La bolsa negra como síntesis

Si no tuviera la compulsión interpretativa que se me pegó de las lecturas repetidas y casi pasionales de las Mitologías de Barthes (¿ya hice ese chiste?) no se me hubiera ocurrido agregar algo a lo que ya se escribió sobre la perfo facha del 27 de febrero .

La bolsa negra fue una síntesis violenta que parecía representar la entrega de un cuerpo NN que tenía el nombre bien visible (había también una letra chica) de Estela de Carlotto, su propio cadáver o el de las víctimas de femicidio que suelen aparecer en esas mortajas apuradas que las nombran basura. Pero al leer la letra chica se entendía un sentido manifiesto: los bultos representaban a las personas que habían muerto por coronavirus debido a que aquellas que figuraban con letra más grande en los rótulos se habrían adelantado en la fila de vacunación. La ecuación uno por uno omitía falazmente que sólo un mínimo porcentaje de los contagiadoss de coronavirus muere, que existen otros métodos para defenderse del contagio como las medidas sanitarias, los protocolos y la consigna minimalista de quédate en casa , que las vacunas no evitan el contagio aunque sí los síntomas graves y letales –Alberto se contagió y estaba vacunado– y que la vacuna es sobre todo la materialización de un lazo social como escribe el crítico cultural y ensayista Alejando Kaufman en un artículo brillante denominado 27f y sus alrededores publicado en la revista La tecla Ñ.

Kaufman explica cómo la performance a la que calificó con precisión como “tanática” impuso una causalidad inequívoca entre sobrevida y vacunación cuando en realidad el haberse adelantado en la fila no tiene relevancia epidemiológica y no se parece en nada a que durante un naufragio se le quite el salvavidas a alguien para dárselo a otra persona. Adelantarse en la fila no es una falta porque no hay fila : “No hay fila porque no somos un ejército alineado frente al virus (…) Y lo cierto es que la fila es una forma de organización proxémica propia de las pulsiones tanáticas. Se hace fila por razones disciplinarias, de orden cerrado, administrativo, autoritario.”.

El resultado favorable de una vacunación es colectivo y poblacional. La palabra a atender sería “rebaño” y no “fila” y su sentido es moderno, sociológico y epidemiológico y no el de ganado obediente bajo las restricciones de un poder totalitario, como fingieron haber entendido los libertarios sin barbijo que salieron y aún salen ya sea para militar contra la vacuna como para exigirla de acuerdo a formaciones castrenses. Kaufman: “Los rebaños son asociaciones poblacionales de las que señalaremos aquí el rasgo significativo para la presente discusión: permiten defender a sus integrantes de sus antagonistas predadores en la cadena trófica. El rebaño basa su fuerza en la vulnerabilidad de sus integrantes individuales, que reunidos, imponen la fuerza del número, ya sea que se muevan a cierta velocidad por la masa desplazada, o por la mera presencia multitudinaria que sirve de segura protección a las crías, que se mantienen protegidas por la masa. La epidemiología adoptó la noción de rebaño en forma correlativa con el pensamiento sociológico acerca de las masas. (…) De modo que ´inmunidad de rebaño´no es una expresión peyorativa, ni ´darwinista´ aun cuando algunas derechas pretendieron prescindir de medidas de aislamiento al principio de la pandemia sin saberse todavía que tal cosa no iba a ser posible”. Kaufman no deja de mencionar posibles razones de la pregnancia de la performance en las expectativas creadas por el anuncio de la llegada de millones de vacunas, luego disipadas, ni abjura de la necesidad de vacunar en primera instancia los grupos más vulnerables y critica la distribución sesgada por clases sociales en CABA. La epidemiología trata de grandes números, de miles de decenas de miles, de millones de personas y no de no una por una, demuestra.

La relación unívoca causa-efecto o como calle de mano única puede causar convicciones éticas express, loables pero falaces: Albert Gyürgyi, descubridor de la vitamina c (ácido antiescorbútico), durante un viaje a Alemania luego de la segunda guerra mundial, pudo observar un gran depósito de su descubrimiento. Al interrogar a su anfitrión (¿un alto mando militar y/o político?) éste se despachó “gracias a ella hemos podido enviar a nuestro soldados al frente ruso durante años, también gracias a ella hemos podido enviarlos en los barcoss, en los submarinos. Sin la vitamina c hubieran sufrido o muerto de escorbuto “.

La conclusión de Gyürgyi fue que él era un asesino y que pesaban sobre su conciencia las muertes de millones de personas. Salvar vidas mediante un descubrimiento científico, o más moderadamente protegerlas de determinada enfermedad, sería hacerlas aptas para morir en la guerra. Ni una palabra sobre las armas del frente ruso ni sobre quiénes ganaron la segunda guerra mundial ni de sus líderes ¡maldita vitamina C! El remordimiento de conciencia de Gyürgyi fue de todos modos menos escandaloso que ciertas declaraciones de Robert Oppenheimer en su diario: “cuando ves algo técnicamente atractivo, sigues adelante y lo haces: sólo una vez logrado el éxito técnico te pones a pensar qué hacer con ello. Es lo que ocurrió con la bomba atómica.“

El sentido común dicta que ningún progreso técnico o científico es en sí peligroso sino sus usos políticos y sociales en manos de poderes totalitarios, mafiosos, empresariales , neoliberales o todo eso junto aunque sería necesario que la reflexión sobre posibles consecuencias empiece desde los comienzo de la investigación y no ceder a la voluptuosidad de Oppenheimer por pensar sólo en los resultados de lo “técnicamente atractivo”. ABC (no darle mucha atención a la c): hay muchas causas y muchos efectos y hay azar. David Viñas, si yo me abandonaba a una lógica entre causa-efecto-derecho-viejo solía decirme: “usted se olvida que de pronto entra un enano por el costado”. David Viñas no era políticamente correcto y no dijo que entraba una persona con acondroplasia pero estaba apelando a figuras del teatro universal, o al recuerdo de Don Eusebio, bufón de Juan Manuel de Rosas.

El arte de la performance, del mismo modo en que la ingeniería genética puede salvar vidas y al mismo tiempo servir para un control totalitario, incluye tanto a Las tesis como al necroshow del 27 de febrero y la toma trash del Capitolio. En una hipótesis progresista aunque por ahora aventurada quizás podamos diferenciar las performance de la derecha en el presente por su literalidad y como instructivo fáctico de los que dio el ejemplo el 27 de febrero, de las que conocemos y pertenecen al archivo revolucionario pop:

La reproducción en redes, durante este 24 de marzo de la discusión surgida en un programa conducido por María O´Donnell en 2017, sobre el número de desaparecidos y protagonizada por Darío Loperfico que contaba ocho mil en lugar de treinta mil, de acuerdo a una balbuceante y falaz recurso a lo probado, y Martín Kohan que sostenía el valor simbólico de los 30000 fue la más eficaz intervención intelectual actual (la de Kohan) en un día evocado bajo la consigna “Memoria y Justicia”. Kohan fue un performer brillante y hábil en atravesar el tiempo televisivo a toda velocidad (no dejó que nadie le sacara la pelota) y con una vehemencia contagiosas, sabedora de que la intervención parcial del periodista o el corte suelen ser recursos técnicos tan al servicio del rating como del mensaje ideológico, actuó de manera tal que, de haber sido interrumpido, ese hecho hubiera quedado como una prueba más a favor de su pedagogía justiciera que encadenaba razonamiento irrefutables. Que el género performance tenga una tradición contracultural y antifascista no lo exime de ser expropiado pero su expresividad política se ha instalado para siempre en la movilizaciones y pintadas de los activistas antifacho que integran los movimientos populares, los feminismos y disidencias insurgentes opuestos a las militancias tristes. ¡Con el Parakultural, no!  

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