Reprimir a jubilados: la violencia ya no es excepción, es política de Estado
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Otra vez, y van… Al menos 18 personas fueron golpeadas y gaseadas este miércoles frente al Congreso durante una manifestación pacífica de jubilados y trabajadores. En plena democracia, y en plena luz del día, cuatro fuerzas federales avanzaron sobre personas mayores que solo reclamaban una jubilación digna y acceso a medicamentos. ¿Qué clase de Gobierno necesita blindarse contra abuelos con pancartas?
La plaza cercada, la protesta castigada
La represión comenzó cuando manifestantes —la mayoría jubilados y jubiladas— intentaron acercarse al vallado para leer un petitorio. No cortaban calles ni amenazaban a nadie. Estaban en la vereda y en la plaza, con sus carteles, su dignidad y su cansancio. La respuesta fue gases, empujones y golpes. Una postal que, tristemente, se repite.
“Me pegaron en las piernas, apenas me puedo mover”, dijo entre lágrimas un hombre de 78 años. Cerca, una periodista fue arrastrada por la policía. No fue un exceso: fue una orden.
Bullrich, entre el garrote y el relato
Patricia Bullrich no pidió disculpas. Volvió a hablar de “restaurar el orden” y de “infiltrados”. ¿El infiltrado era el jubilado con bastón? ¿La reportera con su credencial? Como si no tuviéramos ya suficientes problemas, ahora también hay que temerle al Gobierno cuando uno sale a defender lo que le corresponde por derecho.
Esto no es seguridad, es brutalidad con uniforme
Golpear a los que no tienen nada y silenciar a quienes lo cuentan no es mantener el orden, es imponer el miedo. Es una política de Estado que criminaliza la pobreza y estigmatiza la protesta.
¿Hasta cuándo vamos a callar? Compartilo.
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