Por qué no abrimos antes Google Classroom

Revista Anfibia nos trae de la mano de Manuel Becerra una nota para pensar la institución escuela. Ahora que pareciera que para algunos, o para los de siempre, se puede reemplazar ese estilo clásico del maestro o maestra con su grupo de alumnos por esta realidad virtual que nos trajo la cuarentena. ¿Es cierto esto o es otro disparate de los que ven al crudo individualismo como la panacea?

Dice Becerra: «La escuela es un espacio de encuentro de otredades. Para muchísimos sujetos que la transcurren, el único que tendrán en sus vidas. Del encuentro entre otredades se alimenta la democracia, la mejor forma de convivencia masiva que supimos conseguir, al menos hasta ahora».

Coronavirus, escuela y aprendizaje

No fue por resistencia ni conservadurismo: las TIC entraron al aula pero sin quitarle jerarquía a las estrategias didácticas clásicas, escribe Manuel Becerra. La cuarentena desnuda a la educación pública porque desnuda toda la dinámica social. Entre arriar la bandera y compartir materiales por Bluetooth, la institución como la conocíamos fue una suma de experiencias. Qué pasará con la escuela y sus rituales después del confinamiento, cómo hará para mestizarse también con este momento de la historia.

La versión pedagógica del fin de la modernidad la representan algunos discursos que critican el formato clásico de las aulas y el docente-vigilante. Y muestran aulas finlandesas, siempre tan limpias, blancas, ordenadísimas, sin paredes (¿Cuánto del orden que propone la narrativa pedagógica finéfila nos interpela más que nada?).

Hay una foto compartida por las redes del Archivo General de la Nación -una maravilla de gestión de las cuentas, por cierto- que suelo traer a cuento de estos falsos futurismos. Allí se ve a una maestra con 13 alumnes en el Parque Aguirre de Santiago del Estero. Les niñes -es un grupo mixto- visten guardapolvos blancos y algunos abrigos. No están en hileras de pupitres, a la usanza marcial de la “escuela clásica”: están agrupades en torno a las mesas. La maestra, sobre la derecha de la imagen, tapa parcialmente un pizarrón de pie, hecho especialmente para poder transportarlo. “Lenguaje. El constructor dirige la obra.”, se alcanza a leer. Alrededor, árboles y más árboles. Luz y más luz. Más atrás se ve otro pizarrón, seguramente de otro grupo de alumnes y maestra. Les alumnes miran a la cámara: deben estar entre temerosos y curiosos del artefacto, de la interrupción del tiempo escolar. Nadie sonríe, la maestra tampoco. Detrás, en el grupo del fondo, una alumna también mira a la cámara.

La foto es de 1936.

O sea: en didáctica está casi todo inventado, de alguna u otra manera. Y si no está inventado está preñado en algún formato conocido. Sólo debemos sumarle la ubicuidad de internet y el acceso a la información -que no, no es conocimiento- a un click. Lo demás ya existe, y no va a barrer con la “escuela clásica”. En todo caso hibridará: la historia humana es la historia de los mestizajes.

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Pero en fin, la cuarentena forzosa, el giro hacia la virtualidad, desnudó una parte de la “ficción escolar”. Sin edificio, sin maestras ni alumnes que habitan un lugar físico en común (un aula, un parque, un bosque), ¿hay escuela? Antes cabe una aclaración: “ficción” no significa ilusión, falsedad, espejismo. “Ficción” significa que la escuela, como muchas otras ideas brillantes que amalgaman nuestra vida -y por lo tanto nuestra subjetividad-, es el resultado de conceptos y prácticas consensuados históricamente, y que después de siglos de efectividad y mutaciones en torno a algunos pocos elementos esenciales, ya consideramos como válidos. Por caso, ahí está la familia (las hordas paleolíticas de homo sapiens no se estructuraban por lazos sanguíneos ni jerarquías de parentesco, por ejemplo), el Estado, la democracia, el capitalismo. Y, de nuevo, a esta tecnología vetusta pero -lo vemos ahora, otra vez- brutalmente eficaz que es la escuela, hija dilecta de ese mismo Estado-nación moderno, de ese mismo capitalismo.

La escuela desnuda plantea el descomunal desafío, a los cientos de millones de docentes del mundo, de garantizar la continuidad pedagógica por otros medios. Ahí están las TIC, ese ariete que, como dijimos antes, venía a barrer con la escuela “tradicional”. Y es cierto: la privación de la escuela-edificio-rituales-corporalidad impone, forzosamente, repensar otras estrategias didácticas, otras formas y técnicas para enseñar. Sí: les docentes deberemos tener una “charla” brutal con las nuevas tecnologías, con los dispositivos, con las panópticas estrategias que Google, Facebook y otros monstruos ya vienen desplegando para conquistar el universo educativo.

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La caída de los velos deja ver entonces un aspecto central y estructurante de la escuela-espacio en la sociedad: tentáculo omnipresente del Estado adonde se ofrece futuro -no se encarcela, no se interna, no se enjuicia-, se tramitan allí demandas sociales que ninguna otra institución estatal detecta.

Con una mirada sensible entrenada por años de aulas y guardias de recreos y comedores, una maestra siente un alerta en la corrida de uno de sus alumnos en el patio. La corrida es diferente a la de otros días. Y ata unos cabos: hace una semana está más callado, se niega a trabajar en clase sin mirarla a los ojos. El martes la insultó y se largó a llorar de repente. Ahora corre con cara de enojado. Se para delante de una compañera y, sin mediar palabra, le pega.

Así se detecta, por ejemplo, un posible caso de violencia o abuso: en la convivencia, en la corporalidad, en los vínculos -ahora forzosamente privatizados y reprimidos- entre niños, niñas y adolescentes y sus escuelas. No existe otro espacio tan regularmente esparcido en el territorio de ningún país donde pase algo parecido.

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Más preguntas: ¿Qué constituye a la escuela? ¿Cuáles son sus elementos esenciales, efectivos, que no han cambiado, y que tal vez el coronavirus obligue a repensar?

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Se leen críticas -siempre se han leído- a les docentes que “nos resistimos” para el trabajo con las TIC. Que no queremos hacer los trayectos de capacitación. Que no sabemos usar ni el Word. Que somos mediocres, conservadores, tecnófobos.

Pero cabe una pregunta fundamental: ¿Por qué deberíamos innovar con las TIC, si las estrategias didácticas clásicas nos funcionaban? ¿Por qué un ejército de millones de hombres y mujeres se van a adentrar en un terreno desconocido, si el conocido era familiar no sólo para ellos, sino también para les alumnes? ¿Para estar a tono con “los desafíos del siglo XXI”? Si algo distingue a esta era histórica es la incertidumbre productiva, laboral, hasta vital en función de la catástrofe ambiental que atravesamos. Y, ahora, una pandemia que se fagocita nuestras rutinas en días. Los desafíos del siglo XXI aparecen, emergen, anunciados en el larguísimo plazo pero aparentemente imperceptibles en el corto. No, no podemos educar para la incertidumbre como propuso Esteban Bullrich. No existe tal cosa, no hay pedagogía ni didáctica que haga algo así. Ni la habrá. Se educa para acompañar, se educa para la certeza de que tendremos alguien a quién hacerle preguntas.

Si no abrimos aulas de Google Classroom antes no es porque seamos conservadores: es porque la presencialidad, la carpeta y el pizarrón seguían funcionando, para nosotres y para nuestres alumnes. De a poco, se fueron filtrando las nuevas tecnologías: ejecución más sencilla de materiales audiovisuales (para un audio basta un celular y un parlantito), plataformas que habilitan la circulación de los materiales con mayor fluidez y estabilidad que las fotocopias. Las TIC entraron igual, pero volviendo a lo anterior: no cerramos el edificio ni arriamos la bandera, sino que distribuimos materiales por Bluetooth mientras lo otro continúa. Porque, de nuevo, la historia no discurre borrando las experiencias previas, sino mestizándolas.

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Jan Amos Comenio fue un filósofo moravo que publicó, en 1632, un libro llamado “Didáctica Magna”, y abrió las puertas a la reflexión pedagógica tal como la conocemos hoy. Fue probablemente una de las primeras obras que abordaron el problema de la sistematicidad de la enseñanza, e introdujo los primeros métodos de la organización escolar, algunos de los cuales aún se mantienen después de casi cuatro siglos (como la gradualidad de la enseñanza, o la separación entre los niveles hoy conocidos como inicial, primario y secundario, según la edad de les alumnes). La utopía de Comenio todavía resuena hoy como válida: “esparcir la luz de la sabiduría con éxito feliz por todo el humano linaje”. El acceso universal al conocimiento, motor y Norte de la escuela.

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Primera pregunta que nos viene deparando la expansión del acceso a internet durante los últimos 25 años: ¿No reside en la web, a esta altura, esa “luz de sabiduría” al alcance de “todo el humano linaje”? ¿Qué papel le cabe a la escuela entonces? Algunes apurades, con la estridente música del dial up de fondo primero, y con los modelos de una computadora por niñe en un segundo paso del minué, salieron rápido a anunciar “el fin de la escuela”. (Moraleja: no hay que salir a anunciar el fin de nada en medio de la euforia.)

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