CUARENTENA, INTERNET Y LA INCERTIDUMBRE

¿Qué haríamos sin señal?

Por Mariana Enriquez

Hace unos días el celular despertó sin la antena que anuncia la etérea presencia del WiFi y, en cambio, mostraba el ominoso 4G. Acontecía una de las pesadillas posibles: se cortó Internet. Actué con celeridad. Llamé a la empresa. Por supuesto tenían la grabación: “Estimado cliente. Hemos detectado un inconveniente en su zona. Estamos trabajando para solucionarlo. Le pedimos disculpas”. Mi incapacidad de negociar con el corte del servicio –siquiera veinte minutos– me llevó a tuitear el reclamo. Dije la verdad: que necesitaba WiFi para trabajar. No estaba urgida: el trabajo podía esperar. No se trataba de eso sino del estrés que imaginaba. No ser capaz de hacer un pedido por internet (y no hago pedidos por internet pero, ¿si resultaba necesario?). Un poco más seriamente, temía quedarme sin teléfono, incomunicada, porque es el mismo servicio (aunque obviamente el celular seguía funcionando y estaba cargado). No poder escuchar radio, no poder ver televisión, no poder comunicarme con mis amigas, no poder no poder. Borré los tuits cuando se restableció el servicio porque apestaban a desesperación y me daban vergüenza.

internet se cae

Internet no me parece un servicio sino una necesidad vital: la gente que todavía dice vida virtual vs vida real me hace acordar a quienes llaman (¡todavía lo hacen!) caja boba a la televisión. Soy anfibia: conocí el mundo analógico total, pero ya no lo recuerdo. No me parece un desastre ni decadencia humana estar muchas horas chequeando el celular o scrolleando o googleando. Estoy a favor de la etiqueta en la interacción; también creo que la relación con internet puede ser adictiva. Pero es nuestra forma de vida.

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