La historia de “La huella de un tambor”, el documental sobre Bam Bam Miranda

Florencio Ruiz es músico, videasta y productor todoterreno que compartió con Bam Bam Miranda una etapa fructífera en la vida de ambos. Una etapa de pura incontinencia creativa en la que potenciaron sus respectivas personalidades avasallantes.

Mientras Florencio crecía como guitarrista y se perfilaba como productor artístico en varios frentes, Bam Bam perfeccionaba la alquimia de Guarango y acrecentaba sus trabajos como lutier. El azar los juntó para desarrollar movidas, para perfilar proyectos o, simplemente, para delirar.

Tan simbiótica resultó la yunta entre ambos que Florencio sintió un impulso irrefrenable de dejar un testimonio del legado artístico de Miranda, una vez que cayó en la cuenta de que el fallecimiento de este no fue producto de una pesadilla.

El formato de ese registro no podía ser otro que el del documental, dado que él se había profesionalizado en el lenguaje del clip y atendido demandas audiovisuales de todo tipo.

En ese raid de crecimiento sostenido, además, Ruiz se capitalizó lo suficiente para armar un estudio “con todos los fierros” necesarios para editar y alucinar atmósferas, según el caso.

En su estudio, precisamente, Florencio mostró en exclusiva algunos pasajes de La huella de un tambor, un filme que tiene material jugoso y que alterna testimonios con performances musicales de socios eventuales de Bam Bam.

Impetuoso, Ruiz bucea en archivos de diferentes formatos y, en primer término, muestra un encuentro en escena con Luis Salinas, quien entre otras cosas cuenta que, una vez, fueron contratados con Bam Bam para tocar en una orgía lésbica.

Luego mueve el mouse a la velocidad de la luz para que se corporice Jorge Araujo (Divididos, La Gran Martell) tocando el cajón peruano en un hostel.

Apenas termina de correr una joyita testimonial de ese tipo, la verba irrefrenable del director tira data sobre estrategias de financiamiento y difusión, al tiempo que prepara el terreno para darle play a un tráiler que, confía, sacudirá al entorno musical cordobés.

Es probable que lo logre, porque en él desfilan el artista plástico Jorge Cuello, el ingeniero en sonido Gabriel Braceras, la cantautora Vivi Pozzebón y se expone una síntesis de un potente material conseguido en Perú, en un zigzag estimulante que fue de Lima a Chincha.

“‘El viejo’ está acá”, dice Florencio Ruiz mientras señala la modesta superficie de su estudio.

“Es así, man. Él quiere que nosotros charlemos, que nos pongamos al tanto de lo que estamos haciendo por él”, añade.

–¿Cómo llegó Bam Bam a tu vida? ¿En qué circunstancias?

–Lo vi por primera vez tocando como invitado de una reconocida banda de rock, en Cosquín Rock. Era la primera vez que veía a un tipo ejecutar las tumbadoras con esa presencia auditiva y escénica. No podía dejar de mirarlo. Ese día, quizás sin saberlo, algo cambió en mi forma de ver la música.

–Pero supongo que el encuentro se dio más adelante.

–Claro… Cuando investigo, veo que ese músico era nada menos que el copiloto en el ritmo del “cordobés más famoso”, Carlos “La Mona” Jiménez. Que era Bam Bam quien con sus tambores ponía sabor a las obras bailables que hacían mover y vibrar a Córdoba cada fin de semana. Cuando supe eso, mi interés creció más y más. Luego, las circunstancias de la vida me llevaron a él en calidad de músico-compositor contratado para un evento performático-audiovisual dirigido a la comunidad peruana. Mi trabajo era crear una música para que actores y acróbatas hicieran su performance. Apenas realicé ese pedido, esa misma noche fui invitado por el cónsul del Perú a participar de un concurso con un anteproyecto más ambicioso, dirigido a musicalizar un evento sociopolítico internacional en su país. Es entonces que proponen un encuentro con Miranda, uno de los máximos exponentes musicales peruanos en Argentina, de acuerdo con el cónsul. Acepté sin dudarlo.

Al referirse a la primera impresión que le generó Bam Bam, Ruiz dice que el percusionista intentó asustarlo con sarcasmos e ironías, pero que no tardó en llegar la conexión que mantendrían hasta el último día en que los dos coincidieron en el mundo. “Comenzamos a trabajar en las canciones para el proyecto y generamos un vínculo divertido y, quizás, ‘accidentado’ por mi inexperiencia en música afroperuana y géneros latinos, que él dominaba a la perfección y en todo sentido”, precisa.

“Porque Bam Bam tocaba cualquier instrumento de percusión y además los fabricaba formidablemente –apunta–. Él dejó una herencia palpable, visible y generadora de nuevas músicas. Cajones peruanos, congas, tumbadoras, bongós, accesorios y cajas africanas que él mismo diseñó y creó a mano, con una calidad de estándar internacional”.

–Lo doy por cierto, pero aun así te lo pregunto: ¿Serías el mismo si no hubieras conocido a Bam Bam?

–Marca un antes y un después en mi forma de ver la relación arte-vocación-trabajo. Sobre todo, por la cantidad sorprendente de horas que él le dedicaba a esta “trinidad”.

–¿Cuándo te decidiste a realizar un documental sobre su vida?

–Fue la culminación de una idea que tenía desde que lo conocí. Si me hubiera filmado a mí mismo con cámaras de seguridad, descubriría que siempre lo estaba estudiando. Una parte de mí siempre supo que el tipo era demasiado interesante. Por lo amplio de sus conocimientos, parecía que había tenido 10 vidas. Tanta data junta me seducía por demás a imaginarlo retratado en pantalla ante los ojos del mundo. Sin embargo, en ese momento no podía dejar de vivir todo al máximo. Ni por voluntad propia, ya que si me relajaba cuando estaba compartiendo algo importante para él, como podía ser ayudarle en la fabricación de un instrumento o una receta de cocina peruana, su humor y el aire se ponían pesados. Por estas y otras razones, estar con el viejo Bam era siempre un aprendizaje, pero, sobre todo, una aventura constante.

A la hora de dar ejemplos de esa volatilidad genial de Bam Bam, Florencio señala que “era una caja de Pandora habitar el tiempo-espacio en su casa a la siesta”.

“Apurado, te pedía que lo lleves a buscar madera a la otra punta de la ciudad y era muy difícil decirle que no. Después no era madera, sino otras cosas las que él necesitaba para poder estar bien. Con él, todo se hacía vértigo, peligros urbanos, y el aire se ponía espeso; a veces, muy espeso”, relata Florencio, que cada tanto toma aire y tira una imitación exacta del “Patrón del Ritmo”.

“Después de pasar nervios, de ser protagonistas de tiempos que parecían eternos, todo terminaba bien. El tipo tenía la llave de la ciudad, por muchas razones. Sobre todo, por su dupla musical inseparable con nuestro rey. Le abrían las puertas adonde fuera. Su música le daba inmunidad urbana e impunidad para hacer transgredir ciertas barreras. Cosas que a los mortales, de sólo pensarlas, nos hacían temblar”, remata.

–¿Vas a mantener un espíritu reivindicativo o te vas a permitir plantear algunos grises?

–Esta investigación es una reivindicación en sí, y nunca podría dejar de serlo mientras yo conduzca el equipo que la gesta. Además, está planteada con una serie de entrevistas que apuntan específicamente al trabajo de Bam Bam como artista, como docente, como integrante de equipo, como persona pensante e influyente en muchos grupos humanos.

Por otro lado, Ruiz destaca que La huella de un tambor “no intenta ser biográfico, sino retratar y valorizar un legado artístico amplio y comprobable”.

Una de las cosas más complicadas de relevar de la vida de Bam Bam es por qué rompe con su familia aristocrática de Lima para aventurarse en Chincha y aquerenciarse en lo de los Ballumbrosio, su familia negra y adoptiva. “La historia de Bam Bam y Chincha merecería una película aparte”, dice Florencia al respecto.

“Aunque le di mucho protagonismo en mi investigación, su legado es tan potente que podría ser muy interesante profundizarlo desde la perspectiva de un peruano. Pero sí, el documental es revelador con respecto a eso”, amplía.

“Lo de Chincha fue alucinante. En mis viajes a Perú pude conocer a su familia afro, que fue elegida por él del mismo modo que ella lo eligió a él. Fue allá donde Bam Bam dejó una huella para siempre. Y allá fui. Y quiero contárselo al mundo” remata.

–¿Tenés una fecha de estreno para “La huella de un tambor”?

–Es algo osado decirlo. Sobre todo, porque una cosa es finalizar una película o una serie documental; y otra, su distribución. Pero espero definirlo entre 2021 y 2022. Todos los días estoy cada vez más cerca.

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