El MVP de la final de la NBA: Giannis Antetokuonmpo, entre una vida real y de película

La historia de Giannis Antetokuonmpo es el guión perfecto que todo director querría tener para firmar una película. Es que su vida reúne todos los condimentos donde el drama y la comedia componen las dos caras de una misma moneda. Claro, no cualquiera deja de ser apátrida y vendedor ambulante un año antes de ser drafteado por la NBA.

Sus números y estadísticas que apuntalan su tremenda capacidad atlética dentro de un parquet pululan en todas las publicaciones deportivas, pero no tanto los cimientos en los que se apoyó para convertirse en el nuevo ícono de la NBA, en reemplazo del “Rey” LeBron James.

Su meteórica y alucinante carrera está forjada en base a privaciones, sufrimientos, marginalidad y pobreza. Pero también por una inmensurable capacidad de sobrevivencia y deseos de superación.

África mía

Al indagar sus antecedentes familiares y las vivencias que transitó como niño y adolescente apátrida en el precario barrio griego de Sepolia, a cuatro kilómetros de la capital Atenas, ni el más arriesgado hechicero su hubiera atrevido a predecir en lo que se convertiría ese vendedor callejero de anteojos, cds y bolsos.

Sí, similar a lo que se puede ver en algunas de Córdoba donde senegaleses se ganan la vida con venta ambulante.

Hijo de padres nigerianos (Charles, ex futbolista fallecido en 2017 con 54 años y Verónica, ex atleta saltadora en alto), Ougko Adetokumbo (tal su real nombre africano con ascendencia en la etnia Yoruba y que significa “la corona ha vuelta de muy lejos”) cobija en su ADN la misma cultura de uno de los mejores basquetbolistas africanos que nutrió a la NBA como lo fue Hakeem Olajuwon, nacido en Lagos, Nigeria.

Niñez y temor

Los dos mayores temores que rodeaban a ese niño que alternaba la escuela, con la venta callejera y “picaditos” con amigos en el potrero de su barrio eran no lograr una venta que le permitiera comprar comida para la cena y que al regresar a su humilde vivienda no encontrara a sus padres, pues podrían ser deportados de un momento a otro por ser inmigrantes indocumentados.

“Él solo era un chico que veías en la calle, con cara de hambriento y pidiendo para comida. No tenía nada. Solo un par de zapatillas que tenía que compartir con sus hermanos”, supo contar al diario Times, Chris Iliopoulos, amigo de la infancia de Giannis y compañero de emociones en el barrio de Sipolia. O como también confesaría su hermano Thanasis al sitio Yahoo, “Vendíamos un juguete, un reloj o lo que fuera y ganábamos 10 euros. Eso era bueno, porque significaba que íbamos a comer ese día”.

Cuando nace “Anteto” (el 6 de diciembre de 1994), tercero de cinco hermanos, sus padres hacía ya tres años que habían emigrado y recorrido los seis mil kilómetros que separan la capital nigeriana de Laos y Atenas en busca de un mejor destino de vida.

Pero no les fue sencillo sostener la decisión. Llegar indocumentados, ser negros africanos en la Europa de por aquél entonces, en plena crisis financiera de los ’90 en ese país, era como saltar a la jaula de un león.

Años más tarde, cuando empezó a ser conocido, Giannis sufriría en carne propia el embate de grupos neonazis, como por ejemplo el deslizado por el dirigente del partido de ultraderecha “Amanecer Dorado”, Nikolaos Michaloliakos (hoy en prisión), quien no tuvo empacho en atacarlo con la frase xenófoba:

“Si a un chimpancé le das un plátano y una bandera griega en el zoo, ¿eso le hace griego?”. Pero, acostumbrado a las vicisitudes, y como supo después declarar un entrenador de su juventud, “Por sus orígenes, él no conoce el miedo”.

Monstruo griego. Con 13 años y alejado del deseo de su padre, quien soñaba con que siguiera la carrera de futbolista como él lo había sido (su hijo mayor Francis, se quedó en Nigeria con sus abuelos apostando por el fútbol profesional), Giannis comenzó a acercarse al básquet de la mano de su hermano mayor en Grecia, Thanasis, quien “pintaba” para hacer carrera.

Su primer club de básquet en Grecia llegó previo a acordar un empleo fijo para su madre. Ella percibiría un salario de 800 euros mensuales limpiando casas a cambio de poder inscribir al pre-adolescente Giannis en un equipo de las ligas inferiores griegas, el Filathlitikos B.C., un club de segunda división helénica.

Fue por entonces cuando comenzó a tomar forma y a forjarse “Greek Freek” (Monstruo griego), término con el que fue bautizado en las “arenas” norteamericanas. Y lo hizo a una velocidad meteórica.

Sin embargo, para él, lo más auspicioso por ese entonces era aportar los 200 dólares que comenzó a percibir en el equipo de mayores, donde pasó a formar parte con 16 años.

Su enorme potencial y talento comenzaban a despuntar, a elevarlo y a concitar la atención de simpatizantes y reclutadores que en buen número se acercaban al estadio Zografou Indoor Hall para ver un joven de ya 18 años y 2,07 metros de talla. Su promedio de 9,5 puntos, 5 rebotes y 1,4 asistencias así lo corroboraban como también el convite para formar parte del Juego de las Estrellas de la liga profesional griega. Aunque, por entonces, aún transitaba temeroso las calles atenienses por miedo a ser deportado, según supo reconocerle en 2019 al diario español “El País”.

Con ese protagonismo su presencia dejó de ser la de un desconocido y su exposición mediática y presión dirigencial le permitirían conseguir los papeles que lo acreditaban ciudadano griego y para diciembre de 2012 firmaría por cuatro temporadas con el CAI Zaragoza de la liga ACB, donde no llegó a disputar ningún partido.

Su destino y los destellos de su estrella habían cruzado el Atlántico y la NBA había posado sus ojos en él. Su 15° puesto en el draft y la elección de los Bucks terminarían torciendo vertiginosamente la vida de Giannis.

El legado de sus padres

No le sería fácil acoplarse al gran mundo NBA y abandonar el cálido cobijo de su hogar. Se plantó y amagó con regresar a Grecia si su familia no lograba la visa estadounidense que le permitiera tenerla cerca suyo. Tiempo después reconocería que, sin su familia, se sentía “asustado y vulnerable”, por lo que muchas veces dormía en el gimnasio de la franquicia de Milwaukee, en Wisconsin.

Tan apegado es a su familia que luego de firmar con Nike una propia línea de calzados, Giannis participó del diseño de su modelo donde además de su logo, se incluye el nombre de sus hermanos (Francis, Thanasis, Kostas y Alex), su madre Verónica y su padre Charles. Y en la suela la frase: “I am my father’s legacy” (“Soy el legado de mis padres”).

Como dato no menor y en una situación inédita en la NBA, su hermano Thanasis también forma parte del actual plantel campeón y otro de sus hermanos, Kostas, logró el título el año pasado junto a Los Ángeles Lakers. Todos ellos atravesados por las mismas necesidades e historias de vida.

Pese a que en la actualidad, sólo en salario acumula unos 30 millones de dólares anuales, Anteto no reniega ni olvida sus raíces humildes, marginales y africanas. Creó la Fundación Antetokounbros que se dedica a la remodelación de canchas de básquet en Atenas y desea poder llevar a Nigeria a su pequeño hijo Liam Charles, donde él siempre reconoce que tiene sus raíces.

Por eso en uno de sus reportajes afirmó: “Quiero conocer el lugar del que procede mi familia, donde mi madre creció, ver a mi familia, dónde creció mi padre. Es muy importante para mí. Mis padres son de Nigeria. Siempre quisieron que lo tuviera presente. Quiero tenerlo. Así que lo tengo. Estoy orgulloso de mis raíces africanas”.

Bajo palabra. Este tipo de acciones, en un apretado pantallazo, refleja el perfil de la nueva estrella de la NBA. Además de ser intratable para sus rivales dentro del parqué, es un jugador de cumplir su palabra.

Cuando llegó a los Bucks, en 2014, y por entonces una de las más débiles franquicias de la NBA declaró: “Nunca dejaré el equipo y la ciudad de Milwaukee hasta que construyamos uno con nivel de campeonato”. Pero además es coherente con el paso de los años: “Podría haberme ido a un súper equipo y hacer mi trabajo para ganar un campeonato fácilmente, pero éste es el camino más duro para hacerlo y es el camino que he elegido. Y lo hicimos, caramba, lo hicimos”, declaró exultante Giannis luego de consagrarse campeón.

En apenas 15 años, ese niño de carencias materiales, pero no así afectivas, que es Giannis Antetokounmpo pasó de la necesidad de tener que ser vendedor ambulante en las calles de Atenas a comandar a su equipo a un título de la NBA 50 años después. Pero no sólo eso, el anillo logrado el martes ante los Phoenix Suns es la coronación y la consagración de un deportista que nunca detuvo su progreso. Ser el MVP de las finales, ser dos veces MVP de la temporada regular, cinco veces All-Stars, ser MVP de un All-Stars y ser el jugador defensivo del año así lo confirman.

Como también lo sustenta ser el segundo jugador en la historia de la NBA en promediar más de 35 puntos, más de 10 rebotes y más de 5 asistencias en una serie de finales, uniéndose al “King” James (35.8 puntos, 13.3 rebotes y 8.8 asistencias en 2015). Proezas que quizás nunca surcaron su mente, sedienta de sortear lo más rápido y de la mejor manera las carencias y necesidades de él y de su familia. Y vaya que lo hizo.

Lo conseguido por Giannis constituye un hecho de la realidad, sí. Es un sueño de película, también.

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