La pandemia y los que no pudieron volver a trabajar: “Esto no es reinventarse, es resiliencia”

Eduardo Fracassi forma parte de una actividad que cerró el 16 de marzo de 2020 y nunca más tuvo el permiso para trabajar: las cantinas escolares, kioscos y fotocopiadoras que funcionan en las escuelas. Cuando volvió la presencialidad, este año, no les permitieron abrir.

Desde 2010, su cantina con fotocopiadora en el secundario Ricardo Palma era el sustento de su familia y la de un ayudante.

“Tenía todo para empezar el ciclo lectivo. Todo con una mercadería fiada, porque cuando llevás varios años los proveedores te conocen”, cuenta.

Eduardo vive en Río Ceballos y, durante meses, no pudo volver a su cantina a recuperar esa mercadería. Se le venció, no tenía ingresos para pagarla, pero igual le llegaban los vencimientos de Rentas, Ingresos Brutos y monotributo.

“En la escuela se portaron muy bien, ni siquiera marzo me cobraron”, reconoce.

“El tema es que pocos entienden que trabajamos día a día. Cuando no abrís no tenés plata, no es que vas a cobrar a fin de mes”, dice.

Cantinas

El mundo de las cantinas es, en general, familiar: trabaja el matrimonio, a veces con los hijos. Calculan que hay 500 en toda la provincia.

“Como cada 15 días se renovaba la cuarentena, todo era incertidumbre, nos decían: ‘Ya vuelven’, y uno se toma de eso… Distinto hubiese sido de haber sabido, al principio, que no abríamos en todo el año”, admite y confiesa: “Perdí todo mi capital de mercadería”.

A Eduardo se les venció el contrato de alquiler de la casa y le aumentaban el 50%. “Más los gastos de inmobiliaria… no teníamos forma de afrontar eso, así que nos tuvimos que ir a una más económica”, se lamenta.

Tiene 39 años, vive con su esposa Cecilia y dos hijas, Martina y Lola, de 14 y tres años. En los tiempos más duros sobrevivieron con el salario de ella, que es docente. Como es cocinero, en su casa armó un delivery de pizzas, lomitos, patas flambeadas y alguna innovación. Lo bautizó “500 noches”.

“No me gusta el término ‘reinventarse’, suena medio naif, como decir hoy no sos esto y sos aquello, algo así como qué bueno que te armaste otra cosa. Y no es así, es un proceso duro y más cuando lo hacés sin dinero”, confiesa.

Prefiere llamarlo resiliencia. “No es que dejé de ser cantinero, vendí y me dediqué a otra cosa. Esto es con lo que tenés y hay que meterle para adelante”, cierra

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