Una mirada psicoanalítica sobre quienes eligen no cuidarse en pandemia

Para muchas de las personas que atravesaron su adolescencia en Argentina a principios de este siglo, los acordes de “No me importa morir”, la canción de El Otro Yo, seguramente deben haber sonado como cortina imaginaria cuando leyeron por estos días sobre la fiesta de “El club de los abuelos”. En plena parte II del terror de la pandemia, en Crespo, Entre Ríos, 500 personas a las que se considera dentro de la antipática categoría “de riesgo” se reunieron en un galpón cerrado, sin protocolos y con autorización del municipio, a bailar ¿hasta que la muerte los separe?

En Argentina y en todo el planeta hay quienes abrazan el espíritu negacionista frente a la evidencia científica, y ven una conspiración en las medidas estatales para hacerle frente al coronavirus. En Estados Unidos, estos sectores tienen puntos de contacto con otros que también niegan, por ejemplo, la existencia del cambio climático y la efectividad de las vacunas. Pero esa visión del mundo no representa a todas las personas que, aun sin ser libertarios rabiosos de la escuela de Javier Milei y contando con la información necesaria, optan por no cuidarse del coronavirus.

Dejando de lado a las muchedumbres jóvenes, como las que se vieron este verano en Villa Gessell y Pinamar (porque tienen mejores chances que sus mayores de atravesar sin complicaciones la enfermedad) y más allá de las responsabilidades municipales obvias, ¿qué les pasa con el vértigo adolescente a aquellxs adultxs que, sin ser necesariamente anticuarentena, no soportan vivir otro año más sin viajar a Río de Janeiro o ir a una rave sin barbijo? ¿Un Complejo de Superman? ¿Fantasías de inmunidad? ¿Un carpe diem que se sostiene sobre un presente punk: la impresión de un no future más cercano que nunca? ¿O puro terraplanismo de la salud? Sin repetir y sin juzgar: ¿qué tienen para decir las disciplinas psi sobre cómo se entona el “No me importa morir” a esta altura de la curva de contagios?

Los renegados

El psicoanálisis distingue entre la negación y la renegación. Esta última es un mecanismo que Yago Franco –presidente del Colegio de Psicoanalistas– explica en estos términos: “es aceptar y negar al mismo tiempo la existencia de algo. La persona está dividida, por un lado, sabe que hay un peligro y, por el otro, se conduce como si no existiera. Si le preguntás a cualquiera que haya estado en la fiesta de ‘El Club de los Abuelos’, si sabe que hay una pandemia, va a decir que obviamente sí”. Sabe de qué se trata, pero al mismo tiempo con su acto reniega de ese saber: “‘Es como decir: ‘sé que tengo una enfermedad pulmonar, pero aun así, fumo, no me hace nada’”. Negar a secas, por el contrario, sería sostener que la pandemia es un invento, que no existe.

Sigue Franco: “Ante todo, no puede perderse de vista en ningún momento que estamos ante un acontecimiento extraordinario, poco comparable con experiencias previas y que está generando respuestas parecidas en la población en todo el mundo. Todo esto somete a los sujetos a un trabajo psíquico enorme. Diferenciaría la violación de las medidas sanitarias debido a cuestiones psicopatológicas (que no es lo más frecuente) de condicionantes sociales que llevan a los sujetos a poner en juego mecanismos psíquicos diversos (negación, renegación)”.

El problema, dice Franco, se complejiza porque por un lado están “datos de la realidad misma, y, por otro, el apremio de lo económico, la presión de muchos medios de comunicación, y una realidad ‘oficial’ que desmiente con sus actos la gravedad de lo que ocurre, o actúa a destiempo”. Según Franco, estos datos titubeantes fomentan los mecanismos psíquicos de rechazo de la realidad y “hacen que muchas personas sientan que ya pasó la pandemia, o que es una sencilla gripe, o que nada va a pasarles, o que si les toca les toca”.

Maten al mensajero

“Ante situaciones de peligro hay distintas reacciones. Hay personas que reaccionan con angustia pero la enfrentan y otras que se enojan, sobre todo con el mensajero. En lugar de combatir los peligros de la realidad combaten al que se los comunica”, afirma Diana Litvinoff, psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Además de quienes se niegan, en parte o por completo, a aceptar la situación, hay quienes, en otro extremo, reaccionan transformando los cuidados en una suerte de religión. Dice Litvinoff: “Van generando una especie de ceremoniales religiosos alrededor del barbijo, el lavado de manos, el alcohol. Como si hubiera ahí una culpa. Y también están siempre señalando herejes y culpables. Son más papistas que el Papa y creen que si cumplen al pie de la letra y más los preceptos, alcanzarán la salvación”. ¿Por qué tienen culpa? “Depende. A veces por haber consumido demasiado. Por haber abrazado demasiado. Por haber viajado demasiado. Se genera una sensación de que son culpables en vez de víctimas de políticas planetarias de descuido ambiental, sanitario, desequilibrios económicos y sociales y muchos otros elementos que no conocemos” que están en el origen de la pandemia. Y también están quienes, según Litvinoff, “aprovechan la cuarentena para aislarse. Se protegen de relaciones con otros y de la realidad, quedándose en sus casas. Encuentran en la cuarentena una especie de justificación para las fobias o dificultades personales”.

Viaje al fin del mundo

Consultada por este tema, Alicia Stolkiner –titular de la Cátedra de Salud Mental Comunitaria de la UBA– pone su foco de interés en lxs viajerxs: “Desde el campo de la salud mental creo que cabe hacernos la pregunta de por qué se ha construido, en Argentina y en muchos otros lugares, un actor social que para soportar toda su vida cotidiana tiene que tener en el horizonte un viaje. Son personas que te dan la impresión de que terminan de planear uno y empiezan a planear el siguiente. El resto del año es un chato sobrevivir. Si no, no se explica cómo una persona hoy se toma un avión y se va a Brasil, donde sabemos que no dan abasto las morgues. Si leés los diarios, ¿cómo te vas sabiendo que en cualquier momento le van a cerrar las fronteras? Es como si para estas personas la vida de verdad sucediera sólo en esos 15 días que salen de su vida cotidiana”.

Para Néstor Carlisky –psicoanalista, psiquiatra, coordinador del Capítulo de DDHH de la Asociación Psicoanalítica Argentina–, “tanto en los viejos como en jóvenes existen diferentes grados de tolerancia de la incertidumbre. En los viejos el hecho de participar de una fiesta sin cuidados en este momento, requiere de una negación más fuerte. El joven tiene ciertas ventajas para suponer, basándose en datos objetivos, que el riesgo es menor”.

Carlisky sostiene que para mantener “cierta integridad del psiquismo” ante peligros muy grandes y una situación de incertidumbre “como la que estamos viviendo es hasta lógico que surjan estas formas de negación más violentas que en otras circunstancias de la vida”. El rol del psicoanálisis en momentos como éste, dice, es ayudar a las personas a entender los fenómenos que ocurren en el psiquismo, “poder mostrar a nuestros pacientes los elementos de omnipotencia y negación que pueden aparecer, y acompañarlos en el sufrimiento y los duelos que inevitablemente implica la pandemia”.

Cantando en la trinchera

Para Guillermo Bruschtein –psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina y psiquiatra de la Asociación de Psiquiatras Argentinos– la omnipotencia y la renegación, para las cuales no hay edad, a veces se expresan como fenómenos sociales “lo que en psicoanálisis se llama ‘mecanismo identificatorio de masas’, donde se da un proceso de identificación mutua”. Es como decir: “‘si él lo hace, yo también lo puedo hacer’ y ‘si a él no le pasa nada, no me va a pasar nada a mí tampoco’. Las personas pierden el discernimiento propio en un mecanismo de conducta masificada”. Más allá de la pandemia, para Bruschtein abundan los “ejemplos de este tipo de comportamiento en la historia. Durante la Primera Guerra Mundial en Europa había una euforia en relación a ir al frente, deseos de ir a la guerra. Decían que irían a vencer al enemigo y volver indemnes. Fue una de las guerras más cruentas de la historia y se diezmó a una generación. Esa misma generación iba cantando a la trinchera.

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