.

Durante la pandemia, y sin las “antiguas” rutinas de escolaridad presencial, la mayoría de las familias experimentó una conmoción de la que aún muchos no se recuperan.

Sorprende recordar que el 20 de marzo de 2019, inicio de la cuarentena, la interrupción de clases fue mayoritariamente celebrada. Alegres voces festejaban esa pausa que prometía ser transitoria y que “permitiría el reencuentro entre padres e hijos”.

Lo que sobrevino en realidad fue un largo y tedioso período de aprendizaje y acostumbramiento de las nuevas formas de comunicación escolar, para finalmente terminar con inédito cansancio, desconsuelo y tristeza. En tal sentido, es preocupante pensar que el comienzo del nuevo ciclo escolar –anunciado oficialmente para febrero/marzo– encuentre a casi todos en el punto de agotamiento en el que habían quedado en diciembre.

Más aún, para una gran mayoría de la población, las actuales “vacaciones” no parecen aportar un efecto reparador, considerando que en pleno enero surge la necesidad de reinventar un nuevo orden familiar que permita cumplir con las actividades educativas (mixtas) de los chicos y laborales de los grandes.

Reacciones

Ante los entusiastas anuncios de regreso a las aulas, muchos padres de escolares (y ellos mismos) sintieron alivio. También se alegraron aquellos cuyo ingreso económico depende de actividades vinculadas con la escolaridad presencial.

De los educadores, en tanto, se conoce poco. Muchos maestros, profesores y directivos ya están pensando en cómo adaptarse a la modalidad propuesta.

No pocos lo hacen desde el desánimo de presentir mayor carga laboral a cambio del mismo –magro– reconocimiento social y económico.

También les inquieta enfrentar un mayor riesgo de contagio de Covid 19. Las burbujas sanitarias podrían funcionar con grupos reducidos de alumnos, pero no con docentes que trabajan en varias instituciones.

Por ello, las condiciones sanitarias fluctuantes podrían determinar cambios de último momento.

Los números no mienten: la cantidad de personas infectadas de Covid-19 muestra una sostenida y elevada meseta, sin pronóstico de un descenso a corto plazo.

Entonces, y ante tantas variables: ¿cómo explicar a los chicos si habrá regreso a sus aulas? Se podría intentar transmitirles toda esta información que, aunque cierta, sólo aportaría más inquietud.

Otra manera sería usar frases simples y entendibles por todo niño: si el día está lindo, saldrás a jugar. Si no, no.

Aulas. El anhelo es empezar las clases entre febrero y marzo. (AP)

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