El “New Deal” argentino es recuperar la moneda

“Juan Domingo Biden” es, textual, un bautismo de Alberto Fernández. ¿A qué puede hacer referencia semejante apodo si no al reciente paquete de estímulo económico de seis billones de dólares que, al paladar argentino sediento de un Estado Superman, le puede evocar los tiempos del primer Perón y de su programa de intervención estatal enmarcado dentro de los planes quinquenales?

Vale aclarar: el presidente argentino no hace más que aludir a una partitura de época. No es necesario ningún manual sofisticado para comprender que, ante una depresión originada por una pandemia sin precedentes en el último siglo, al Estado le cabe un rol central en la amortiguación del tremendo golpe sobre el aparato productivo y el tejido social.

Es lo que hacen Estados Unidos, España, Reino Unido, Francia, Alemania y, en el extremo, Japón, al promover programas de expansión fiscal que inclusive sobrepasan el 50% del producto interno bruto.

La lógica detrás del diseño de tales planes es la que comprende cualquier buen parrillero argentino. Si el fuego decae, urge la estimulación por la vía de algún fuelle o combustible. Si la brasa desborda, es momento de apaciguarla mediante su dispersión.

Escuela de la vida

En cierta forma, esta es la escuela de la vida de cualquier sofisticado presidente de Banco Central, que alterna entre la necesidad de encender la economía por vía de la reducción de la tasa de interés o la emisión de dinero y, por el contrario, el apremio de enfriarla mediante el aumento del costo del financiamiento y, ergo, la contracción monetaria.

Es decir, si tal funcionario no lograra cebarla, la patria lo demandaría por el colapso social y productivo. Pero si no consiguiera apaciguarla, la gente y las empresas lo escracharían por la evaporación de los papelitos repletos de próceres, pero flojos de valor.

En el primer plano, no hay mejor ejemplo que el derrumbe de la convertibilidad a fines de la década de 1990. En el momento que era necesario aliviar el corsé monetario, quizá con una nueva regla que no fuese un peso un dólar, sino un peso medio dólar, la salida se hizo por las malas.

Por un lado, la implosión social y productiva. Por otra parte, la flexibilización caótica del sistema mediante la emisión de moneda en cabeza de varios actores subnacionales, como la provincia de Buenos Aires.

En segundo término, así como los locos años 1990 explotaron por la falta de plasticidad del sistema monetario, la experiencia kirchnerista siguiente no tuvo la pericia política para administrar la necesidad inversa, es decir, suavizar el fuerte ciclo de exuberancia económica posterior a la salida de la convertibilidad, convergente con un gran boom de los precios internacionales de las commodities, fueran la soja, el petróleo o los minerales.

En tal sentido, el balance final de ambos gobiernos peronistas, aun de orientación ideológica tan divergente, tuvo un hilo conductor: la destrucción del peso argentino como reserva de valor. Para peor, la reciente experiencia de la administración de Mauricio Macri, que según palabras del propio expresidente del Banco Central Federico Sturzenegger “representaba un objeto político diferente”, más que Cambiemos fue Continuemos en el terreno de la aniquilación de nuestra moneda.

Una inflación de 40% promedio para los cuatro años de su gestión. ¡Menos mal que fue con metas para 2018 de 10% (+/- 2)! A lo largo de la última década, ello nos dejó en una galería del terror integrada por países, en su mayoría africanos, con una inflación anual de dos dígitos, donde emerge a la distancia Turquía, el único partenaire del G20 donde persiste esta calamidad que el mundo desarrollado sufre casi con exclusividad en tiempos de guerra.

Tan parecidos, pero a la vez diferentes

Si hablamos de una de las funciones primordiales de la moneda –ser unidad de medida–, uno de nuestros grandes dramas es la ausencia de parámetros válidos de comparación en la arena pública.

En ese plano, desfilan como espejitos de colores las alusiones a Estados Unidos, Chile, Alemania, Australia o Brasil, inclusive Suecia al comienzo de la pandemia, sin un marco de interpretación que evidencie que nuestra máxima dirigencia política tiene una visión clara acerca del rumbo del país.

“No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”, decía Arthur Schopenhauer. Nuestra principal piedra mental en el zapato. En realidad, Argentina comparte un importante rasgo económico tanto con Estados Unidos como con Brasil.

Los tres son países cuyo PIB está en un 70% explicado por su respectivo mercado interno, ocupando el comercio exterior un rol en apariencia secundario. En particular, para Argentina.

En primer término, la todavía primera potencia mundial tiene la capacidad de imponer el dólar como principal moneda de cambio y reserva internacional. La presión la ejerce por triple vía.

Por un lado, mediante su condición de gendarme mundial, explicitada en una red de bases e instalaciones militares en los lugares más calientes del mundo, como Medio Oriente o la región Asia Pacífico.

Por otra parte, a través de la arquitectura financiera internacional de posguerra, hoy desafiada por China, edificada sobre instituciones de crédito y, ¿por qué no?, también de apriete, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Por último, hay una tercera área de disputa tecnológica caliente, que llevará al resto de los países a optar entre la arquitectura financiera liderada por Estados Unidos o  por China. Si bien todavía incipiente, el sistema de transferencia de fondos Fedwire operado por la Reserva Federal será desafiado por el Yuanwire chino.

No obstante, esa gran fortaleza del dólar, sustentada sobre el poder de fuego norteamericano, no se apoya sólo arriba de sus misiles, portaviones e innovaciones tecnológicas, sino también encima de un colosal mercado interno que, en el extremo, le permite sostener un aislamiento internacional sin mayor daño económico.

En particular, esa condición –que en cierta medida comparte con nuestro vecino Brasil– implica que en un contexto de autarquía, la fuerte competencia interna que abarca a casi todos sus sectores productivos modera el comportamiento de sus grupos económicos habituados a la gimnasia de una dura competencia por los mercados locales.

El principal desafío

Por ello, es crucial que nuestra dirigencia comprenda que cuando alude al “mercado interno como motor de la economía” (Sergio Massa textual, en tándem con Cristina Kirchner), refiere a un mercado con enormes cuellos de botellas, monopolios y oligopolios en muchas áreas.

En definitiva, este es el principal desafío a resolver por la política argentina. Ser un país cerrado sin la posibilidad de descuidar su mercado interno, pero con la imperiosa necesidad de mirar al mundo para tener una moneda propia que hoy carece de valor tanto para invertir como para consumir.

Es decir, teniendo un perfil comercial similar al de Estados Unidos o Brasil, nos vemos con la exigencia de adoptar rasgos de la cultura agresiva exportadora de Alemania o los Países Bajos, aunque con los condicionantes que tienen algunos países periféricos abiertos al mundo, como Australia o Chile.

En especial, una disciplina fiscal que impide que el Estado se convierta en una carga insoportable para sus sectores más dinámicos integrados al mundo. A esta altura del siglo 21, y con la enorme evidencia de fracasos a nuestras espaldas, resulta imperioso comprender que nuestro único New Deal válido es recuperar la moneda.

* Analista político

El autor lanzó recientemente el libro Estados Unidos versus China, Argentina en la nueva guerra fría tecnológica.  @DanielMontoya_Read MoreLa Voz

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