Comentario de “Chico ventana también quiere tener un submarino”: portales cotidianos

Si el mito dice que cavando un hoyo en el piso uno puede emerger en Asia, Chico ventana también quiere tener un submarino explora esa premisa imposible con verosímil naturalidad. La película del uruguayo Alex Piperno teje en verdad una triple intersección de planos dimensionales por medio de una red confusa de escaleras, depósitos y bodegas que recorre el errante “chico ventana” (Daniel Quiroga).

Marinero de a bordo de un crucero que viaja a la Patagonia, el protagonista arrastra una existencia inmersa en los márgenes (se encierra, camufla, interna dentro de baños, recámaras y placares) mientras sus compañeros cumplen su rutina de limpieza y los tripulantes se distraen con banalidades turísticas.

Uno de esos vagares lo conduce sin mediación al departamento urbano de Elsa (Inés Bortagaray), otra solitaria que alterna entre una ocupación diurna y noches de vino y lecturas. A tono con el extrañamiento silencioso del filme, ella al principio se sorprende pero luego lo acoge. En otro lado que resulta ser Filipinas, un grupo de cosechadores descubre una misteriosa caseta en las alturas cerrada herméticamente que oculta algo.

La ausencia de explicaciones y los diálogos parcos de idiomas equivalentes (filipino, castellano en varios acentos, inglés) subsume la posibilidad fantástica a una superficie hiperreal. A Piperno no le interesa crear una realidad alternativa sino desnudar la irrealidad cotidiana, que a pesar de tantas cavidades de destino múltiple parece destinada a un perpetuo, anodino y homólogo afuera.

En su existencialismo de bambalinas, “chico ventana” es el único pasajero tangible de un entramado espectral que ha extirpado cualquier rastro de sentido y experiencia: con sus excursiones de umbral el personaje accede a la clave de ese desajuste en las desconexiones inconscientes entre clases sociales, ya sea los pasajeros ociosos del barco, los cadetes morenos que les sirven, los sacrificados campesinos filipinos o la joven encerrada en su comodidad precarizada.

Chico ventana también quiere tener un submarino (título excesivo para una película renuente) es pariente directa del cine retorcidamente deambulante de Tsai Ming-liang y derivas masculinas semejantes de Lisandro Alonso. La escenificación nocturna de los exteriores rurales recuerda asimismo por su ominosa belleza antropológica a Pedro Costa, y lleva sello del director de fotografía Manuel Rebella (Muere, monstruo, muere). Allí tanto como en el barco la negritud de la atmósfera cobra la densidad hechizante de un linde abismal, una antimateria residual producto de un mundo donde ya no quedan rincones para esconderse.

Para ver

Chico ventana también quiere tener un submarino. Uruguay, Argentina, Brasil, Holanda, Filipinas, 2020. Guion y dirección: Alex Piperno. Con: Daniel Quiroga, Inés Bortagaray y Noli Tobol. Duración: 95 minutos. Calificación: Apta para mayores de 13 años, con reservas. En el Cineclub Hugo del Carril, horarios aquí.

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