“El fútbol es un show y el álbum representa una estrategia más del mercado”

Rafael Bitrán es licenciado y profesor de Historia, y uno de los coleccionistas de figuritas más importantes del país. Escribió libros sobre el tema y tiene la capacidad de enumerar datos con una naturalidad que ni siquiera lo despeina. Según relata, el primer álbum específico del Mundial que circuló en Argentina fue para 1974 (Alemania), por iniciativa de la Casa Crack, que también se encargó de lo propio en 1978 (Argentina). Al cerrar Crack y como nadie se hizo cargo de la licencia, en 1982 (España) y 1986 (México) no hubo álbumes de los Mundiales en Argentina (salvo iniciativas sueltas y poco sistematizadas). Recién en 1990 (Italia), Panini tomó la licencia y a partir de esa década dispuso de los derechos para explotar su comercialización. No obstante, debieron pasar algunos años más para que el fenómeno terminara de consolidarse.

En el presente, las ansiedades y pasiones que despierta el álbum de Qatar 2022 no tienen comparación. Ante el desabastecimiento generado por la compañía a cargo, las plazas se llenan y habilitan el intercambio. A continuación, la perspectiva de un coleccionista que critica la industrialización de la cultura y la mercantilización de un deporte que “se lleva puesto todo”.

–Usted empezó a coleccionar figuritas a principios de los 90.

–Cuando era chico, solo se juntaba figuritas en la primaria porque cuando empezabas la secundaria quedaba mal seguir haciéndolo. De hecho, a pesar de que era un fanático de las figuritas, no coleccioné las del Mundial 78 y tampoco sabía que existían. Recién en 1992, ya de más grande, me dediqué a juntar figuritas antiguas y recuerdo que había solo dos o tres personas más que lo hacían. Empecé a ir a parques como Los Andes, Rivadavia y Centenario, y repartía volantes a los puesteros. Se sorprendían de que quería comprar para coleccionarlas.

–¿Las compraba a un precio elevado?

–No, como casi no había nadie que las coleccionara, los precios eran absurdos. En el ’92, precisamente, hubo un pequeño hito porque volvieron a salir los álbumes del fútbol local (no salían desde 1981); y eso impulsó que cada vez más adultos comenzaran a prenderse, pero muy de a poco. En 2001 publiqué el libro Malditas difíciles y recuerdo que ya había más coleccionismo; aparecía un mercado de figuritas antiguas, que se consolidaba gracias a la emergencia de espacios como Mercado Libre. Nos juntábamos en parques, pero no existía todavía ese furor por cambiarlas ni puestos dedicados a ello.

–¿Y en relación a las figuritas del Mundial?

–En 2014 (Mundial de Brasil) hubo una disparada terrible, que después se revalidó en 2018 (Rusia). A partir de 2010 (Sudáfrica) diría que inicia un fenómeno muy puntual que antes no sucedía: adultos coleccionando figuritas del momento. Esto que ocurre con el Mundial de Qatar no tiene nada que ver con los intereses de los chicos; si uno lo piensa un segundo es casi una estafa el desabastecimiento que existe. En el pasado, algún kiosco podía no tener figuritas, pero caminabas algunas cuadras más, ibas a otro y tenía. Lo que ocurre hoy no tiene sentido: se frustran de manera sistemática los deseos genuinos de los chicos y las chicas.

–¿La culpa es de los adultos?

–El mundo adulto se incorporó con mucha fuerza, en la medida en que vieron en el Mundial un negocio enorme. A partir de 2014 y 2018 se comenzó a vivir esta situación de capitales que se metieron a pleno, que especulan e intentan monopolizar el mercado. Los parques así de colmados, con gente ansiosa por intercambiar figuritas, habrán explotado hace una década. Antes no.

–¿Fue muchas veces a intercambiar?

–Sí, porque además de coleccionar figuritas, coleccionaba momentos. Mi placer siempre fue ir a alguno de estos parques con mis hijos, ayudarlos a llenar el álbum, de la misma manera que la gente va ahora. Los chicos van acompañados de los padres, que les enseñan a canjear; eso, de hecho, es lo más lindo, porque mantiene la esencia del coleccionismo.

–¿Por qué, en un escenario colmado de tecnologías, cambiar figuritas despierta tantas pasiones?

–Uno de los principales factores se relaciona con el misterio, con la sorpresa de no saber lo que viene adentro de los paquetes. Igual hay que hacer una salvedad: salvo colecciones muy puntuales, el mercado de figuritas está decreciendo inversamente proporcional a lo que crecen las ventas con los álbumes de los mundiales. Tengo kiosqueros amigos que tienen colecciones de las que no venden un solo sobre y otras que se venden mayoritariamente a adultos. La gran mayoría de las personas que coleccionan los álbumes del fútbol local son hombres de treinta o cuarenta años que también se reúnen en los parques a intercambiar y comprar.

–¿Qué cree que pasó con el álbum de Qatar 2022?

–Se creó una necesidad. Hay tanta desesperación que resulta difícil de explicar. Si nos abstraemos un poco del objeto figuritas, este fenómeno que se vive claramente refleja una situación de consumismo profundo y la angustia que significa intentar controlarlo todo de alguna manera. La sensación de lo líquido, de la rapidez, de lo que necesitamos terminar y nunca podemos saborear. Algo similar a cuando nos atrae una serie en Netflix que, lejos de disfrutarla, la vemos sin parar durante días. Siempre las figuritas fueron una mercancía, pero nunca existieron estas características sociales, económicas y políticas globales que hoy lo condicionan todo. El fútbol es un show y el álbum una estrategia más del mercado.

pablo.esteban@pagina12.com.ar

El fenómeno
del álbum del mundial, lo que sucedía décadas atrás y la explosión del
presente, en que “se frustran de manera sistemática los deseos genuinos de los
chicos y las chicas”.Leer másSociedad Página12

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