24 de marzo sin memoria: ¿Por qué en muchas escuelas privadas no se enseña la dictadura?
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Mientras el negacionismo crece y se instala en sectores juveniles, el silencio sobre el terrorismo de Estado en las escuelas privadas se vuelve cada vez más alarmante. Sin educación en derechos humanos, no hay Nunca Más que se sostenga.
El 24 de marzo y el vacío educativo que incomoda
Cada año, cuando llega el 24 de marzo, las redes sociales se llenan de homenajes, pañuelos blancos, frases de “Memoria, Verdad y Justicia” y convocatorias a marchar. Pero algo empieza a inquietar cada vez más: una parte de las nuevas generaciones parece no saber realmente qué se conmemora. O peor, reproducen discursos negacionistas que relativizan la dictadura cívico-militar y el plan sistemático de desaparición de personas.
¿Por qué está pasando esto? ¿Qué pasa con la transmisión de la memoria en la escuela? ¿Y por qué en tantas instituciones privadas no se habla —ni se quiere hablar— del genocidio argentino?
El problema no es la juventud, es lo que se (no) enseña
No es que los jóvenes no se interesen por la historia. Lo demuestran cuando conectan con luchas sociales, causas ambientales o derechos de género. El problema es la omisión sistemática del tema en muchos espacios educativos, especialmente en las escuelas privadas, donde abundan los silencios, las edulcoraciones y, en algunos casos, una bajada de línea reaccionaria que niega o relativiza el terrorismo de Estado.
Un informe del Ministerio de Educación de la Nación (2023) advierte que si bien la Ley de Educación Nacional exige la enseñanza transversal de los derechos humanos y la memoria, su implementación efectiva varía mucho según el tipo de gestión escolar. Las escuelas públicas tienden a tener más propuestas pedagógicas, talleres y articulaciones con organismos de derechos humanos. Las privadas —sobre todo las confesionales y de élite— muchas veces evitan el tema o lo reducen a una fecha vacía de contenido.
Negacionismo “cool”: el avance silencioso en redes y aulas
El crecimiento de discursos negacionistas no es casual. Desde sectores políticos y mediáticos, se ha buscado instalar que los 30.000 desaparecidos son “un invento”, que los militares actuaron en “una guerra” o que “ambos bandos cometieron excesos”. Este discurso se amplifica en redes sociales, se reproduce en TikTok y se cuela en chats de grupos juveniles, donde se mezclan memes, fake news y revisionismos sin rigor histórico.
Sin una escuela que enseñe con claridad lo que fue el golpe del 76, el plan de exterminio, la apropiación de bebés y los centros clandestinos, estos discursos ganan terreno. Y lo más grave: encuentran eco en instituciones educativas que no solo no refutan esas ideas, sino que muchas veces las legitiman con su silencio.
Escuelas privadas: cuando el mercado decide qué historia enseñar
En Argentina, cerca del 30% de los estudiantes del nivel secundario asisten a escuelas privadas, muchas de ellas administradas por congregaciones religiosas o fundaciones empresariales. Aunque están obligadas por ley a cumplir los Núcleos de Aprendizaje Prioritarios (NAP) y a enseñar historia reciente, la autonomía institucional suele utilizarse para “filtrar” los contenidos incómodos.
Es común escuchar que el tema “divide”, que “no es prioridad” o que “hay que dejar el pasado atrás”. Pero también hay casos donde se imparten discursos abiertamente antidemocráticos, defendiendo el accionar militar o minimizando los crímenes de lesa humanidad.
Como señala la pedagoga Sandra Carli, “la escuela no es solo un espacio de transmisión de conocimientos, sino también de construcción de sentido histórico y político. No hablar del golpe de 1976 es una forma de tomar posición, aunque se la presente como neutralidad.”
¿Qué pasa con los docentes?
Muchos docentes de escuelas privadas quieren trabajar la memoria, pero se encuentran con restricciones institucionales, directivos que bajan línea o padres que se quejan cuando se tocan ciertos temas. En algunos casos, hay censura directa: materiales que se prohíben, actividades que no se autorizan, invitaciones a organismos de derechos humanos que se rechazan.
En paralelo, en las escuelas públicas se organizan charlas con sobrevivientes, talleres con nietos restituidos, visitas a la ex ESMA y producciones artísticas. La diferencia es notable, y genera una brecha que impacta directamente en la construcción de ciudadanía.
Educación con memoria: más urgente que nunca
La educación en derechos humanos no es opcional. Es un deber ético, social y político. Y más en un contexto donde sectores políticos con discursos violentos y autoritarios han ganado espacio en el debate público.
Organismos como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, HIJOS, la Secretaría de Derechos Humanos y numerosos colectivos educativos vienen advirtiendo sobre esta situación. El negacionismo no es solo una opinión: es un retroceso democrático.
Por eso, resulta imprescindible que todas las escuelas —sin importar su tipo de gestión— garanticen el derecho de las y los estudiantes a conocer la verdad sobre el pasado reciente.
Tecnología, redes y nuevos lenguajes para enseñar el Nunca Más
No se trata de repetir discursos de manual. Enseñar la dictadura hoy exige conectar con el presente, con el lenguaje de las nuevas generaciones. Usar documentales, podcasts, series, videojuegos, recursos digitales e incluso redes sociales para contar lo que pasó con creatividad y profundidad.
Ya existen experiencias exitosas, como las campañas del Centro Ana Frank, el archivo interactivo de Memoria Abierta o las propuestas pedagógicas de la ex ESMA. La clave está en actualizar la pedagogía sin perder el rigor.
Sin memoria no hay democracia
La frase “Nunca Más” no es solo una consigna. Es un compromiso con el presente y el futuro. Y ese compromiso empieza en las aulas. No alcanza con actos protocolares o con pegar un afiche una vez por año. Se necesita formación, debate, coraje institucional y una convicción profunda: la memoria es parte esencial de una educación democrática.
Si las escuelas privadas quieren formar ciudadanos y ciudadanas críticas, empáticas y comprometidas, deben dejar de lado la comodidad del silencio y asumir su rol pedagógico y social.
Porque si las juventudes no saben qué pasó, el riesgo es que vuelva a pasar.
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