Menos plata y mucho temor

En nuestro país, la mala gestión de la pandemia sigue provocando el agravamiento de la crisis económica. Estos factores, combinados, causan un fuerte y negativo impacto social y personal, cuya complejidad no resulta fácil dimensionar.

Nadie puede asegurar en qué plazos el plan de vacunación alcanzará satisfactorios niveles de cobertura, por lo que aumenta la probabilidad de que se dispongan nuevos confinamientos cuando crezca la circulación de las nuevas variantes del coronavirus, que son más contagiosas.

Hemos vuelto a poder circular, y a fin de mes volverían las clases presenciales, porque ya pasamos el pico de la llamada segunda ola. Pero, como en otros países, la variante Delta podría ser la protagonista de una tercera ola. Y si no hay vacunas efectivas y en cantidad suficiente, la única alternativa será, de nuevo, el confinamiento.

En consecuencia, la vacuna es una necesidad no sólo sanitaria sino también económica. Un cálculo de la Fundación Mediterránea señala que al menos un 35 por ciento del producto interno bruto está muy condicionado por las restricciones que se establecen cuando se detecta una alta presencia del coronavirus. En otros términos, más de un tercio de lo que producimos anualmente todos los argentinos pende de un hilo. Eso, para millones de trabajadores y pequeños empresarios, y sus respectivas familias, significa una angustiante incertidumbre que no tiene fin.

De hecho, hay actividades y rubros comerciales que desde que se implementó la primera cuarentena, el 20 de marzo de 2020, no han podido reabrir o lo hicieron durante un corto periodo, lo cual transforma su perfil de manera total o parcial.

Turismo y gastronomía; cines, teatros y museos; bares, boliches y salones de fiestas; cantinas; librerías; transporte y otros proveedores de servicios que dependen del funcionamiento del sistema educativo, en todos sus niveles; el amplio y diverso espectro de trabajadores vinculados a los espectáculos, los festivales y las ferias culturales.

En ese universo, hay, sobre todo, microemprendimientos unipersonales o familiares y pequeñas y medianas empresas. Un reciente informe de la Bolsa de Comercio de Córdoba advierte que desde febrero de 2020, el último mes previo a la primera cuarentena, hasta abril de este año, en la provincia de Córdoba desaparecieron unas 2.500 empresas de estas características. En casi todos los casos, se trata de unidades productivas de hasta 25 empleados. Otras muchas, para sobrevivir, redujeron la cantidad de trabajadores.

¿Cuánto tiempo más pueden resistir quienes aún esperan volver a trabajar? No olvidemos que los planes de asistencia estatal a las empresas cuya actividad se vio afectada por los confinamientos disminuyeron fuertemente a fines del año pasado.

Las últimas restricciones produjeron efecto negativo en los más diferentes índices económicos del bimestre mayo-junio: bajó la recaudación, el patentamiento de autos, la venta de cemento y de maquinaria agrícola. Todo ello demuestra que el rebote de la actividad se detuvo: hay menos plata en la calle y mucho miedo a caerse del sistema. Un bono a jubilados y la reapertura de algunas paritarias no revertirán ese cuadro.

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