Inundaciones en Salta: la otra emergencia que no podemos seguir ignorando
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Las lluvias no cesan en Salta y ya hay miles de evacuados. Detrás del agua, asoman desigualdades estructurales, falta de planificación y una crisis climática que golpea más fuerte a los de siempre.
Lluvias intensas, barrios anegados y una alerta que crece
Desde principios de marzo de 2025, Salta vive una situación crítica: las lluvias intensas no han dado tregua, provocando inundaciones severas en diferentes puntos de la provincia. Las zonas más afectadas incluyen Tartagal, Orán, General Mosconi y varios barrios periféricos de la capital salteña. El saldo es alarmante: más de 2.000 personas evacuadas, cientos de viviendas destruidas y una infraestructura colapsada que evidencia una vez más el abandono estatal y la falta de previsión climática.
Según reportó Télam este 21 de marzo, el Comité de Emergencias provincial mantiene activos múltiples centros de evacuación, mientras la ayuda llega lentamente y muchas familias denuncian falta de agua potable, colchones, medicamentos y asistencia médica.
Una crisis que se repite: ¿hasta cuándo?
Estas no son las primeras inundaciones graves que sufre Salta. Cada año, durante el verano y el inicio del otoño, las lluvias monzónicas golpean con fuerza, y cada año, el resultado es el mismo: pérdida de hogares, cortes de energía, caminos intransitables y comunidades enteras aisladas.
Pero hay una pregunta que ya no se puede esquivar: ¿por qué seguimos improvisando ante cada emergencia?
En palabras de la ambientalista salteña Ana Clara Gómez, “el problema no es solo el clima, sino la política. No se invierte en obras hidráulicas estructurales, ni en vivienda segura, ni en planificación urbana para los sectores más vulnerables. Todo es parche”.

La cara más dura de la desigualdad
En las zonas más afectadas, la población tiene algo en común: son barrios populares, asentamientos informales o pueblos originarios que llevan años reclamando condiciones dignas de vida. Son quienes viven a la vera de los ríos, en terrenos no aptos, sin cloacas ni servicios básicos. Cuando el agua sube, arrasa con lo poco que tienen. Y después, nadie se hace cargo.
“Perdí todo. Mi casa, los útiles de los chicos, la ropa. No sé cómo vamos a empezar de nuevo”, dice Rosa, madre de cuatro hijos, desde un centro de evacuación en Orán. Como ella, miles de mujeres sostienen la vida en medio del barro, sin respuestas oficiales concretas.
Emergencia climática: el telón de fondo
Lo que sucede en Salta no es una anomalía, sino parte de un fenómeno más amplio: el cambio climático está intensificando eventos extremos en todo el país. Las lluvias son más intensas, menos predecibles y más destructivas.
Un informe reciente del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) advirtió que el norte argentino será una de las regiones más afectadas por los efectos del calentamiento global, con temporadas de lluvias más cortas pero más violentas, y veranos más secos.
Pero mientras los datos científicos se acumulan, las políticas públicas no reaccionan a tiempo, y eso tiene consecuencias devastadoras.
¿Dónde está el Estado?
El gobierno provincial declaró el estado de emergencia, pero la respuesta ha sido lenta y desorganizada. Si bien se han enviado alimentos y elementos de primera necesidad, las organizaciones sociales y barriales denuncian la falta de coordinación y la desidia con la que se trata a los evacuados.
“Lo que más necesitamos ahora es prevención y obras que eviten que esto vuelva a pasar. No se puede vivir con miedo cada vez que llueve”, explica Javier, voluntario de una red vecinal en Tartagal.
Desde Nación, el Ministerio de Desarrollo Social prometió el envío de fondos y asistencia técnica, pero aún no se han materializado soluciones concretas. Mientras tanto, la comunidad se organiza como puede: ollas populares, cadenas solidarias y brigadas barriales sostienen lo que el Estado no llega a cubrir.
Género y catástrofes: cuando la carga recae en las mujeres
Como en toda emergencia, las mujeres son las principales afectadas y las que primero salen a contener: madres, abuelas, docentes, enfermeras. Ellas son quienes enfrentan la falta de higiene, la desnutrición infantil y el trauma emocional, todo al mismo tiempo que cuidan a sus familias.
“El Estado no contempla el enfoque de género en la gestión de riesgos. No hay protocolos que prioricen las necesidades de las mujeres, como kits de higiene menstrual o espacios seguros para víctimas de violencia”, denuncia la socióloga Mariana Salazar, especialista en temas de género y desastre.

Tecnología y prevención: una deuda pendiente
En un mundo hiperconectado, sorprende que no existan sistemas de alerta temprana eficientes en una provincia que sufre inundaciones cada año. Tampoco hay un mapeo actualizado de zonas de riesgo, ni una estrategia seria de urbanización de barrios vulnerables.
El desarrollo tecnológico en Argentina tiene el potencial de ser parte de la solución: sensores de caudal, apps comunitarias de alerta, mapas satelitales colaborativos y planificación basada en IA son herramientas que ya se usan en otros países.
¿Por qué no en Salta? Porque falta decisión política y presupuesto. Porque prevenir no garpa políticamente tanto como “asistir” después del desastre.
La educación ambiental como herramienta de cambio
La emergencia también es educativa. Lo que ocurre en Salta debe ser parte del debate público en escuelas, universidades y medios. Educar sobre cambio climático, sobre gestión del agua y sobre derechos ambientales no es un lujo, es urgente.
Las universidades pueden y deben jugar un rol clave: generar conocimiento, formar líderes ambientales, presionar por políticas públicas y crear redes de acción colectiva.
No podemos mirar para otro lado
Las inundaciones en Salta no son un fenómeno aislado ni un castigo de la naturaleza. Son el resultado de un modelo que posterga siempre a los mismos. Es hora de cambiar el enfoque: de la reacción a la prevención, de la indiferencia a la empatía, del asistencialismo a la justicia social y ambiental.
No alcanza con evacuar. Hay que construir futuro. Y eso empieza ahora.
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