Patricia Bullrich en orsai

Explotó la pandemia en las provincias sin que haya bajado en el AMBA, con lo que se llegó a los 40 mil contagios por día. Y el gobierno de CABA anunció que en ese contexto de tragedia sanitaria reiniciará las clases presenciales. Al mismo tiempo ya llegaron millones de vacunas y se anunció la llegada de varios millones más. Para distraer la atención de estos desembarcos esperanzadores, la presidenta del PRO, Patricia Bullrich denunció al gobierno por un supuesto pedido de coimas a Pfizer, pero fue rotundamente desmentida por el laboratorio. En otra escala, arrinconado por la economía China, Estados Unidos, difundió sus “sospechas” de que el virus se originó en laboratorios de ese país. La pandemia como recurso desesperado de la política

La enfermedad pasó a ser el centro de la política. Es un síntoma de su gravedad, pero también de la escasez de otros argumentos. El gobierno de la ciudad de Buenos Aires, convirtió a la presencia física de los alumnos en sus clases en el núcleo de su argumentación opositora. Presenta esa modalidad escolar como un acto casi heroico para demostrar que, a diferencia del gobierno nacional, el macrismo valora a la educación.

“Es un caso de vida o muerte” dijo Horacio Rodríguez Larreta. Pero el dato sobresaliente de su gestión ha sido su permanente pelea con los docentes a los que sus funcionarios han denigrado más de una vez. Es también referente de una fuerza que cuando fue gobierno bajó entre 25 y 30 por ciento el presupuesto educativo y no construyó escuelas ni mejoró las condiciones generales de enseñanza.

Si respalda los esfuerzos ostensibles del gobierno nacional para aumentar las camas de terapia, asistir económicamente a los perjudicados por la crisis, y por encontrar vacunas en un mercado mundial muy disputado, se desdibuja su perfil político opositor. Obligado por esta circunstancia y por las internas en Juntos por el Cambio, Larreta eligió a las clases presenciales como bandera de guerra de su gobierno. Hubiera quedado como un campeón si los contagios bajaban.

Pero los contagios subieron porque el discurso que sostiene su posición no tiene bases científicas, aunque diga que los pibes y pibas no contagian, porque está comprobado que sí lo hacen. Al principio de la pandemia se dijeron muchas cosas que después se desmintieron. Mantenerlas a esta altura aparece nada más que como recurso retórico pero es anacrónico del punto de vista sanitario.

Si quedaba alguna duda, desde que decidió iniciar las clases presenciales murieron 15 docentes y auxiliares y tuvo que aceptar la decisión del gobierno nacional de suspender las clases porque aumentaron los contagios.

Si suspendió las clases porque había tres mil contagios por día en la CABA, es ridículo que ahora movilice a cerca de 800 mil personas en la ciudad involucrados en la presencialidad escolar, cuando se mantiene la misma cifra de infecciones. No se explica por qué antes no y ahora sí, si los parámetros sanitarios no cambiaron y siguen en niveles que están entre los más altos del mundo. Es tan forzada la decisión, que de la política se pasa al ridículo.

La suspensión de las clases en esta semana expuso la falta de estructura en la CABA para reemplazar las clases presenciales por clases virtuales, como sucede en otros distritos. La decisión de suspender el refrigerio en las escuelas mostró mala disposición del gobierno de Larreta con las escuelas públicas. Porque en todo el año pasado, esos alimentos fueron distribuidos pese a que no se daban clases. Y las colas que se formaban en la puerta de las escuelas formaron parte del paisaje de la ciudad.

La pandemia ha monopolizado a la política. La publicación académica British Medical Journal denunció que el mal manejo de la pandemia en Brasil por parte del presidente derechista Jair Bolsonaro es responsable del colapso sanitario en la región. La desaprensión de Bolsonaro permitió la propagación descontrolada del virus y el surgimiento de la cepa de Manaos, mucho más contagiosa y letal, que se transmitió rápidamente a los países vecinos. Desde marzo pasado los países del Cono Sur cayeron en una espiral fulminante de contagios. Bolsonaro afronta un pedido de juicio político por genocidio.

La disputa para conseguir vacunas ha convertido al escenario mundial en un cuadrilátero de lucha libre. La ministra de Salud, Carla Vizzotti y la asesora presidencial Cecilia Nicolini viajan de Argentina a México y de México a Cuba en un esfuerzo por conseguir nuevas provisiones del medicamento mientras se firman nuevos acuerdos con Sinopharm y Gamaleya. Algunas de las remesas prometidas se retrasan y se consiguen nuevos acuerdos. Las alternativas caprichosas de la pandemia afectan el mercado concentrado y lo hacen inestable, con contratos que se firman y que no se cumplen o se retrasan y negociaciones en permanente movimiento.

En esa situación tan compleja –y grave por las vidas que están en juego– voceros de la oposición macrista describieron ese esfuerzo con la frase: “Argentina salió a mendigar” vacunas por el mundo porque se negó a cerrar el acuerdo con Pfizer.

La presidenta del PRO, Patricia Bullrich denunció sin pruebas que las negociaciones con Pfizer para adquirir 13 millones de vacunas habían fracasado porque los funcionarios argentinos habían pedido una coima y la asociación con una empresa local.

Pero el laboratorio sacó inmediatamente una desmentida. El gobierno aclaró que el acuerdo no se había cerrado porque la empresa no aceptaba dos puntos: la posible responsabilidad por negligencia y porque el gobierno rechazaba poner sus activos soberanos como garantía. La mentira de Bullrich quedó tan expuesta que el gobierno y en especial el ex ministro de Salud, Ginés González García –el más afectado por esa denuncia– la denunciaron en la justicia.

La desesperación por no volver a la Argentina por parte del principal operador judicial del macrismo, Fabián Rodríguez Simón (alias Pepín) quien solicitó asilo en Uruguay, junto con esta desmentida flagrante de Pfizer a Bullrich, pusieron muy a la vista los mecanismos preferidos de Juntos por el Cambio para hacer política: las falsas denuncias y la manipulación de jueces y fiscales en la que Pepín Rodríguez tuvo una participación central.

La denuncia de Bullrich tenía el propósito de desviar la atención de la llegada masiva de vacunas y enfocarla en un escándalo de corrupción. Lo han hecho en otras circunstancias con la colaboración de la prensa hegemónica que esta vez reculó ante Pfizer, uno de cuyos accionistas es BlackRock, el fondo de inversión más grande del planeta.

En el escenario internacional, Washington eligió el tema del origen de la pandemia para acusar a China. Como cada vez se le hace más difícil contener la irrupción de China en los mercados, reflotó a través de la prensa una versión que ya había sido descartada por la Organización Mundial de la Salud. La teoría es similar a la falsa acusación de fabricar armas químicas con la que Estados Unidos justificó la invasión a Irak. Joe Biden pidió una nueva investigación para saber si el virus se liberó en forma accidental desde un laboratorio secreto de armas químicas de los chinos en Wuhan en 2019.

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