29/04/2026

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Agustín Laje: la ideología fascista detrás del influencer

4 minutos de lectura

Intelectual de derecha, influencer de traje y sonrisa, y referente de un nuevo conservadurismo que se disfraza de libertad. Así avanza Agustín Laje, el rostro más prolijo del fascismo mediático en Argentina.


El nuevo rostro del odio

Agustín Laje no grita, no amenaza, no se disfraza de villano. Pero sus ideas calan hondo. Con discursos que suenan modernos, académicos y hasta “liberales”, Laje logró convertirse en uno de los principales influencers de la ultraderecha latinoamericana. Sus libros se venden como pan caliente. Sus videos superan millones de reproducciones. Sus conferencias llenan teatros. Y su presencia en redes es implacable.

¿Pero qué dice, en realidad, Agustín Laje? Detrás de sus frases sobre “libertad” y “batallas culturales”, lo que propone es un modelo profundamente autoritario, antifeminista, antiderechos y regresivo. Un fascismo del siglo XXI, pulido, marketinero y peligrosamente efectivo.


Laje y la «batalla cultural»: manual para desarmar derechos

Laje se presenta como un “filósofo político”, pero su principal tarea es erosionar los consensos democráticos en torno a derechos humanos, género, educación pública y pluralismo. Con el argumento de que hay una “ideología de género” que domina las instituciones, instala la idea de que todo avance feminista es parte de una conspiración global.

Su narrativa no es nueva: toma elementos del viejo fascismo (orden, moral, control) y los reempaqueta en discursos más digeribles. Defiende la familia tradicional, el mercado sin límites, el punitivismo penal y la educación religiosa como baluarte. Todo lo que no encaje en su molde es visto como una amenaza que debe ser “combatida”.

Con un lenguaje pulido, Laje ataca al feminismo, a los movimientos LGBTIQ+, a las universidades públicas, a los organismos de derechos humanos y a cualquier forma de disidencia. Su discurso es binario, polarizante, y apunta directo al algoritmo: videos cortos, frases impactantes, verdades a medias y muchos likes.


¿Por qué crece su influencia?

Laje entiende algo clave: la batalla por el sentido ya no se da solo en el Congreso o los medios tradicionales, sino en TikTok, Instagram, YouTube y WhatsApp. Ahí donde los adolescentes y jóvenes consumen contenidos rápidos, emocionales y con estética de influencer. En ese terreno, Laje se mueve como pez en el agua.

Pero su éxito también habla de un vacío discursivo de los sectores progresistas, que muchas veces no logran llegar con narrativas claras, pedagógicas y potentes a las nuevas generaciones. Mientras tanto, Laje ofrece certezas, explicaciones simples y enemigos identificables: “la ideología de género”, “el feminismo radical”, “el Estado adoctrinador”.


Lo preocupante no es que hable, sino que lo aplaudan

Laje no está solo. Forma parte de una red internacional de ultraderecha que incluye a Milei, Bolsonaro, Vox, Trump y otros exponentes del neoconservadurismo global. Su discurso no es inocente ni marginal: busca incidir en políticas públicas, censurar contenidos educativos, y disciplinar a las disidencias.

Su figura ya influye en debates sobre ESI, aborto, lenguaje inclusivo, derechos trans y libertad de expresión. Incluso ha sido invitado a exponer en legislaturas y universidades, como si sus ideas fueran una “voz más” del pluralismo democrático.

Pero no se puede equiparar el negacionismo y la regresión con el pensamiento crítico. El discurso de Laje no busca dialogar: busca retroceder décadas en conquistas sociales.


Es tiempo de desmontar su ideología antidemocrática:

Agustín Laje representa una amenaza real a la democracia, pero no desde el grito, sino desde el marketing. Es el fascismo que aprendió a usar filtros de Instagram. Por eso, enfrentarlo no es censurarlo: es visibilizar sus discursos, desmontar sus mentiras y construir narrativas potentes desde la educación, la cultura y los medios.

La batalla cultural no se gana en los likes, sino en las ideas. Y ahí, las feministas, los educadores, los activistas y los comunicadores progresistas tenemos una responsabilidad histórica.




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