“El patriarcado no existe más”, la frase provocadora de una feminista crítica

Roxana Kreimer dice, en su canal de YouTube, que las referentes del feminismo actual no aceptan debatir con ella. Aun así, entabla un “diálogo” en busca de debate. Apoyada en datos, intenta refutar algunas de las consignas actuales del feminismo nacional.

Para esta licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, el feminismo actual carece de rigor. Critica fundamentalmente el “reduccionismo sociológico que cultiva el feminismo hegemónico”, que –según ella– ignora la biología y reduce todo a la influencia de la cultura.

La autora de El Patriarcado no existe más (Galerna, 2020) y de otros siete libros asegura que no existe hoy una dominación estructural de los hombres en contra de las mujeres, salvo en algunas regiones. Esto no es lo único controversial que propone; también sostiene que, en general, no hay sexismo en el acceso a cargos jerárquicos y sugiere abandonar la difundida idea del “techo de cristal”.

Pero comparte con el feminismo actual posiciones como la de la despenalización del aborto y la de los derechos adquiridos de la población LGBT. Tampoco se opone al lenguaje inclusivo.

Kreimer subraya que “sin la cooperación entre hombres y mujeres, no hubiéramos sobrevivido como especie” y ha repetido que no es buena idea convertir a la mitad de la humanidad en enemiga de la otra mitad.

–Usted dice que el patriarcado no existe más. ¿En qué se basa?

–En mi libro sostengo, basada en evidencia, que no hay patriarcado en general en los países con mayor Índice de Desarrollo Humano, tal como plantea la ONU ese parámetro. Por ejemplo, en estos países ellas están ligeramente mejor que los varones; y en los que el índice es bajo, que suelen ser los más pobres, ellas están peor. Es el estudio más grande que se conoce, realizado por Stoet y Geary en 2019, en 134 países.

–Argentina tuvo en algún momento un sistema patriarcal. ¿No tiene vigencia algo de eso hoy?

–En Argentina la mujer careció de los mismos derechos que el varón: no votaba, no podía compartir la patria potestad de sus hijos, entre otras muchas desigualdades. Pero ahora no sólo sus derechos jurídicos han sido equiparados a los de los hombres, sino que hay leyes que hasta les dan más beneficios, como las condenas diferenciadas por femicidio o el cupo en los festivales de música. Fuera del ámbito jurídico, hombres y mujeres padecen discriminación y desventajas. Pero no puede sostenerse, basado en evidencia científica, que a nivel estructural ellas estén más perjudicadas que los varones.

–¿Nota asimetrías entre varones y mujeres?

–Hay diferencias en predisposiciones biológicas, lo que lleva a que en promedio tengan intereses y ocupaciones diferentes. La biología no es un destino e interactúa con la cultura, pero importa, y el feminismo hegemónico lo ignora o lo rechaza. En nuestro país, el 42 por ciento de los varones y el 15,3 por ciento de las mujeres no concluyeron la secundaria porque tuvieron que salir a trabajar, según la última encuesta de jóvenes del Indec, en 2014. De acuerdo con datos del Ministerio de Trabajo de 2017, por semana ellos trabajan en promedio 10 horas más que ellas fuera de su casa, y ellas trabajan más horas en el hogar, de ahí que la brecha salarial no equivalga a desigual paga por el mismo trabajo.

–¿Por qué se arraigó la idea de patriarcado en los movimientos feministas?

–Históricamente, surge con las feministas radicales de la década del ’70 del siglo pasado, que extrapolaron el esquema marxista de opresores y oprimidos a las cuestiones de género. Pero son contextos distintos: sin la cooperación de hombres y de mujeres, no hubiéramos sobrevivido como especie. La consecuencia es el hembrismo, que es el equivalente del machismo: plantea la androfobia y una guerra de los sexos que traba la búsqueda de soluciones a los problemas.

–Usted expresa que los marcos teóricos de lo que llama “feminismo hegemónico” “hacen agua prácticamente por donde se los mire”. ¿Ve en esto sólo una mala interpretación?

–Por un lado, es producto de la falta de conexión entre las áreas de ciencias sociales y las de la biología, de la escasez de investigadores en psicología evolucionista en el país y de traducciones al español de las investigaciones científicas; y por el otro, del análisis distorsionado de los datos, de la falta de control de variables en los estudios. Por ejemplo, examinan cuánto ganan en promedio hombres y mujeres, pero no cuántas horas trabajan. A ese feminismo le veo falta de voluntad para debatir, para revisar datos que lo contradiga y su negación de los problemas que padecen los varones: son nueve veces más asesinados que las mujeres, sumando homicidios dentro y fuera del hogar; la obstrucción del vínculo con sus hijos cuando se separan; el contraste en edad de muerte que, en promedio, es siete años más temprana que la de mujeres, y que se jubilen cinco años más tarde que ellas en este país.

–Señala la falta la mirada desde la biología. ¿Cuáles son esas diferencias biológicas que deberían entrar en debate?

–Una muy importante, estudiada por Richard Lippa, es la que hace que las mujeres, en promedio, se interesen más por las personas; y los hombres, por los objetos. Esto se refleja en que ellas están sobrerrepresentadas en los oficios sociales: psicología, medicina, educación, atención al público; y ellos, en las ingenierías, talleres mecánicos o electrónica.

–Rechaza la idea del “techo de cristal”. ¿Qué les impide entonces a las mujeres ascender en una empresa?

–Las mujeres, en promedio, están sobrerrepresentadas en las jefaturas de los oficios que prefieren, como la educación, el traductorado o la venta de ropa. Las que se convierten en madres eligen trabajar menos horas fuera de su casa, y los cargos de responsabilidad suelen ser muy demandantes. No hay evidencia de que el sexismo les impida ascender.

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