La calle no es lugar para vivir

Olor a puente

«Sé cuándo tomé la decisión de no dormir más en la calle. Fue cuando saqué a mi amigo, llorando y todo ensangrentado, de debajo de un puente. Lo llevé a la Avenida Rivadavia. Nos quedamos sentados y la gente caminaba por arriba de nuestros pies. No se paró nunca nadie. Lo habían violado. El tendría 13 años. Yo 12, 13. Ahí empecé a hacer cagadas. Dije: ‘a esta sociedad le chupa un huevo que me violen, me maten, me pase cualquier cosa’. Decidí no dormir una sola noche más en la calle. Cumplí. Estuve toda la vida preso

Yair Biela tiene 36 años. Estuvo 11 en prisión. Vive en la localidad de Nono, Córdoba.  Ahora cuida un terreno y se dedica a la escultura, la escritura y la música. Cree que el arte y la educación fueron la «soga» que lo rescató.

A los ocho años dejó paulatinamente la casa familiar de Almagro –“éramos pobres”– y comenzó a vivir en la calle con un grupo de niñes “salvajes”. Eran más o menos diez. Se ubicaron debajo de un puente frente al ex Cromañón. Un lugar oscuro y tan peligroso que él se ataba puntas de botellas de vidrio a las manos para dormir. «Tenía miedo de que me violaran, me raptaran, me sacaran los órganos. Pasaba: había pibes que desaparecían de un día para el otro. Nunca más los volvías a ver«, cuenta. Su infancia transcurrió repartida entre la calle, institutos de menores, comisarías, hoteles, casas de “familias adoptivas” a las que evoca con amor. Hubo incluso una pareja que quiso llevárselo a vivir a España. Se ofendió. “Dije que tenía mamá y papá.”

Pleno menemismo. Un Estado totalmente ausente. «Andábamos mangueando en el tren, buscábamos qué comer en la basura, tocábamos porteros y pedíamos algo de comer y ropa. Dormíamos en autos abandonados. Venía la Policía y nos cagaba a palos por nada, nos prendía fuego los colchones, nos echaba a la mierda«, relata Yair. Su madre y su hermano –ambos todavía en situación de calle– en un principio lo buscaban, después ya no. Algunos de sus viejos amigos continúan en la misma esquina. Una de sus hijas, que ahora tiene 18 años, vivió también en la calle. Fue adoptada. Yair sentencia: “La calle trae más calle”.

Robaba en los kioscos. Arrancaba cadenitas. Desde muy chico se drogaba “todo el día”. Paco, cocaína, pastillas, marihuana. Padeció distintas formas de abusos sexuales. De pronto despertaba en uno de los autos en que dormía y tenía al lado a un hombre masturbándose. O alguna mujer que le ofrecía en su casa un plato de comida se le desnudaba. Había otros abusos por fuera de lo sexual: “Hay gente grande que te enseña a chorear para no ir ellos, y que se hacen los que te cuidan”.

A los 12 comenzó a desfilar con mayor frecuencia por los institutos de menores. «Casi todos los años hasta mi mayoría de edad estuve encerrado. Fui un nene de la calle, pero también un nene institucionalizado hasta la médula. Me crió el Estado. Me dio de comer y estudié; aprendí a escribir y leer. La primaria la empecé en un instituto de menores y la facultad en una cárcel. No sé si me salvaron la vida o me la arruinaron«, reflexiona. Tras las rejas estudió Sociología y Psicología para entender sus “propios mambos”. En total estuvo preso 11 años por robo. A los 13 había decidido ser ladrón creyendo que eso significaba “quedar en la historia”.

Su caso encaja en el supuesto estereotipo. La situación de calle suele vincularse al consumo de drogas y el delito. Pero él aclara que conoce a muchas personas en ese dilema con “altas profesiones”. “Conozco arquitectos y muchísima gente que labura. Ultimamente vi un montón de gente durmiendo en la vereda. Gente que no tiene nada que ver con el contexto de la calle, para la que claramente un año atrás era otra su vida. Por ahí vivían en estado humilde pero organizado, con techo. La calle se comió a la clase media. Es por la política del neoliberalismo”, expresa. “Hay muchos extranjeros también, que vinieron a buscar no sé qué cosa y encontraron un país roto. Mucho senegalés viviendo en la calle, consumiendo paco, tirados, consumiendo falopa. Aun así te dicen que están mejor que en su país.”

En el penal de Marcos Paz se dedicó a pintar y fundó la productora Hacer Haciendo, a través de la cual abrió una radio y una biblioteca y organizó talleres de escritura y festivales de rock. Ahora coordina un proyecto con 60 músicos, entre los que están Claudia Puyó y Pity Fernández, el líder de Las Pastillas del Abuelo, quien lo guió en la cárcel en talleres de coaching ontológico. Marineros del Empedrado, tal el nombre del colectivo, hace canciones con poemas suyos sobre su infancia y adolescencia. “La solución es la cultura. Para otros es el deporte. Los clubes tendrían que salir a buscar a los pibes de la calle. La calle es el aquí y ahora. No hay otra cosa. El futuro es muy incierto”, define.

El después de la calle –si es que hay uno– no se experimenta sin “secuelas”. Yair tiene una “pulsión”: ante cualquier «desequilibrio emocional», algo en su interior le dicta que tiene que volver ahí. Que no está capacitado para una vida mejor. Que, tal vez, no la merece. “Muchas veces llevé el puente a mi casa. He estado cómodo, pero sentía el olor a puente.”

Ningún lugar

Estar en la calle es estar en “ningún lugar”. Ayelén, alias «La Polaca», lo sabe bien. Entre los 14 y los 18 años solía deambular por el hogar de tránsito, los centros de día y de noche, la calle. Hogar-centros de día-centros de noche-la calle… y así sucesivamente.

Su padre vivía en Misiones y nunca se hizo cargo de ella. Había sido separada de su madre por violencia y había “ido a parar” a lo de un tío. El Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes la apartó de él porque tenía causas penales. Armó un bolso con sus pertenencias, durmió en casas de amigos y amigas del colegio, y fue hasta el Consejo. Estaba cerrado. Llamó al 108 –la línea telefónica porteña de atención social inmediata–, la buscó una camioneta. Comenzaba a ser una preadolescente en situación de calle. Su primer destino fue el hogar de tránsito Avelino, cercano a Parque Chacabuco, dependiente del gobierno porteño.

Te exponés a un montón de situaciones. Más siendo niña y mujer. Lamentablemente, el Consejo te deriva a un hogar. Y las instituciones de Capital no son lo mejor que digamos. Hay cosas que funcionan mal. Si no te adaptás te terminan expulsando y llevándote a otro lugar peor”, cuenta Ayelén, quien prefiere mantener en reserva su apellido.

Pasó los primeros cuatro meses en el Avelino sin poder adaptarse. Los operadores la trataban mal. Una cocinera la  “estampó contra la pared”. Tenía problemas con sus compañeras, que querían pegarle y la amenazaban. Se fue. Quiso volver y no se lo permitieron “por rebelde”. Fue derivada al centro juvenil La Balsa y al Centro de Atención Integral a la Niñez y Adolescencia (Caina), pero en ninguno de estos lugares podía instalarse a vivir. Uno era un centro de noche; el otro, de día. Son lugares para dormir, bañarse, comer algo, y con suerte hacer algún deporte. Pero no ofrecen nada de “amor y contención”: lo que cualquier niñe necesita, o lo que necesitaba por lo menos la Ayelén de esa época.

“Es horrible. Te echan a las 8 de la mañana y te preguntás, ¿y ahora qué hago? ¿Me voy a la plaza?”, recuerda. Se iba de los centros llorando. Sentada en las plazas se quedaba mirando a les niñes agarrados de las manos de sus padres y no entendía por qué a ella le había tocado esa suerte. Hasta los 18 años boyaba por el hogar, los centros y la calle. Muchas veces dormía en plazas y estaciones de servicio.

Ya con la mayoría de edad tuvo que dejar el Avelino. Volvió a lo de su mamá. El reencuentro duró una semana. La violencia se repitió. Otro año y medio en la calle sin saber qué hacer.

Se instaló debajo de un puente en el barrio de San Cristóbal. Allí supo de la existencia del Centro de Integración Frida, manejado por la organización Proyecto 7, donde actualmente se alojan 40 mujeres cis y transgénero, algunas con hijos e hijas, en situación de calle. Iba a comer y bañarse. Quedó en lista de espera para acceder a una cama. Al poco tiempo la consiguió e intentó una “reconstrucción” de sí misma, porque la calle viene “de la mano del consumo y la depresión”. “Necesitaba repararme de lo mierda que me había hecho –desliza–. Prefiero no hablar de lo peor que me pasó.” El amor y la contención que su niña interior todavía buscaba los encontró en la organización feminista No Tan Distintes, que en ese entonces también estaba en la coordinación de Casa Frida.

El Estado con su política me dejó en la calle. Gracias a las chicas (de NTD) pude salir adelante y construir mi vida de vuelta. Si seguía con la lógica de tener que ir a un parador, bañarme allá, comer en otro lugar, no iba a poder construir nada. El cotidiano cambia cuando podés dormir en una cama. Te permite construir otras cosas. Terminar el colegio, hacer el currículum”, explica. Dentro de la organización conformada en 2011 comenzó a participar de mateadas y talleres. Hoy vuelca en ella su militancia, con el fin de que “no haya más compañeras en situación de calle”.

En 2019 con un subsidio habitacional alquiló una pieza en una residencia estudiantil. Ahora tiene 23 años y vive en el cuarto de un hotel de San Telmo. Limpia casas y cuida niñes. “Cada vez veo más gente en la calle –coincide con lo expuesto por Yair–. Se acerca el invierno y mi primer pensamiento es que se van a morir de frío. A los niños y niñas hay que cuidarlos. No hay que repetir la lógica de las instituciones. Se tienen que formar otros espacios para contenerlos y empezar a verlos con otra mirada. Necesitan más que comer y bañarse. Si repetimos eso, siempre va a haber niños en situación de calle.”

La historia de Morena

Morena vivió en la calle más de dos años junto a su papá. Su madre los había echado a ambos de la casa familiar. «Mi viejo salía a juntar cartón. Como yo no tenía trabajo, trabajaba, te digo la verdad… soy trans, en la calle. Cuando vivía con mi familia también trabajaba en la calle porque no teníamos ni un peso para comer. Yo la llamaba ‘plata fácil’ porque la hacía en un minuto, por lo menos para un plato de comida tenía. A la vez, no te gusta hacer eso porque te pasa de todo: apenas subís (a un auto) no sabés si bajás. No sabés lo que te pueden hacer», dice Morena, quien antes de estar en situación de calle fue violada por cinco policías. Hizo la denuncia.

Su padre, alcohólico, había rechazado con énfasis su identidad. Una identidad que ella ya reconocía en la niñez. En la calle, algunas veces tenían discusiones, pero se llevaban bien la mayor parte del tiempo. «Lo más feo es verse sucia, la gente que te mira de arriba a abajo, que te echa de donde estás durmiendo. Te re bajonea. Otra reconoce cómo una está y te da una mano, te lleva un plato de comida, un bolsón de ropa. Pero es muy poca.»

Tenía 27 años cuando quedó en situación de calle. De Buenos Aires Presente –programa porteño que atiende a personas y familias en condición de riesgo social– sólo recibió bandejas de comida. «Las únicas que me ayudaron fueron las compañeras de la organización en la que estoy», sostiene. Una vecina que la ayudaba cuando dormía bajo la autopista 25 de Mayo le comentó de la existencia de Casa Frida. Se fue a vivir ahí. «Ahora ya no trabajo en la calle. Y estoy en una casa colectiva de la organización No tan Distintes, en Merlo (provincia de Buenos Aires). Trabajo con ellas y me siento rebien. Hice un cambio», expresa.

De acuerdo al último Censo Popular de Personas en Situación de Calle –realizado por organizaciones sociales y otros organismos– había en abril de 2019 7251 personas en situación de calle. El 80 por ciento son varones, el 19 mujeres y el 1 travestis o trans (42 personas). «Ojalá las chicas trans pudiéramos salir de esta situación en que vivimos», concluye Morena.

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