La historia del dueño del centro cultural supremacista que quería matar a Cristina Kirchner

Cuando en la madrugada del lunes un escuadrón a instancias de la Dirección de Contraterrorismo de la Policía Federal tiró abajo la puerta del denominado “Centro Cultural Kyle Rittenhouse” y detuvo a José Derman, la noticia tomó por sorpresa sólo a quienes ignoraban la existencia de este oscuro sujeto, conocido en La Plata y alrededores por una ristra de hechos que recién ahora son observados con alarma. Derman había celebrado el ataque a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner e incluso manifestó que se animaría él mismo a hacer algo similar. Entre los objetos decomisados durante el allanamiento se encontró un proyectil mortero de 83 milímetros que fue detonado horas después.

En el currículum de Derman se mezclan hechos varios de acoso y amenazas a mujeres (incluyendo denuncias que, hasta el momento, el Poder Judicial jamás hizo avanzar), vandalización de distintos locales de la capital bonaerense y una escalada de anticipos sobre hechos de violencia política como los que hizo el sábado, cuando en la red social de su espacio aseguró que él mismo se animaría a “perpetrar un atentado” contra Cristina Fernández.

–Eso ni lo dudes –respondió cuando le preguntaron públicamente si lo haría.

Y siguió:

— Esto es una guerra y prepárate vos para llorar en el cajón de muchos de tus kumpas, bolche sorete –le dijo a otro.

Su vida y obra es propia de un libro de ciencia ficción, un relato kafkiano que incluso era tomado a gracia por quienes no podían creer cierto lo que este platense de 39 años publicaba en sus redes sociales: en el garaje de lo que supo ser su casa familiar en calle 5 entre 64 y 65 decidió fundar un espacio que, en lo formal, no generó ninguna acción más que los videos que Derman y sus eventuales secuaces filmaban. Unos exordios cargados de odio, intolerancia, negacionismo y la idea de que el marxismo amenaza desde cualquier esquina.

Quizás haya sido la nula atención a estas proclamas lo que jamás motivó acción policial alguna: del espacio no participaban más que José Derman y Sebastián Poch, otro extraño sujeto que aseguraba tener origen español y forzar ese acento, aunque en verdad es argentino nacido en la zona oeste del conurbano bonaerense. Ambos habían sido expulsados de Fuerza Unidaria (otro núcleo marginal de extrema derecha) por varias conductas, entre ellas haber manipulado dinero que les habían dado para administrar. Juntos se reordenaron entonces desde La Plata, donde orgullosamente anunciaron que iban a erigir “el primer espacio cultural de extrema derecha en esta ciudad y de toda la Argentina”.

Al Kyle Rittenhouse (inaugurado el año pasado en “homenaje” al supremacista blanco que en 2020 asesinó a dos personas que manifestaban contra la represión policial en Estados Unidos) lo decoraron en su interior con pinturas y dibujos de los rostros de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Javier Milei y Mohamed Alí Seineldín, pero también de Ricardo Iorio, Novak Djokovic y el tucumano Mario Malevo Ferreyra. La única sanción que hasta entonces había recibido el espacio y sus dos participantes fue una contravención municipal por vender café de una pava eléctrica sobre una mesa ubicada en la vereda. Nadie pareció reparar demasiado en la potencialidad peligrosa de este núcleo de extrema derecha.

Sin embargo, no es la primera vez que Derman debe comparecer ante la Justicia: en 2020 recibió varias denuncias de mujeres que lo acusaban de enviarles fotos de sus partes íntimas sin su consentimiento, además de mensajes intimidatorios y amenazantes. “Por culpa de femibolches como ustedes es que yo ya no puedo tener más relaciones sexuales con nadie”, barruntaba Derman, quien se vanagloriaba de lo que hacía, al punto que él mismo hacía públicas estas acciones.

La causa no avanzó hacia ningún lado y en mayo pasado fue sobreseído por un tribunal porteño que lo declaró inimputable. El argumento era que padecía un trastorno “delirante paranoide”, según una pericia psicológica y psiquiátrica. Mientras tanto, José Derman pudo seguir adelante con su vida, lo cual justamente le permitió armar este foco de extrema derecha en el garaje de calle 5 entre 64 y 65. Desde ahí, Derman y Poch realizaban encendidas arengas en favor de la intolerancia y el negacionismo. Como nunca lograron más adhesión que la de algún eventual curioso, ellos mismo se encargaron de llevar adelante acciones públicas para llamar la atención. Entre ellas se destacan actos vandálicos en locales partidos del Frente de Izquierda, ATE y murales de organismos de derechos humanos. Varios organismos de derechos humanos habían pedido públicamente una rápida intervención por estos episodios, aunque jamás padecieron sanción alguna.

Luego de todos esos ataques, el Kyle Rittenhouse recibió la visita de dos operadores políticos de Patricia Bullrich. Fue a fines de junio, cuando los discursos de odio y violencia iban acelerándose cada vez a mayor velocidad. Derman y Poch también intentaron lograr lo mismo con Javier Milei y su espacio, desde del cuál se evaluó una posibilidad de la que el ahora diputado se despegó con una publicación en tu cuenta de Twitter.

“Ellos no formaron una agrupación organizada ni un núcleo de partidos políticos. Son unos cortos de mente, incapaces de armar absolutamente nada. De todos modos eso no les quita peligrosidad: son tipos que están muy mal de la cabeza y varios en La Plata les tenían miedo porque pensaban que andaban armados. Y ellos, como no tienen nada que perder, pueden animarse a cualquier cosa. Tuvo que pasar esto, la amenaza, para que accionaran”, cuenta a Página/12 alguien que siguió bien de cerca el funcionamiento de esta célula.

La pregunta, en efecto, es cuál será la deriva judicial de este hecho, teniendo en cuenta que Derman ya había logrado esquivar otra denuncia por su perfil psiquiátrico. El intento de atentado a la vicepresidenta Cristina Kirchner demostró que no se necesitan demasiadas luces para cometer un hecho así. Y los muchachos del Kyle Rittenhouse ya acumularon demasiados episodios como ignorar su peligrosidad.

Leer másEl país | Página12

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