Redefiniendo vacaciones

Luego de 17 meses de pandemia con sucesivos y diferentes escenarios, la mayoría de padres y madres exprimen su ingenio para ordenar las actividades infantiles en vacaciones.

La pregunta qué hacemos con los chicos ya era un clásico dilema antes de la aparición del virus. Pero hoy se reactiva a la hora de resolver hábitos, juegos, uso de la tecnología y reuniones durante las próximas semanas.

No hay una respuesta única en una sociedad fragmentada. Numerosas familias seguirán luchando por cubrir necesidades básicas como alimento y abrigo. Otras intentarán conservar su deshilachada condición de clase media. Y en muchas, hijos e hijas volverán a protestar porque este año tampoco viajarán a los lugares que solían visitar.

Cada familia con conflicto distinto, aunque coincidiendo en algo: todos están cansados de estar cansados.

El hastío general es por no saber cuándo terminará la pandemia: no sólo las infecciones y sus consecuencias, sino –en niños– por la falta de contactos reales, la escuela a retazos, las restricciones a sus actividades extraescolares y el sostenido gesto de preocupación de sus mayores.

Es difícil organizar vacaciones sin saber cuántas olas quedan, cuántas cepas con letras griegas aparecerán, cuándo recibirán las vacunas quienes esperan y cuándo se frenarán los precios de todo. En tal caso, conviene reducir el contexto. ¿Consideramos las vacaciones como pura ausencia de colegio o una oportunidad para rearmar dinámicas familiares?

A muchos adultos les gustaría tener una estructura similar a la escuela que, como principal ordenador social infantil, les ayude a transitar este tiempo y pensar qué hacer en vacaciones.

Vacacionar en pandemia podría ser buen momento para consolidar los recursos disponibles frente al coronavirus: el aislamiento responsable y la vacunación.

Aislamiento que no es encierro, sino respeto por los demás; es vacacionar sin exponer a otros. Y sería responsable si no depende de decretos oficiales, ya que la descomunal cifra de muertes, sufrimiento y desgaste social ya tendría que haber instalado esa “ley interna” que regula conductas de cuidado.

Sin embargo, y lastimosamente, esa norma parece haber sido incorporada sólo por quienes sufrieron daños cercanos.

El segundo recurso por consolidar son las vacunas, que avanzan a un ritmo mayor que en febrero, pero menor de lo que muchos esperan.

Las vacaciones podrían ser aprovechadas por los indecisos frente a las vacunas, los escépticos y quienes niegan su beneficio. Para salir de su cascarón y admitir que se trata de un bien social, no personal; una colaboración a la salud de todos.

Este tiempo vacacional, extraño y complejo podría también ser útil para abandonar el desaliento; para reconocer que ya pasó una primera etapa caótica y sin recursos más que el encierro, y que en la actual se dispone de más conocimiento y de estrategias defensivas. Y que algunos países se acercan a la “nueva normalidad” con cepas que causan enfermedades, pero menos internaciones y muertes.

Tal vez este sea el año de redefinir la palabra vacaciones (del latín vacuus: vacío, desocupado, libre).

Momentos para “vaciar” a los chicos de algunos de sus miedos y angustias, y canjearlos por una necesaria confianza en el futuro (con precauciones, pero posible).

“Desocuparlos” de informaciones tendenciosas o confusas que les impiden imaginar ese nuevo escenario.

Y “liberarlos” de transitar sus infancias y adolescencias con desilusión y tristeza.

Porque desilusionados y tristes dejarían de ser infantes o adolescentes.

* Médico

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