Clases virtuales: las madres que volvieron a estudiar para ayudar a hijos e hijas en la tarea escolar

La educación escolar quedó en pausa durante 15 días. Tras el receso de julio, docentes y estudiantes volverán a encontrarse en las aulas luego de un periodo extenso de virtualidad. Durante todo un año de pandemia, la educación mediada por la tecnología fue la salida para evitar picos de contagio de coronavirus.

El hecho de tener clases sin docentes al lado significó en muchos hogares un gran desafío. Uno de los mayores inconvenientes, además del acceso inequitativo a las tecnologías y a internet, fue la capacidad de los padres de acompañar a sus hijos.

En el caso de las madres, que según coincidieron las fuentes consultadas fueron las que en su mayoría se hicieron cargo de las tareas, un grupo significativo retomó estudios e incrementó sus esfuerzos para atender esa necesidad.

Una historia, entre tantas, corresponde a Graciela, de 53 años. Ella le contó a La Voz que durante su infancia siempre quiso estudiar, aunque nunca pudo hacerlo. “Era judicializada por no tener familia y los jueces no me permitían estudiar lo que yo quería. Cuando tuve hijos, por obvias razones debí postergar ese anhelo. Sin embargo, nunca tuve inconvenientes para ayudarles con sus estudios, ya que me encanta la lectura y pude aprender muchísimo, sin ir al colegio”, relató.

El año pasado, su hijo de 9 años debía realizar operaciones de divisiones por dos cifras. Graciela no sabía cómo resolverlo. “Me dirigí al colegio y le pedí a la directora si me podía enseñar. La mujer lo tomó con agrado y me explicó cómo debía hacer las divisiones”, recordó.

Graciela hasta ingresó a estudiar en un Cenma para adultos para fortalecer sus conocimientos y poder recibirse.

Celeste tiene una hija de 13 años. También se anotó en la escuela para adultos para terminar su secundario, porque era una meta pendiente. Pero reconoció que sin ese entorno no hubiera podido ayudar a su hija.

“Al no tener terminado el colegio hay muchas cosas que no entiendo. Y no hay forma de poder ayudar o enseñar algo que no sé. En la escuela de mi hija es muy notoria la falta de atención de los maestros; no están presentes como en otros colegios”, lamentó.

La joven madre señaló que tuvo que ayudar en muchas materias, con uno o dos trabajos por semana. “Los maestros envían el archivo y cada uno se tiene que arreglar como pueda. No hay vídeos explicativos sobre cómo hacer la tarea, tampoco te dan alguna página de internet para entrar y despejar dudas. A muchas mamás les pasa lo mismo: no terminaron el secundario y no tienen idea sobre cómo afrontar esto”, expuso.

También intentó mandar mensajes a los grupos de WhatsApp. Hubo veces que le ayudaron otras madres. Pero no siempre.

Débora tiene dos hijos en primaria, en primer y cuarto grado. “Como a muchos padres, me tocó aprender a descargar PDF, que antes ni siquiera conocía la palabra. Tuve que organizar los días. Hemos tenido momentos difíciles”, recordó de tantos meses de virtualidad.

Ella sintió que, de alguna manera, la educación de sus hijos estaba en sus manos. Y en más de una oportunidad tuvo complicaciones, no sólo con los contenidos sino con el medio.

“Dos veces nos cortaron el wifi por falta de pago. Así que tuvimos que andar juntando las monedas para no estar más de tres días sin conexión. Si no los chicos no podían aprovechar la explicación de las docentes”, comentó.

Sobre las tareas, Débora rememoró que a la hora de acompañar a sus hijos trataba de atender a las respuestas que daban, por ejemplo tras una lectura. “Intentaba entender si estaban bien fundadas. En matemática, uno de ellos sacaba las cuentas mentalmente y yo trataba de resolver a su lado, para ayudarlo a corregir”, dijo.

Estudiar para enseñar

Susana tiene 50 años y está a cargo de sus tres nietos. Para mantener a la familia, es empleada doméstica. Vive en su casa junto a una de sus hijas, también en edad escolar, y a sus nietos.

“Antes de la pandemia no sabía leer ni escribir. O mejor dicho, sabía pero no como para enseñar a alguien. Y uno de mis nietos está en tercer grado, aprendiendo a escribir las primeras palabras”, explicó.

Maico, el nieto, no podía asistir a las clases virtuales porque en la casa había un sólo celular que no soportaba videollamadas. En el hogar, tampoco cuentan con conexión a internet. Así que recibieron tareas a través de WhatsApp, aprovechando que la compañía telefónica les daba “acceso gratis” a esa comunicación.

“Me acerqué al Cenma para aprender. Sola no iba a poder. Ahora estoy entusiasmada y esos conocimientos que tenía, que eran pocos, en la actualidad los puedo dominar”, se alegró.

En el colegio, contó, la acompañaron a través de WhatsApp para que pudiera aprender de manera rápida a acompañar a sus nietos. Por ejemplo, recordó que una de las primeras cosas que le explicaron fue a tener confianza y a respaldar al niño que estuviera haciendo la tarea.

También le dijeron que siempre, antes de concentrarse en un ejercicio, repase los contenidos que había dado la docente. “Siento que se me hizo más fácil, pero fue demasiado para mí”, concluyó.

Escuela para adultos

Daniel Sánchez es director del Cenma 111 de barrio Acosta, en Córdoba capital. La mayoría de la población que asiste a la escuela son mujeres. Según Sánchez, son quienes en la práctica se hacen cargo del “trabajo doméstico no remunerado” y de la actividad escolar con los niños.

“Tenemos situaciones variadas. Lo que aprenden en el colegio les ayuda para enseñar a sus niños. Pero en este contexto la escuela para jóvenes y adultos no es la prioridad. En muchos hogares donde hay un solo teléfono para compartir entre seis personas, primero se hacen las tareas de los chicos”, reconoció el directivo.

El acceso a la tecnología, para Sánchez, fue uno de los problemas más difíciles de zanjar. “En la virtualidad, sin embargo, trabajamos para apuntalar ese vínculo entre docentes y estudiantes adultos. Pero hubo mucha gente que no tenía dispositivos y por eso hacemos visitas domiciliarias”, explicó.

En esas visitas encuentran realidades muy complejas. Muchas mujeres tuvieron que abocarse de lleno al apoyo de sus hijos. Sin embargo, contó, no todas estaban en condiciones de hacerlo.

Silvana se sintió motivada por sus hijos para volver a estudiar. Mejor dicho: sintió que necesitaba retomar ese camino para poder ayudar en las tareas y acompañarlos. “A pesar de que mi esposo se puso en contra, empecé de cero”, se enorgulleció. Durante la pandemia, encontró la manera de colaborar con las tareas de los más pequeños del hogar.

Según Silvana, lo que más le costó durante la pandemia fue afrontar la soledad. “No es lo mismo para los chicos estar rodeados de gente, compartir las risas, que esperar una comunicación tardía y de lejos por WhatsApp. Y yo sentí que podía hacerme cargo de la ayuda a los chicos gracias a que me fui dedicando al estudio”, dijo.

“Las docentes debemos hablar más «

“No se trató sólo de los vecinos de los barrios populares. También se le complicó a todas las familias, que tuvieron que sentarse dos o tres horas a hacer tareas. Debe haber hombres que lo hayan hecho, pero por lo general son las mujeres las que se ocupan de las tareas: madres, tías, hermanas, abuelas”.

Con esa definición, larga la directora de la escuela Alegría Ahora, Mónica Lungo. La docente trabaja hace años con una población que queda fuera de las escuelas y a la cual ella incentiva para retomar los estudios. Desde esa experiencia, fue muy dura con las condiciones educativas que se generaron durante el aislamiento.

“Es el segundo año de pandemia y el sistema educativo sigue planteando una currícula con actividades de otro mundo, como si estuviéramos en el escenario prepandémico. Se ve a todos los estudiantes, de todos los niveles, como si tuvieran conectividad, dispositivo personal y espacio tranquilo para estudiar, pero más de la mitad no cumple con esos requisitos”, sostuvo.

“Se ha convertido en un ejercicio de mandar actividades que los adultos agrandan y ponen en una carpeta. Las mamás, lejos de ser la escuela, han vivenciado todo esto como una carga más, a la que no pudieron dar respuestas. Estamos dibujando ficciones”, criticó.

A su vez, la pedagoga señaló que sus colegas deberían hablar sobre lo que está ocurriendo. “A esto mismo los invito. ¿Cómo va a saber el sistema educativo lo que está pasando si nosotros no hablamos”, se preguntó.

Lungo opinó que la mayoría de las veces las madres imprimen las hojas de ejercicios, hacen lo que pueden y entregan. Además, aseguró que en algunas villas se cobra por hacer la tarea. “Quienes saben leer y escribir hacen las tareas y cobran. Luego los padres mandan esa evidencia”, alertó.

“Estamos hablando de personas que hace 30 años alcanzaron a hacer la mitad de la primaria. Hoy están desesperadas. En los barrios las mamás lloran golpeadas por la frustración”, sentenció.

Según la directora, en los barrios “explota la droga, la prostitución, el hambre y la escuela está haciendo de cuenta que no pasa nada”. A su análisis le sumó una autocrítica: “El Ministerio no está en las escuelas, la hacemos la comunidad y tenemos la responsabilidad de decir lo que está pasando”.

Hace años, en la escuela Alegría Ahora se identifica que las madres lo que más desean es estudiar: es una cuenta pendiente de muchas mujeres, según datos que maneja la escuela.

“Es posible lograr ese estudio y lo venimos realizando. Pero durante este tiempo inaudito, hasta yo misma he ayudado a hacer tareas. El sistema sigue y cae el que cae. Las mamás ya no saben cómo ayudar”, concluyó.

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