Una nueva vida a los 105 años

Uno de estos días un sociólogo va a escribirlo, académicamente, y ahí va a quedar como un nuevo corte generacional: hay porteños que se acuerdan del Molino cuando era una gloria, y hay porteños que sólo lo vieron casi en ruinas, tapado de mugre, descascado y cerrado. Por eso la recuperación de esta maravilla creada por el arquitecto Francesco Gianotti para el empresario Gaetano Brenna es un puente y una devolución. Es que la Confitería del Molino fue inaugurada el 9 de julio de 1916 para asombrar a todos y para festejar el centenario de un país que recibía a tantos, como los dos italianos que la crearon.

Que esta confitería, después de tantos años cerrada y abandonada, sigue siendo famosa se debe a dos cosas. Una es la formidable arquitectura, literalmente única en la ciudad. Gianotti no la diseñó «al estilo de» o «inspirándose en», sino con la misma fantasía Liberty, bien tana, con la que ya nos había dado la Galería Guemes. Ya es leyenda la cara que ponen los especialistas extranjeros cuando ven el edificio por primera vez, la misma que ponen cuando ven los demás Gianottis porteños. es una mezcla de asombro y de alegría por encontrar algo así, aquí o en cualquier parte.

El segundo factor es la vida del Molino, la infinitas fiestas, las generaciones sucesivas comprando pan dulce, las comidas de fin de año, los bailes de quince. Los arquitectos a cargo de la restauración recibieron cientos de fotos de estos eventos, que al fondo mostraban colores, decoraciones y elementos desaparecidos, que así se pudieron reponer. También recibieron donaciones de latas, tazas y hasta una servilleta de papel perfectamente conservada, que un señor acercó el mismo jueves a la mañana.

Esta carga social, este amor, salvó el edificio de la indiferencia cruel de los privados. El Senado le dio media sanción a la compra y el entonces presidente de la Cámara de Diputados Julián Domínguez se puso el proyecto al hombro, lo empujó por las comisiones y lo sancionó con un voto unánime. Domínguez ya había restaurado el notable ministerio de Agricultura en la avenida Paseo Colón cuando lo tenía a cargo, y ya estaba restaurando el mismo palacio legislativo. 

Así, había una carta en la manga, un equipo enorme de restauradores ya entranados recuperando el Congreso, que se encargó del Molino. El proyecto tuvo una notable continuidad -va por su tercer presidente- y la patriada se empieza a notar. Quien pase por la calle verá un edificio limpio, con esos toques de color en los mosaicos que bordean las aperturas y cubren las sábanas de los balcones, esos de vidrios reflectivos. Verá las máscaras largamente tapadas por el hollín y, si levanta la vista, verá el borde de pesadas mayólicas doradas que encinta el remate. Allá arriba se ve el molino girando y la torre iluminada desde adentro, mostrando sus vitrales impecablemente restaurados y de colores vibrantes.

La actual etapa del trabajo que dirige el arquitecto Guillermo García mostró la marquesina de entrada a la confitería sobre la ochava con sus vitrales deslumbrando. Este elemento no lo recordaba ni el más ducho, de tantos años que llevaba tapado de mugre y de chapas para protegerlo, una tristeza de óxidos y hojitas. Al entrar, resulta que la sección de la esquina está casi lista, con su impresionante araña central lista, brillando, y los cielorrasos pintados en la paleta original. 

Pero la gloria está en la terraza en la que, al fin, se puede subir en ascensor. Ese nivel era casi un basural, con el cadáver de la torre vandalizada y rota. Hoy es un lugar envidiable, impecable, con las cresterías de zinc erguidas en los bordes, los leones alados custodiando la torre y el pavimento a nuevo. Entrar a la torre es una emoción: ahora es un lugar blanquísimo, casi abstracto, calado de luz, de curvas tan perfectamente calculadas que uno piensa que nacieron así, como un caracol. Enfrente, a la par, se ve la cúpula del Congreso como no se la puede ver desde ningún otro lugar.

Para recibir a los visitantes se preparó una exhibición de objetos del Molino, desde moldes encontrados en las cocinas hasta latas y envases con el logo y el nombre. La carga anímica y social es tal que Mónica Capano hablaba con los periodistas explicando el rol de la confitería en nuestro imaginario político, social y sentimental, parte de su investigación para el futuro museo del sitio. Alguno, ya de canas, recordaba su postre favorito, que terminaba en unas bombas de sambayón de difícil pronóstico. Otros hablaban del Molino como anexo del Congreso, lugar donde se podía hablar con los políticos tomando un cafecito y donde el teléfono público funcionaba por la cantidad de legisladores por metro cuadrado, que la vieja Entel conocía y cuidaba.

Y afuera paraban cientos de personas preguntando si podían entrar, si ya la estaban abriendo, si podían verla. Esto no ocurre con otros edificios patrimoniales, apreciados por muchos pero incapaces de generar una cola para entrar y verlos. Que la Confitería del Molino esté volviendo, que ya se pueda apreciar su gloria de obra maestra, es algo que trasciende por mucho a especialistas, aficionados, arquitectos.

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