Porteña y joven de la zona sur, la imagen más cruda de la desigualdad

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ser una mujer joven que vive en la zona sur es la suma de todas las desigualdades.

Y esas desigualdades, además, se han acentuado en los últimos años en el territorio porteño y tienen causas muy evidentes si se repara en que el nivel de desigualdad en el segundo trimestre del año pasado, que fue el peor momento de los condicionamientos que impuso la pandemia, fue igual al nivel de desigualdad del segundo trimestre de 2019, pleno imperio de Cambiemos y sin pandemia a la vista.

Larreta y sus funcionarios se ufanan de tomar decisiones sobre “datos”, aunque la mayoría de las veces eluden explicarlos o evitan presentar evidencias que los apoyen y se remiten sólo a enunciarlos.

Pues bien: “datos” que sí se pueden explicar y se apoyan en la realidad comprobable y en estadísticas serias, como lo son los que surgen de un exhaustivo informe y análisis del Centro de Estudios Metropolitanos, desagregan lo que de modo brutal el Índice de Gini muestra: que a partir de 2017 la desigualdad se acentuó en CABA y que, por ejemplo, la mitad de los hogares de la zona sur no cubre con sus ingresos totales la denominada Canasta Básica de la Ciudad, es decir, no puede satisfacer sus necesidades mínimas.

No se trata de convertir este espacio en un cuadro estadístico ni de volcar cifra tras cifra los terribles resultados que dejan claro que la desigualdad es la inevitable consecuencia de las políticas aplicadas en la ciudad o, en muchos casos, de la falta de ellas.

El informe del CEM es concluyente y no precisa explicación. Las conclusiones que pueden extraerse del trabajo son lapidarias: entre otras, que en CABA ser mujer “garantiza” ganar menos que un varón y sufrir mayor desempleo y que si la mujer es menor de 31 años esas diferencias negativas aumentan.

Como referencia general de las consecuencias de las desigualdades que afectan a toda la población porteña puede señalarse que en la Ciudad los hogares más pudientes multiplican por más de 8 sus ingresos en relación con los hogares más pobres, y que un varón adulto de la zona norte tiene ingresos promedios de $83.9523, en tanto una mujer joven de la zona sur no alcanza en promedio a los $18.000

Estas, como señalamos, son algunas cifras que indican las consecuencias de políticas que, en CABA, han generado que haya, al menos, dos ciudades absolutamente diferentes cada vez más diferentes.

Pero detengámonos en las víctimas más notorias de estas desigualdades: los jóvenes, en general, y las mujeres jóvenes, en particular, que no residen en la zona norte conformada por barrios en los que vive sólo el 20% de las y los porteños.

Esos jóvenes, y esas mujeres jóvenes principalmente, tienen menor acceso a la educación, menor posibilidad de conseguir trabajo y menor remuneración cuando lo consiguen.

Esta ausencia de un desarrollo inclusivo en la Ciudad no es una casualidad o fruto de imponderables: es una consecuencia inevitable de una mirada ideológica que restringe el espacio para los jóvenes y de una carga negativa que aún persiste en algunos sectores sobre los derechos de las mujeres, inclusive a esta altura de las circunstancias.

Los prejuicios, la falta de ampliación de derechos, la idea de gobernar para “los nuestros”, el conservadurismo exacerbado y expuesto en cada aspecto, siempre, invariablemente, han castigado particularmente a los jóvenes y entre ellos, más a las mujeres. Sólo basta con revisar la historia.

Decía Simone de Beauvoir: «No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida»

Muchas veces, lo más evidente, por obvio, no se puntualiza, pero la “des – igualdad” final empieza por no tener iguales oportunidades, iguales tratamientos, iguales consideraciones, iguales valoraciones y, por lo tanto, no tener chances de alcanzar iguales resultados.

Hacer un culto de la meritocracia en medio de tanta desigualdad suena muy parecido a discriminar. O, en todo caso, a “quitar del medio” a los que no son considerados como parte de la Ciudad.

En definitiva, y tras reparar en los datos señalados, si consideramos que en CABA el 53% de la población son mujeres y el 39% de los habitantes totales son menores de 31 años, lo que queda a la vista con una feroz evidencia es que esta Ciudad gobernada para pocos se explica casi sin necesidad de más argumentos.

* Gisela Marziotta es diputada nacional del Frente de Todos.

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