Menos clase media: casi 70 mil cordobeses bajaron en la pirámide social en 2020

Las ventas en los más de 100 mil comercios minoristas de la provincia cayeron en promedio durante todo el 2020 respecto de 2019 y, aunque entre marzo y mayo últimos crecieron en comparación a los meses de estricta cuarentena, aún continúan por debajo de los niveles de 2019 (un año de por sí malo). Así lo muestran mes a mes los relevamientos de la Federación Comercial de Córdoba.

En sintonía, los supermercados cordobeses acumulan 12 meses consecutivos de ventas por debajo de los niveles de 2019: en abril fueron 25 por ciento inferiores a las de 2020 y 2019.

Los shoppings y centros comerciales del Gran Córdoba, que ahora deben volver a cerrar sus puertas debido a las restricciones dispuestas para amainar la avalancha de casos de Covid-19, lejos estuvieron de recuperar actividad plena luego del shock de 2020. Los datos oficiales muestran que en su mejor mes (diciembre) facturaron, en términos reales, 10 por ciento menos que en 2019 y en enero último cayeron a 16,7 por ciento.

La crisis que atraviesa el consumo masivo puede leerse como un emergente de otro fenómeno más profundo y preocupante: el fuerte deterioro en los ingresos de las familias cordobesas que causó y aún no deja de generar la pandemia, una tormenta que llegó cuando la inflación llevaba dos años ganándole a los salarios y diezmando el bolsillo.

Un trabajo realizado por el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa) sobre datos del Indec (Encuesta Permanente de Hogares, EPH) a pedido de La Voz permite visualizar cómo el deterioro general de ingresos y el retroceso y precarización del empleo impactaron en la “pirámide social” que forman los más de 1,5 millones de habitantes de Córdoba capital y alrededores (Gran Córdoba).

Piramide social en el Gran Córdoba

El dato preocupante es el descenso social generalizado: entre finales de 2019 y de 2020, la clase alta y en especial la llamada “clase media” se achicaron en cantidad y en proporción dentro de la pirámide; bajando a la zona que sí creció, la de sectores pobres o con riesgo de pobreza.

El trabajo de Idesa demarcó las “clases” exclusivamente en función a los ingresos que las familias dicen percibir, tomando el método que utiliza la Ciudad de Buenos Aires. Así, en la clase baja revisten personas en hogares que no llegan a cubrir la Canasta Básica Total (CBT), valuada en 51.600 pesos para esta región a fines de 2020.

Sobre ella sigue la “clase media baja”, que percibe hasta un 25 por ciento más de ingresos (CBT de 64.500 pesos); encima la “clase media pura”, personas en hogares con ingresos desde ese nivel hasta cuatro CBT (258.000 pesos mensuales), y sobre ese grupo el vértice: quienes ganan eso o más por mes. Las canastas se toman para un hogar tipo (padres y dos hijos menores) o un proporcional en casos de familias menos o más numerosas.

El ejercicio tiene límites -por caso, no atiende otros factores económicos y culturales que tallan en la definición de clase, como propiedades, capital social, niveles de formación, etc.- pero resulta válido para trazar un croquis social más que aproximado, sobre todo en lo que hace a tendencias.

Revela, por ejemplo, que el grupo de familias de mayores ingresos pasó del cinco por ciento de la población del Gran Córdoba al cuatro (considerando hogares, mermó del ocho al siete por ciento); mientras que el sector medio “puro” pasó de equivaler el 46 por ciento de la población al 42 por ciento, un retroceso de casi el nueve por ciento.

Los datos numéricos muestran que en un año unas 52.600 personas salieron de ese grupo –integrado por más de 657 mil personas. Dejaron de ser de “clase media” desde un punto de vista económico.

A la vez, los sectores que le siguen – a donde se presupone descendieron en “efecto cascada” quienes perdieron ingresos- crecieron en peso y en número. La demarcada “clase media baja” pasó de equivaler el 12 a el 11 por ciento de la población y sumó 22.500 personas (son más de 186.000 en total).

En la base o fondo de la pirámide, los sectores en situación de pobreza pasaron de representar el 39 por ciento de la población al 42 por ciento: casi 660.000 individuos, 46 mil más que al cierre de 2019.

En definitiva, un universo de casi 69.000 cordobeses padeció el “descenso social” en materia de ingresos.

64.500 para ser de clase media

“En 2019, para ser de ‘clase media’ se necesitaban al menos 61.515 pesos, mientras que en 2020 se pasaron a necesitar 64.500”, señala Patricio Canalis, economista de Idesa y autor del informe.

Por debajo de ese nivel de ingresos, que de por si es “austero” si se lo pone en relación con las expectativas de gasto y la idea de bienestar tradicional asociada a la clase media, quedó, a fines de 2020 cuatro de cada 10 hogares en el Gran Córdoba y más de la mitad de sus habitantes (52 por ciento).

El deterioro social es correlato de los cambios en el mercado de trabajo. En materia de ingresos, los trabajadores perdieron casi el siete por ciento en términos reales de su salario en pandemia, aunque ese promedio esconde amplias diferencias según el tipo de empleo. En general, el formal en el sector público y privado resistió más y si bien sufrió erosiones varias (inflación, reducciones del 25 por ciento por suspensiones en algunos rubros privados) el daño fue muy inferior al empleo en modalidades más vulnerables.

Trabajadores informales e independientes resultaron mucho más castigados: perdieron ingresos y en muchos casos su ocupación por completo. Los primeros fueron blanco de despidos (frenados en el empleo formal por ley) y, buscando generar recursos de alguna manera, pasaron a engrosar el segundo colectivo, el de los independientes. Así, en este universo muy diverso que reúne a profesionales independientes, propietarios que se autoemplean y cuentapropistas de toda índole, ganó terreno el grupo más vulnerable.

Laura Caullo, economista del Ieral de Fundación Mediterránea, los caracteriza como “cuentapropistas de subsistencia”, gente que realiza changas o logra ensayar alguna actividad temporal (venta de alimentos, por ejemplo) que le permite conseguir ingresos, pero de manera inestable.

Caullo proyectó datos oficiales a nivel provincial y calculó que ese perfil de cuentapropista aumentó un 20 por ciento en Córdoba entre fines de 2019 y de 2020: pasaron de 309.000 a 370.500.

Todo ese comportamiento del mercado laboral se solapa con el aumento en el número de hogares pobres y también con el crecimiento de la llamada “clase media inferior”, el nicho del 12 por ciento altamente vulnerable a caer debajo de la línea y más aún en un contexto inflacionario y de incertidumbre laboral como el actual.

“La pérdida promedio del poder adquisitivo de los hogares estuvo en torno al seis por ciento el año pasado. Los datos muestran que todos los sectores sociales perdieron pero, obviamente, si alguien cercano a la línea de la pobreza resigna el seis por ciento de sus ingresos probablemente pase a ser pobre – como ocurrió – y alguien de mayor ingreso, no”, señala Canalis. A futuro, advierte, dada la evolución que están teniendo los precios es probable que la clase media se siga achicando y más hogares pasen a ser pobres.

El consumo en versión “subsistencia”: 6 de cada 10 personas compran alimentos con ayuda estatal

Los relevamientos estadísticos que cada mes realiza el centro de Almaceneros de Córdoba con encuestas elaboradas sobre un mapa de dos mil comercios (almacenes, autoservicios, súper e híper) también acusan el deterioro social. En el de abril, más de ocho de cada 10 personas aseguraron que sus ingresos disminuyeron desde la pandemia, y el 57 por ciento de las familias reveló que destina la mitad o más de todo su dinero sólo a la compra de alimentos

Con ese panorama, no extraña que casi la mitad de los consultados haya asegurado no llegar a cubrir todos sus gastos corrientes y de contingencia en ese mes. Y busque patear el rojo “tarjeteando”: 44 por ciento de las personas acusó un atraso mayor a 30 días en el pago de esa obligación.

“Notamos que cambió mucho uso de la tarjeta de crédito. Antes era para reposición de calzado y algún electrodoméstico, y hoy se ve compra de alimentos en cuotas. Además, creció la mora”, apuntó Vanesa Ruiz, presidenta del Centro de Almaceneros.

A partir de la lectura inteligente de esta realidad, y buscando apuntalar las ventas de sus asociados, la entidad acaba de lanzar un producto muy gráfico del deterioro del bolsillo: un módulo económico social de 16 productos básicos (aceite, fideos, arroz, yerba, harina, etc.) a 995 pesos.

“Trabajamos mucho la negociación con los proveedores y el precio. Logramos un monto de gasto que las familias pueden decidir afrontar, buscamos que resulte atractivo sobre todo para la gran cantidad de personas que consumen con ayuda de planes sociales estatales”, explicó Ruiz.

El relevamiento estadístico de abril indicó que seis de cada 10 personas compran con ayuda estatal: la enorme mayoría con planes nacionales (AUH, Alimentar) y otra cuota menor con auxilio provincial. Desde el Centro apuntan que el padrón actualizado de Tarjeta Alimentar, que entrega hasta 12.000 pesos, incluye a 180.000 beneficiarios; y la Tarjeta Social de Córdoba otros 54.000.

Insuflar esperanza, urgente

Desde el mundo de las marcas y el “retail”, Oscar Piccardo, consultor experto en consumo y titular de 1por1 Marketing Integrado, analiza el vínculo entre deterioro social y consumo. Su mirada es interesante porque integra la dimensión material a la cultural y anímica que involucra la compra.

“Creo que el consumidor está percibiendo muy fuertemente un desacople, un cambio de escala. Venía costumbrado a lidiar con la inflación porque no es nueva; pero también percibió que sus ingresos en mayor o menor medida la iban acompañando. De esa manera se hacía a la idea de gastar más para hacerse de el mismo bien”, analiza Piccardo mirando hacia los sectores medios.

“Sin embargo, ahora no es sólo la inflación, sino un golpe muy abrupto de pérdida de poder adquisitivo que la gente siente en cada decisión de compra. Ese cambio de escala la está asustando, cada vez más. Y el miedo paraliza decisiones de compra”, agrega. A eso se suma el combo de incertidumbre asociado a la pandemia y el empleo que minan expectativas.

La combinación de pérdida de ingresos, suba generalizada y desorden de precios genera distorsiones como que un par de zapatillas de tope de gama de marcas como Nike o Adidas cueste lo mismo que un alquiler (22.000 pesos). O que el ingreso familiar de 64.500 pesos mínimo calculado para ser “clase media” en el criterio estadístico equivalga completo a sólo tres pares de esas zapatillas

“Otro aspecto importante son las expectativas, ¿cuándo vamos a estar mejor? ¿Dónde aparece la luz al final del túnel? Nadie en la clase dirigente está hablando de eso y es muy importante hacerlo. Necesitamos un mensaje de esperanza, que alguien diga cómo y cuándo nuestro país estará mejor. Con desesperanza el consumo se reduce a niveles de subsistencia”, insta al optimismo Piccardo.

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