Es fácil culpar al ratón
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Esta tarde viajo al sur de Chile. Me preocupa el brote de Hantavirus en la región. Tengo un compromiso con movimientos sociales que organizan un encuentro de interculturalidad y salud, y no quiero fallar. (Si dejase que el miedo me ordene, hoy por hoy tampoco iría a Brasil, es época de dengue, ni saldría de casa por el riesgo de accidentes.)
El brote de Hantavirus en Epuyén, Chubut, ya provocó 10 muertes. Hay otros 28 casos confirmados y más de 100 personas que amanecieron con los mismos síntomas esperan un diagnóstico. Frente a la noticia que inauguró el 2019, las discusiones entre funcionarios responsables de diseñar políticas de salud pública giran más en torno al impacto del brote en la economía regional que en la salud de los vecinos.
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El Hantavirus se transmite a partir de un tipo especial de ratón que, a su vez, tienen que estar infectado. El ratón colilargo. Su orina, saliva y heces contagian por contacto directo y porque al secarse el virus se volatiliza más fácilmente. Esto lo vuelve tan peligroso. Se puede inhalar, tragar con la comida o adquirir por tocar una herramienta con el pis del animal. Una vez infectada, la persona puede contagiar a otras sin saberlo. Se previene generando condiciones de higiene para que los roedores no habiten en los lugares donde se desarrolla la vida cotidiana. Pero si hay gente que para comer debe revolver la basura (igual que los ratones), si no hay medidas que garanticen condiciones dignas de trabajo a los peones rurales, si no hay políticas públicas que piensen la salud de manera integral, no hay forma de estar a salvo. Menos en zonas endémicas.
Artículo completo en Revista Anfibia
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