¿Prohibieron El Eternauta en las escuelas porteñas? La historia detrás de la censura más absurda
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En 2012, la Ciudad de Buenos Aires protagonizó una de esas escenas que parecen sacadas de un mal guión: el Gobierno porteño, bajo la gestión de Mauricio Macri, retiró El Eternauta de las escuelas públicas. ¿La razón? Según ellos, había que evitar el «adoctrinamiento político». Como si una historieta sobre solidaridad y resistencia colectiva fuera más peligrosa que una nevada mortal.

¿Qué es El Eternauta y por qué incomodó tanto?
El Eternauta, creación de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, es una de las obras maestras de la historieta argentina. Publicada entre 1957 y 1959, cuenta cómo un grupo de vecinos enfrenta una invasión extraterrestre organizándose colectivamente. Nada de superhéroes solitarios: acá la fuerza está en el grupo, en la solidaridad, en la resistencia.
Con el tiempo, El Eternauta se convirtió en un emblema cultural y político. Su mensaje de unión frente a la adversidad resonó especialmente tras la última dictadura militar, en la que Oesterheld y sus hijas fueron desaparecidos.
Pero claro, hablar de organización colectiva en una ciudad gobernada por un modelo que idolatra al «sálvese quien pueda» siempre genera incomodidad.

El escándalo de 2012: miedo a la historieta
En agosto de 2012, el Ministerio de Educación porteño, dirigido por Esteban Bullrich, decidió retirar de las escuelas el material que incluía a El Eternauta. La excusa oficial fue que el libro distribuido por el Ministerio de Educación de la Nación tenía una «intención proselitista».
¿La prueba? La existencia del «Nestornauta», una versión que combinaba la imagen de Juan Salvo con la de Néstor Kirchner. A partir de ahí, El Eternauta entero fue sospechado de ser poco menos que un manual de adoctrinamiento kirchnerista.
En una jugada de prestidigitación política, el gobierno porteño transformó una historieta que celebra la resistencia en una amenaza ideológica que debía ser neutralizada.

Bullrich y Macri: guardianes de la neutralidad (selectiva)
Esteban Bullrich fue el abanderado de la «neutralidad educativa». Dijo que no permitiría que se adoctrinara a los chicos con mensajes políticos en las aulas. Eso sí: jamás aclaró por qué prohibir a El Eternauta no era, en sí mismo, un acto profundamente político.
Mauricio Macri también intervino para explicar que «no era contra la historieta», sino contra su «uso partidario». Sin embargo, la confusión fue funcional: instalaron la idea de que El Eternauta era sospechoso solo por haber sido reinterpretado en clave política por algunos sectores.
Paradójicamente, se olvidaron que toda buena literatura —y más aún, toda gran historieta— es política, porque habla de la vida en sociedad, de los conflictos y de los sueños colectivos. En su intento de evitar «ideologías», terminaron censurando uno de los relatos más universales sobre la solidaridad humana.

La reacción: cultura contra censura
La decisión del Gobierno porteño generó una ola de repudio. Escritores, docentes, historietistas y organizaciones de derechos humanos señalaron lo obvio: prohibir El Eternauta era ignorar su valor cultural e histórico.
La Unión de Trabajadores de la Educación (UTE) ironizó: «Confundir El Eternauta con el Nestornauta es de una ignorancia supina». No hacía falta ser un experto para entender que el problema no era la historieta, sino la incomodidad que genera cualquier narrativa donde el pueblo organizado desafía al poder.
El Eternauta no incita al adoctrinamiento. Invita a pensar. Y eso, en algunos modelos de gestión, parece mucho más peligroso.

Cuando la nieve mata ideas
Lo que pasó en 2012 en la Ciudad de Buenos Aires no fue solo un error político. Fue una muestra de cómo ciertos sectores entienden la educación: como un espacio donde se enseña lo que no incomoda, lo que no cuestiona, lo que no despierta.
El gesto de censurar El Eternauta habla más de quienes lo censuraron que de la historieta misma. Porque si una historia sobre vecinos que luchan juntos para sobrevivir se vuelve subversiva, es que algo anda muy mal en la concepción de ciudadanía.
Hoy, más que nunca, El Eternauta sigue vigente. No solo como obra de arte, sino como advertencia. Frente a las tormentas —las de nieve o las de censura— la respuesta siempre es la misma: organizarnos, resistir y defender el derecho a pensar.
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