Ritmos educativos

La música está presente en la vida de niños, niñas y adolescentes al punto de constituir una renovada forma de educación.

Además de escucharla y bailarla, la asumen como factor de identidad personal, de pertenencia entre pares y también como parte de su formación.

Entre lo preferido por los chicos, figuran el reggaet{on, el rap y el trap, ritmos que los atrapan con su cadencia percusiva y sus rimas pegadizas.

Son infaltables en plataformas digitales y en la radio. Desde temprana edad, hacen que todos se meneen y tarareen las letras con total candidez.

Ante la altísima difusión que alcanzan, este tipo de expresiones no pueden quedar al margen de la mirada de adultos encargados de la crianza, ya que así como existen canciones valiosas y proactivas, abundan las que contienen mensajes nocivos.

Hace pocos días, el rapero argentino L-gante sacudió las redes al componer una cumbia-rap en respuesta a una madre que pedía ayuda para que su hijo, fan del autor, aprendiese el abecedario (y lo consiguió). Por su lado, desde la organización Change.org se critica duramente algunas letras de reggaetón por contener expresiones agresivas, machismo o sexualización anticipada.

En La neuroquímica de la música, los autores Daniel Levitin y Mona Lisa Chanda demostraron que estos estilos, elegidos por los alumnos en el colegio, activaban su sistema inmune y reducían los niveles de estrés. Al mismo tiempo, reconocidos logopedas recuerdan con escozor la festejada cumbia-reggae de los Wuachiturros en la que afirmaban “ella quiere látigo, turro dame látigo”.

Muchos a favor, muchos en contra.

En el origen del trap, subyace un trasfondo social poco difundido. Se afirma que este ritmo es una manera particular de expresarse de una parte de la juventud que ha crecido en condiciones económicas desfavorables; y que, con muy poco dinero, voces normales y bases rítmicas simples, cuentan sus historias en las redes y son escuchados (visibilizados) por millones.

Al mismo tiempo, numerosos temas siguen difundiendo conceptos anacrónicos, como el machismo de Maluma en su tema Cuatro babys: “Estoy enamorado de cuatro babys / siempre me dan lo que quiero / chingan cuando yo les digo / ninguna me pone pero / Dos son casadas / hay una soltera / la otra medio psico / y si no la llamo se desespera”.

O el trapero argentino Duki, quien en La codeína enseña a preparar un producto estimulante: “Estamos todos de lean yeah, / con la garganta seca, / ready para codeína, / viendo todo violeta”. (Traducción para padres: lean, también llamado purple drank (sic) o sizzurp es una bebida hecha con jarabe para la tos –con codeína y otros componentes–, gaseosa lima y endulzada con caramelos ácidos de uva de color violeta. El brebaje tiene poderosísima capacidad alucinógena).

A edades inexpertas, resulta difícil diferenciar letras ofensivas de las inocuas. Por ello, sin el filtro de adultos que aclaren los conceptos, los chicos pueden crecer naturalizando la desigualdad de género, la violencia o las adicciones.

Ningún adolescente debería repetir letras sin referentes que aclaren su real significado. Nadie debería aprender a “perrear” antes que a bañarse solo. O insinuar una gestualidad sexual que excede su maduración y que podría facilitar situaciones de abuso.

La educación es ubicua. Todo lo que rodea a la infancia educa en el cuidado (o en el desprecio) del propio cuerpo y el de los otros.

Como la música, que es un producto social y también un espejo.

¿Qué ve usted en su espejo?

* Médico

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